Sueños de Escarcha escarlata

Capítulo 22: el regreso.

En un pasillo de emergencia, se pueden observar muchas cosas, pero nunca hay un ambiente tranquilo y apacible. Ver al personal médico entrar y salir corriendo a cada segundo es como presenciar la coreografía de un baile de salón; todos se alinean para no chocar, sin perder el ritmo apresurado que llevan.

De entre tantos llamados, hay una plegaria que resalta y resuena en el lugar. En el interior de una de las salas de parto, cuya puerta está abierta y permite ver lo que ocurre dentro, una mujer hace un esfuerzo sobrehumano por dar a luz. Sus gritos son desgarradores, y sus manos se aferran con fuerza a los bordes de la camilla; parece que puede deformarlos con la fuerza de su agarre.

El médico y las enfermeras hacen lo imposible, permaneciendo a su alrededor, pero la desesperación de la mujer parece transmitirse también a ellos. En un momento, el partero solicita un bisturí. El parto se ha complicado; la cabeza del bebé es demasiado grande para salir sola, y antes de desgarrar a la madre, prefieren cortar y facilitar todo.

Por supuesto, aun con la anestesia, esto dolería. Aunque no puede comprobarlo, Dimitri intuye que a la mujer no le aplicaron tal alivio para mitigar esa agonía tan romantizada. Ver este escenario es traumatizante para muchos, hermoso para otros; pero en ambos casos existe un sentimiento de admiración. ¿Quién se somete a algo así por gusto, por amor?

La cabeza de la criatura empieza a asomarse. El doctor facilita su salida con el fórceps. Es igual de impresionante verlo que calcular la cantidad de sangre perdida, pues debajo de la camilla hay una bacinilla atajando lo que escapa, y está por la mitad. De un momento a otro, ocurre uno de esos escenarios desagradables que solo un médico podría soportar; el cuerpo, muchas veces, encuentra formas involuntarias de liberar tensión. Justamente a eso se somete la mujer, que por la fuerza del puje no puede comprimir al mismo tiempo, lo que provoca que su intestino evacúe.

Ante algo así, cualquier otra persona se habría retirado, pero los médicos tienen la obligación moral y profesional de responder y seguir con su trabajo.

Todo este drama parece llegar a su fin cuando en la sala resuenan los primeros llantos del bebé. Le cortan el cordón umbilical y completan todos los procedimientos. La madre suspira aliviada y sonríe al ver a su bebe mientras cae rendida del cansancio. Sin que nadie lo perciba, excepto Dimitri, mientras uno recibe la vida, ella la está abandonando.

No solo el agotamiento se refleja en su rostro demacrado; está terriblemente pálida, con cuencas de los ojos muy hundidas, marcadas por ojeras. A sus pies hay demasiada sangre perdida; es imposible que sobreviva. Una de las enfermeras, al ver que no se mueve, y al comprobar que ni siquiera respira, toma el pulso para verificar que ya no está en este mundo.

No hay nada que él pueda hacer, y aunque parezca insensible, su mente se centra en que va a tener que limpiar todo esto. Es en ese momento que se da cuenta de que a él nunca lo dejan entrar sin autorización a la sala de emergencias; nadie ha notado su presencia... Incluso, no recuerda haberse levantado para venir a trabajar.

Cuando descubre el fallo, despierta de sobresalto, trayéndolo de nuevo a su realidad. Espera a recomponerse, y como un reflejo, lo primero que hace al salir del trance del sueño es tomar un diario y un lápiz para escribir lo que ha visto. Observa la hora en el reloj; no ha pasado mucho desde que se durmió, aún no ha descansado nada.

Sus pensamientos se encuentran en un caos, no solo por la pesadilla, sino por la preocupación de no saber qué va a pasar si el plan no sale bien. Tiene que funcionar; no hay otra forma si quiere ayudar a esa gente, sea lo que sea que esté pasando. Cada día que pasa, sus sospechas se incrementan y se confirman.

*hace unos días*

Camina por las calles oscuras de la ciudad que duerme, pero el ruido de la vida nocturna perturba esa quietud. Avanza hasta llegar a un bar, y no precisamente para beber; va a ese lugar porque es consciente de que allí se encuentra un viejo amigo, que quizás pueda ayudarlo.

Se desliza entre la multitud de borrachos, elevando la vista por encima de todos ellos, buscando a.… lo reconocerá cuando lo vea. Espera, pues hace más de un año y medio que su colega está hundido en un abismo de depresión. Sus allegados hicieron todo lo posible para ayudarlo, pero decayó tanto que terminaron cayendo en la resignación; ahora solo se aseguran de que siga vivo mientras lleva su pena. No puede evitar preguntarse cuál de los dos está peor con su vida, a estas alturas.

Cuando por fin lo divisa en la barra, lo encuentra con la cabeza hundida en un shot de brandy. Llega y se sienta a su lado.

—Lo mismo —señala la bebida para que se la sirvan—. Hace tiempo que no te veo, amigo —saluda sin contacto visual.

—Pájaro de mar por tierra, pensé que habías muerto —contesta con apatía.

—Y lo estuve, por un tiempo; pero al parecer los muertos hablan; no más mírate.

—Jódete —responde reacio; se nota que su humor no ha cambiado desde la última vez. Incluso puede que esté peor—. ¿Qué vienes a buscar, Dimitri?

—A un conocido; necesito al capitán Kovalev —ese era su puesto antes de la tragedia.

—Él murió hace tiempo, así que vete.

—Iván, amigo mío, sé que aún se siente muy reciente, pero ha pasado un año desde que eso ocurrió.




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