Sueños de un Satiro

Rumores, rutas y realeza

Parte I: El duende más hermoso de todos los bosques

El Acantilado de las Flores Eternas tenía una manera de retener la luz de la mañana más tiempo del que debería ser físicamente posible como si la luz, al entrar en contacto con tanto color concentrado, se volviera perezosa, decidiera quedarse un rato más antes de continuar su camino. Erix caminaba entre esa luz retenida con la postura de alguien que lleva una carga invisible pero real: los hombros ligeramente tensos, el paso más rápido de lo habitual, los ojos con ese enfoque hacia adelante de quien piensa mientras camina y no siempre presta suficiente atención a lo que tiene delante.

La advertencia de Aureon seguía resonando en algún lugar detrás de sus sienes espacio en la Sala del Silencio. Cada vez que el eco volvía, Erix aceleraba un poco más sin darse cuenta.

Las colinas donde vivía Batiam eran fáciles de encontrar. No porque tuvieran ninguna característica geográfica particularmente distintiva eran colinas como otras colinas, con hierba y arbustos y el tipo de flores silvestres que crecen porque nadie les ha dicho que no pueden sino porque desde cierta distancia ya se escuchaban los indicios de su habitante: un silbido que no seguía ninguna melodía establecida, el golpe rítmico de algo siendo martillado con más entusiasmo que precisión, y ocasionalmente una exclamación de satisfacción propia que no requería audiencia para ser pronunciada con convicción.

Batiam apareció en la entrada de su puerta, una puerta redonda, verde, del tamaño de un duende más un sombrero exactamente en el momento en que Erix llegaba al sendero de entrada, con la temporización de alguien que o bien había estado mirando por la ventana o bien tenía un sentido desarrollado de la oportunidad dramática.

Probablemente ambas cosas.

Era verde de piel, con ese verde específico de los duendes de las colinas del norte que no es el verde opaco de la hierba sino el verde ligeramente brillante de la hoja joven, el verde que implica algo todavía en proceso de convertirse en sí mismo. Bajito todo lo bajito que puede ser algo que no siente que bajito sea una descripción aplicable a su persona con el sombrero de paja ladeado en un ángulo que requería cierta fe en la física para mantenerse, y una camisa tejida con fibras de orquídea en un patrón que él describía como arte textil vanguardista y que la mayoría de los observadores describían como mucho.

Su sonrisa llegó primero que su voz, como siempre, y era la sonrisa de alguien que ha decidido que el mundo es un lugar que existe principalmente para apreciar su presencia en él.

—¡Erix, pedazo de pétalo seco! —La voz de Batiam tenía el volumen de alguien que no ha considerado que existieran contextos que requirieran menos. ¿Vienes a pedirme un autógrafo o por fin llegas a la conclusión inevitable de que soy el duende más hermoso de todos los bosques?

—Batiam —dijo Erix, bajando la voz de manera que esperaba fuera contagiosa, necesito pedirte algo delicado.

Delicado. —Batiam probó la palabra con la expresión de alguien evaluando un sabor nuevo. ¿Más delicado que la última vez que me pediste que me callara durante una reunión de elfos y me mantuve en silencio durante casi cuatro minutos completos?

—El rey Aureon me ha enviado con un mensaje. A los Guardianes del Bosque del Acantilado. Erix se acercó un paso y bajó la voz otro grado. Es una misión de guerra, Batiam. No un paseo.

Batiam se cruzó de brazos.

El proceso de pensamiento de Batiam era visible de una manera que el de la mayoría de los seres no era sus expresiones lo recorrían en tiempo real, sin filtro, como el clima cambia en las montañas nubes, sol, nubes más oscuras, una decisión tomando forma en algún lugar detrás de sus ojos verdes. Duró exactamente tres segundos.

—Acepto.

Erix exhaló.

—Pero con una condición.

Erix volvió a inhalar.

—Cuando lleguemos —dijo Batiam, con el tono de quien anuncia algo que ha considerado extensamente y ha llegado a conclusiones inequívocas, yo hablaré con Penélope.

—¿Penélope.—

—He oído cosas, Erix. —Batiam levantó un dedo con la solemnidad de quien presenta evidencia ante un tribunal. Dicen que es la más hermosa de los Guardianes. Una fauno de juicio sereno y corazón justo. Una pausa para el efecto. Perfecta para mí.

Erix lo miró durante un momento con la expresión específica que había desarrollado durante años de amistad con Batiam la expresión de alguien que ve venir exactamente lo que está viendo venir y no tiene los recursos para detenerlo.

—¿Y si no le gustas?

Batiam giró sobre sí mismo un giro completo, como para asegurarse de que Erix tuviera la oportunidad de observar todos los ángulos relevantes y se detuvo con el sombrero de paja ahora a un ángulo todavía más improbable.

—¡Tú no entiendes el poder de mi sonrisa, Erix! La sonrisa de Batiam no es un gesto facial, es un fenómeno. Los árboles se inclinan. Las aves cambian de rama. Acepta la condición o me voy solo y les digo que te fuiste con miedo antes de llegar al primer árbol.

Erix consideró sus opciones durante el tiempo necesario para reconocer que no las tenía.

—Está bien. Tú hablarás con Penélope.

—¡Excelente! —Batiam entró de nuevo en su casa y salió treinta segundos después con una mochila que sonaba como si contuviera cosas que repicaban, una cantimplora con algo que olía a especias fermentadas, y el mismo sombrero, que de alguna manera seguía en su cabeza. Vámonos. ¡La aventura no esperará para siempre!

—No espera nada —murmuró Erix, siguiéndolo. Pero nosotros tampoco.

Parte II: Peter el Gris y los caminos que no perdonan

La cabaña de Peter el Gris estaba donde siempre habían estado las cabañas de los exploradores que han visto demasiado en un lugar que no era exactamente cómodo ni exactamente incómodo, que requería cierto esfuerzo para llegar pero no tanto como para disuadir a quien tuviera una razón real para hacerlo. Al borde de un barranco pequeño, con un roble viejo inclinado sobre el techo como si lo estuviera protegiendo o examinándolo era difícil determinar cuál de las dos y una puerta que se abría antes de que uno llamara, no por magia sino porque los goznes estaban tan gastados que cualquier vibración del suelo era suficiente.




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