Estos últimos días ha estado casi mendigando trabajo, pero resulta muy difícil. Ha bajado sus estándares, pero aun así nadie está dispuesto a contratarlo. Empieza a preocuparse más que al inicio por caer en deudas que cubran lo básico. El suministro de comida enlatada está al límite, y ha tenido que comenzar a usar el dinero de la indemnización, aunque le provoca asco al usarlo, pues le trae amargos recuerdos.
Desayuna algo mínimo y sale de nuevo a solicitar empleo. Se pasea por todos los locales de comida, tiendas de ropa y calzado, ofreciéndose como ayudante. Sabe que le pagarán una miseria, pero eso es mejor que nada. Sin embargo, esa mañana su suerte no parece cambiar: al llegar el mediodía, aun no lo aceptan en ningún lado. Hace una parada en una tienda de té, se sienta en una de las mesas y ordena una infusión de hojas negras.
Cuando se lo traen, lo primero que nota es el fuerte aroma de la bebida. Aprovecha para preguntarle al muchacho que lo atiende si hay vacantes, a lo que él responde que no, encogiéndose de hombros. Había que intentarlo. Disfruta de su té en paz mientras mira por la ventana, tendrá que considerar sus posibilidades.
Más tarde esa noche, como ya es costumbre, tiene otra pesadilla.
Se encuentra en un pasillo con mucha gente corriendo de un lado a otro a su alrededor. Al analizar su entorno, determina que es un hospital. Un escalofrío recorre su cuerpo al recordar el bucle que tuvo. Sin embargo, intenta calmarse, porque esta no parece ser la misma situación; aquí no es él quien va a padecer. Aun así, está confundido, ya que en un lugar así es posible que mucha gente fallezca. Mira a su alrededor y ve que está en la sala de emergencias; por eso tanto alboroto, está en medio de la conmoción de personas que se debaten entre la vida y la muerte.
Justo a su lado hay una puerta abierta, que, a diferencia de las otras, no tiene enfermeras ni médicos que salgan o entren. Se asoma para saber por qué, y cuando lo hace se vuelve obvio: hay un viejito moribundo postrado en la cama. Entra para ver más de cerca y nota bultos y deformaciones en brazos y piernas; no sabe de lo que padece. Por suerte para él, el historial médico está colgado a los pies, al final de la camilla, y alcanza a leer que sufre de insuficiencia renal crónica. Otra cosa que alcanza a leer es que se encuentra en el hospital de su ciudad, lo cual le inquieta de cierta manera; estas cosas no suelen ocurrir tan cerca de su ubicación.
Ahora tiene sentido su apariencia; sus brazos han de haberse puesto así por la diálisis. Al ver la escena, le produce lástima pensar que, al llegar a esa edad, y a la hora de una enfermedad, puedes quedarte completamente solo. No ve a nadie acompañando al señor. Lo observa en su estado tan débil; ni siquiera está conectado a máquinas, y ninguna de las personas parece notar su presencia. De un momento a otro, el hombre mayor empieza a abrir la boca, inhalando con fuerza, desesperado por conseguir aire. La lucha no dura mucho y pronto ya no se mueve.
Era obvio ante sus ojos, pero confirma que murió cuando una enfermera, que vaya a saber de dónde salió, lo cubre con una sábana blanca por encima de la cabeza. Lo hace de la manera más natural e indiferente; al fin y al cabo, será una cama vacía más.
La visión termina y ha sido el despertar más tranquilo que ha tenido en meses. Se queda pensando en lo que vio y no piensa dejarlo pasar. Así que ese mismo día por la mañana, se encuentra en el metro camino al hospital para confirmar lo que ha alucinado. Sabe que esto puede ser un golpe impactante para él, pero ya pasó por esto una vez y ha decidido afrontar su realidad.
Llega al hospital y en la recepción pregunta por el nombre que ha leído en el historial médico del sueño. No lo piensa en ese momento, pero está confiando mucho en lo que ve cuando duerme; parece que sus pesadillas ya comenzaron a ser ley en su subconsciente. Le informan que el paciente falleció la noche anterior y le ofrecen su sentido pésame. Decide arriesgarse un poco y pregunta si puede pasar a ver el cuerpo; piensa que quizás aún lo tienen en la cama o lo hayan llevado a la morgue. Aun así, quiere reconocer el cuerpo, pero pasa algo raro: le niegan el permiso. Cuando pregunta por qué, evaden la pregunta; no insiste, pero le parece sospechoso.
Aprovecha para preguntar si necesitan personal, que aceptará cualquier trabajo. Por supuesto, tiene que especificar que no tiene conocimientos médicos; tampoco va a mentir y comprometerse.
—Bueno, siempre estamos buscando personal de limpieza que cubra el turno nocturno. Si desea el trabajo, la vacante es suya —le anuncia la recepcionista.
Cuando preguntó, estaba decidido a no ser quisquilloso, así que no se lo piensa mucho antes de aceptar. Ella le indica el lugar donde puede solicitar el trabajo. Se dirige allí y, al caminar por los pasillos, no hay diferencia con lo que ha visto en la ilusión. Llega hasta la oficina y solicita el empleo; le hacen preguntas de rutina y le explican las condiciones, las cuales le parecen aceptables. No escudriñan mucho en por qué quiere trabajar allí; supone que es obvio que algo así es por necesidad y es mejor que nada.
Regresa a casa contratado; iniciará ese mismo día, empezando desde las 8 p.m. Hasta las 8 a.m. Le aconsejan que vaya a descansar para poder soportar la jornada. El descontrol en su horario de sueño no le afecta tanto por el episodio de insomnio que tuvo; además, siempre ha sentido que tiene más energía y creatividad para hacer las cosas en la noche. Se pone a realizar actividades y a cocinar, descansando en intervalos de 30 minutos, para que cuando llegue la noche no tenga nada de sueño.
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Editado: 21.09.2026