Sueños de Escarcha escarlata

Capítulo 19: la ilusión del control.

No ha salido de su casa en varios días y se le acaban las opciones. Durante todo este tiempo ha tratado de cambiar el curso de sus sueños, por más inútil que le parezca la idea.

Ha descubierto que solo piensa en él, que todo; gira en torno a sus problemas, sin considerar que los demás también los tienen. Esto no quiere decir que su situación carezca de importancia por el resto; al contrario, sabe que para ayudar a los demás primero tiene que estar bien él mismo. Pero hasta ahora eso es lo único que ha hecho, y no le ha resultado, así que intenta otros medios.

El insomnio persiste, lo que ha descontrolado su horario. Sin embargo, las pocas horas que logra dormir son interrumpidas por pesadillas incesantes. En cada una de ellas intenta, ya sea gritando o tratando de mover algo, impedir que ocurra la muerte, pero hasta ahora todo ha sido inútil.

Sabe en su interior que es un sueño, que él solo puede ver lo que va a pasar, y por desgracia, a veces hasta lo puede sentir.

Esta vez parece que solo será espectador. Mira a su alrededor y se encuentra en una especie de granero; la construcción es de madera, y hay paja tanto apilada como esparcida en el suelo. Rayos de sol se cuelan por pequeñas aberturas en las paredes. Es un ambiente bastante tranquilo; no se imagina cómo podría morir alguien aquí, pero estas visiones nunca lo decepcionan. Solo tiene que ser paciente.

Como esperaba, ve entrar en el lugar a un hombre que no tiene buen aspecto. En su semblante se refleja claramente la fatiga y el desgaste físico y mental. Lo único más oscuro que las bolsas debajo de sus ojos son sus pensamientos. Lo confirma cuando lo ve subirse a una caja de madera para atar el mecate que lleva en la mano a una viga alta. Le hace un nudo, formando una orca.

Mientras dirige el círculo de la cuerda a su cuello, se dibuja en su rostro un claro arrepentimiento. Quejarse de vivir una mala etapa de la vida es una cosa, pero estar en un estado de deterioro tal que se pierde la voluntad de seguir, al punto de reunir el suficiente coraje para un acto tan devastador como el suicidio, es otra cosa.

Suelta un chillido; atormentado mientras termina de rodear su cuello con la soga, y él no puede soportar seguir viendo una escena así. Mira con desesperación a su alrededor, buscando alternativas para intentar detenerlo. En el lugar ve una mesa, y sobre esta hay un cuchillo; la idea llega rápidamente a su mente, y su cuerpo no duda en ir por el arma y usarla para cortar la cuerda. Hasta este punto, viviendo sus pesadillas, ha perdido mucha esperanza, pero contra todo pronóstico es capaz de sentir con su tacto la madera del mango.

Corre apresurado para cortar la cuerda con el filo, y para cuando el hombre salta de la caja al suelo, termina cayendo de cara directo al suelo, estrellándose, ya que la cuerda, al estar cortada, no soporta su peso y se rompió.

Un atisbo de alegría se asoma en el rostro de Dimitri; piensa que lo ha logrado, mientras que el hombre, al acomodarse y sacudirse la tierra, empieza a llorar, quizás de alivio o de miedo por lo que iba a hacer. No le entiende, pero parece quejarse de que no sirve ni siquiera para quitarse la vida; al menos eso dice su lenguaje corporal.

Justo cuando canta victoria, creyendo que ha evitado la muerte en esta visión, le parece extraño que no se despierte; el sueño sigue. Se empiezan a escuchar más voces que se acercan, y por la puerta del granero entran dos hombres. Uno aparenta ser de la misma edad que el primer hombre, mientras que el otro es un señor mayor con canas que pintan su cabellera.

Al analizar la situación, su rostro se cubre de sorpresa y horror. El recién llegado corre hacia el sujeto que ha intentado desvivirse, lo toma por los hombros y lo agita mientras le reclama. Para eso ha tenido que soltar la cuerda que lleva en las manos, lo que le indica que el primer tipo no tenía la intención de suicidarse, no al menos en un principio; debía haber estado realizando una tarea cuando se le pasó por la cabeza cometer algo así.

Mientras los más jóvenes del lugar discuten, el anciano se queda en la puerta, observando consternado toda la situación. Empieza a sentirse débil, su cara se endurece de dolor y lleva sus manos a su pecho, que es donde proviene esa sensación. Está teniendo un infarto por la impresión. Los dos individuos, al percatarse de eso, dejan sus diferencias de lado y salen corriendo a socorrer al señor. Por el parecido de los rasgos, puede jurar que está observando la escena de dos hijos ayudando a su padre.

Hay muchas emociones mezcladas entre los tres. Al primer tipo se le intensifican el remordimiento, la culpa y la tristeza en el rostro, más de lo que tenía al principio. Al segundo, se debate entre pánico e ira, luchando con la desesperación por salvar al anciano o arremeter contra el depresivo por lo que ha causado. Por último, las arrugas en la cara del viejo no hacen más que acentuar la profunda decepción de un padre por haber criado a un hijo tan débil, o hacia sí mismo por creer haber fallado en algo. Sea lo que fuere, lo cierto es que su corazón no lo tolera, y termina cediendo. Después de unos segundos retorciéndose en el suelo, su cuerpo por fin queda inerte.

Esa sí es la verdadera muerte correspondiente a esta pesadilla; las ilusiones que había edificado al creer que podría evitar los trágicos finales se desmoronan.

—Pero, ¿cómo es posible? Si yo… —dirige su vista a la mesa donde tomó el cuchillo y observa con pánico que el arma nunca se movió. Pero lo sintió tan real. ¿Todo fue mentira? ¿Entonces por qué se rompió la cuerda? Cuando su mirada se fija en el estado del mecate, este está desgastado, casi podrido; por eso no soportó el peso. Lo que significa que él no hizo nada. Y antes de que procese esa cruda verdad, termina el sueño.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.