Sueños de un Satiro

Piedras azules y corazones en sombras

Había ciudades construidas por necesidad y ciudades construidas por ambición. La Nación de Piedras Azules había sido construida por algo diferente: por la convicción de que el cielo había elegido ese lugar específico para caer, y que quien viviera entre sus fragmentos cargaría para siempre con algo de esa altura.

La leyenda decía que los meteoritos llegaron en una sola noche, hace tanto tiempo que los árboles más viejos del mundo no lo recordaban. Que el cielo se abrió sin advertencia y derramó sobre la meseta central una lluvia de piedras azules no el azul suave del agua ni el azul frío del hielo, sino un azul profundo e interior, el azul que tiene el espacio entre las estrellas cuando se mira desde el lugar correcto. Que cuando amaneció y los primeros habitantes se acercaron a los cráteres humeantes, las piedras aún estaban calientes, y quien las tocaba sentía en la palma algo que no era exactamente temperatura sino presencia, como sostener algo que había viajado demasiado lejos para explicar de dónde venía.

Con esas piedras construyeron el palacio.

El resultado era una fortaleza que no obedecía completamente a ninguna categoría conocida: demasiado viva para ser simplemente arquitectura, demasiado fría para ser simplemente magia. Las columnas captaban la luz del sol y la fracturaban en espectros que recorrían los suelos de mármol blanco como fantasmas de color. Las torres siete, dispuestas en una geometría que los astrónomos del palacio afirmaban que no era casual relucían bajo el mediodía con una intensidad que hacía doler los ojos si se miraban directamente, como si las piedras recordaran todavía el calor de su origen y lo devolvieran convertido en luz.

Y en el centro de todo, sobre una plataforma de piedra azul que nadie había tallado porque venía así, perfectamente plana, como si el meteorito hubiera decidido su forma antes de caer: el Trono del Rey de las Rocas Celestes. Vacío desde hacía meses. Esperando.

La luz entraba por los vitrales de zafiro en franjas anchas y oblicuas, tiñendo todo de un azul que no era oscuridad pero tampoco era del todo luminoso el azul de las cosas que existen en el umbral de dos estados. Selene despertó en ese azul, como despertaba cada mañana, con los ojos abiertos antes de que el cuerpo terminara de despertar, mirando el techo durante ese instante breve en que la mente no ha recordado todavía todo lo que tiene que cargar ese día.

Luego lo recordaba. Y el instante terminaba.

Las sirvientas entraron en silencio, como sombras entrenadas para no existir más de lo estrictamente necesario. Una se ocupó del cabello negro como las noches sin luna, largo hasta la cintura, con esa densidad que tiene el cabello de quien tiene raíces profundas cepillándolo con una paciencia que era también una forma de respeto. La otra desplegó el vestido de seda amarilla sobre la cama: amarillo del tipo que no se disculpa por sí mismo, que no intenta ser suave ni discreto, que existe con la convicción de un rayo de sol atrapado en tela y convencido de que merece serlo.

Selene se vistió frente al espejo de marco de plata con la misma expresión con que se hacía todas las cosas de la mañana: presente y ausente al mismo tiempo, los ojos color café tostado registrando cada detalle el collar de oro azulino que caía sobre su clavícula con el peso preciso de algo diseñado no para adornar sino para declarar, los anillos de obsidiana y amatista que sus dedos recibieron uno por uno sin que nada de ello cambiara lo que había debajo de la expresión.

La máscara, perfecta. El fuego detrás de ella, contenido.

—Su Majestad —dijo una de las sirvientas, mirando al suelo, el rey espera su visita.

El rey espera. Como si el hombre que yacía en esa habitación pudiera todavía esperar algo. Como si la espera fuera todavía una actividad que le concernía.

Selene se miró una última vez en el espejo. Se reconoció. Salió.

El corredor que llevaba a la habitación del rey tenía ventanas altas por las que la luz entraba filtrada y fría, y el eco de sus pasos sobre el mármol la acompañaba con la precisión de algo que no tenía opinión sobre a dónde iba pero seguía fielmente. Las guardias se apartaban sin ser ordenadas a hacerlo algo en la manera de caminar de Selene comunicaba una autoridad que no necesitaba ser articulada, y las puertas se abrían antes de que llegara a ellas.

La habitación del rey Obronce III olía a medicina y a tiempo detenido.

Ese era el olor específico, difícil de describir con precisión pero imposible de confundir una vez conocido: el olor de un lugar donde el tiempo no avanza de la misma manera que en el resto del mundo, donde el aire lleva meses circulando entre las mismas cuatro paredes sin renovarse del todo, cargando consigo las capas acumuladas de pócimas y ungüentos y el aliento de alguien que respira sin estar presente en ese respirar.

Obronce III yacía en la cama con la monumentalidad inerte de algo que ha perdido la voluntad de ocupar el espacio que ocupa. Su cuerpo que décadas de excesos habían convertido en algo que hablaba de cada uno de ellos con una honestidad brutal estaba completamente quieto. La piel grisácea. La boca entreabierta en la expresión de quien ya no tiene nada que decir. Los ojos, entrecerrados, vidriosos, mirando un punto del techo que no tenía nada que ver con nada.

Respiraba. Eso era todo. Eso era exactamente todo lo que hacía.

Las sirvientas depositaron la bandeja sobre la mesita comida tibia, el frasco de medicina de color ambarino, la cuchara de plata y Selene levantó una mano sin mirarlas.

—Déjenos.

Obedecieron. La puerta se cerró. El silencio se instaló con la densidad del silencio de los lugares donde nadie habla porque nadie tiene nada que decir que no haya sido dicho ya demasiadas veces.

Selene se sentó junto a la cama y comenzó a alimentarlo.

Cucharada por cucharada, con una paciencia que no era ternura había dejado de ser ternura hace mucho tiempo, si es que alguna vez lo había sido sino algo más parecido a la determinación de quien hace una cosa porque es la única opción que tiene. El rey tragaba con ese reflejo involuntario que persiste incluso cuando todo lo demás ha cedido, el último automatismo del cuerpo que no ha recibido todavía el aviso de que puede dejar de funcionar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.