Sueños de un Satiro

El nombre del canto

El bosque supo antes que él.

Esa era la única explicación que Demetrius encontró después, cuando intentó reconstruir la mañana en orden cronológico y no pudo, porque los recuerdos no venían en orden sino en capas: primero el olor, luego el sonido, luego la sensación de despertar ya con el corazón latiendo más rápido de lo que debería. Como si durante la noche algo hubiera cambiado de posición en su interior sin pedirle permiso, y el cuerpo ya lo supiera aunque la mente aún no hubiera recibido el aviso.

Las ramas se mecían diferente esa mañana. Era un detalle pequeño el tipo de detalle que solo nota quien lleva suficiente tiempo en un lugar como para conocer sus costumbres pero Demetrius lo notó desde el primer instante en que abrió los ojos la cadencia del movimiento era más suave, más deliberada, como la de alguien que camina despacio porque no quiere interrumpir algo que está ocurriendo. Las hojas murmuraban. No con el sonido habitual del viento entre el follaje, sino con algo más parecido a las vocales de un idioma que uno no habla pero que reconoce como idioma, como comunicación, como intención.

El bosque guardaba algo. O lo anunciaba. A veces era difícil distinguir entre ambas cosas.

Thira llegó antes de que él terminara de levantarse.

Descendió con esa precisión suya las alas extendidas en el ángulo exacto para frenar sin esfuerzo aparente, las garras cerrándose sobre la rama con la certeza de quien lleva toda la vida aterrizando y nunca ha necesitado practicarlo y lo miró directamente. Su plumaje cobrizo captaba la luz matutina y la devolvía en tonos que iban del dorado al casi rojo, y sus ojos color ámbar no parpadearon.

—Lo vi —dijo. Sin preámbulo. Sin suavizar la noticia ni prepararla. El humano. Está en el barranco de los ecos. Cerca del viejo sauce. Solo. Cantando.

Demetrius se quedó completamente quieto durante un instante que duró exactamente lo que duran los instantes que importan: más de lo que debería, menos de lo que uno quisiera.

Luego sus cascos encontraron el suelo y ya estaba caminando.

Owen dormía con la cara enterrada en el hueco entre dos raíces enormes del roble central, con un tronco delgado atravesado bajo la cabeza a modo de almohada y un ronquido suave que hacía vibrar el musgo circundante a intervalos regulares. Tenía una hoja pegada en la oreja. Las luciérnagas que solían dormir cerca de él lo habían rodeado incluso mientras dormía, como pequeñas guardianas soñolientas que no habían apagado del todo su luz.

—Owen. —Demetrius se arrodilló junto a él y habló en voz baja, porque despertarlo a gritos era tanto inútil como potencialmente peligroso para los árboles circundantes. Owen, ven conmigo.

Un gruñido profundo que movió la tierra ligeramente.

—Un humano. Está en el barranco.

Otro gruñido. Un ojo se abrió a medias, color miel y completamente no comprometido.

—¿No puede esperar hasta que desayune?

—Por favor. Demetrius no intentó ocultar la urgencia en su voz, porque con Owen la urgencia fingida no funcionaba pero la urgencia real sí. Por favor, Owen.

El oso abrió ambos ojos. Los cerró. Los volvió a abrir. Procesó la situación con esa calma suya que no era lentitud sino profundidad, la diferencia entre un río tranquilo y un río poco profundo. Luego se incorporó el proceso completo de Owen levantándose era una secuencia larga y geológica que involucraba varias etapas intermedias y sacudió el pelaje con una sola contracción muscular que hizo llover hojas en un radio de tres metros.

—Vas a deberme el desayuno —dijo, y comenzó a caminar.

El barranco de los ecos era un lugar que el bosque mantenía en una especie de reverencia involuntaria. Las paredes de roca que lo formaban tenían una cualidad acústica que nadie había diseñado y que sin embargo era perfecta: cualquier sonido producido en su interior rebotaba de una manera que lo multiplicaba sin distorsionarlo, que lo devolvía más lleno, más redondo, como si la piedra le añadiera algo propio. Los músicos del bosque los sapos, los pájaros carpinteros con su ritmo insistente, las serpientes que en las noches cálidas producían un silbido que era también melodía lo visitaban a veces y luego no volvían en semanas, como si necesitaran tiempo para procesar lo que habían escuchado de sí mismos.

Se escuchó antes de verse.

La melodía llegó por encima del borde del barranco cuando Demetrius y Owen aún estaban entre los árboles superiores, y Demetrius se detuvo tan abruptamente que Owen, dos pasos detrás, tuvo que desviar el paso para no aplastarlo.

Era la misma voz. Sin ninguna duda posible, sin ningún margen de confusión la misma voz de aquella noche en la Frontera del Susurro, pero ahora sin el filtro de la distancia y la oscuridad. Más clara. Más real. Esta vez la melodía no era sobre mares ni lunas traicioneras era algo más quieto, más introspectivo, como la música que alguien hace para sí mismo cuando cree que nadie escucha, la música sin audiencia que es por eso la más honesta de todas.

Owen miró a Demetrius. Demetrius no le devolvió la mirada porque no podía apartar los ojos del borde del barranco.

Se acercaron en silencio Owen era enorme pero había aprendido hace mucho tiempo a calibrar su peso cuando la situación lo requería y se asomaron desde detrás de un conjunto de arbustos de hojas anchas y oscuras.

Andreus estaba de espaldas.

Sentado sobre una roca plana que el musgo había tapizado parcialmente, con la postura de alguien que lleva tiempo en ese lugar y ha encontrado la posición cómoda. El laúd su laúd, no el que Demetrius había guardado, sino otro, quizás uno de repuesto o quizás el mismo que Demetrius creía tener descansaba sobre su regazo y sus manos se movían sobre él con esa precisión que Demetrius ya había visto una vez y que no había olvidado cada dedo en su lugar exacto, cada cambio deliberado, el movimiento tan integrado al cuerpo que ya no parecía técnica sino instinto.




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