Sueños de un Satiro

Pies de madera y círculos prohibidos

Parte I: El peso de lo que no se tiene

El amanecer sobre los Campos de Centauros no era como el amanecer en otros lugares.

No tenía la suavidad del bosque ni la grandiosidad de las montañas. Era un amanecer horizontal: la luz llegaba desde el borde del mundo sin obstáculos que la filtraran ni superficies que la fracturaran, y se extendía sobre la hierba dorada con una franqueza casi agresiva, iluminando todo al mismo tiempo sin preferencias ni sombras que permitieran esconder nada. Era el amanecer de los espacios abiertos, que no tienen paciencia para la ambigüedad.

Erix y Batiam llegaron a ese amanecer desde el sendero del norte con el polvo del camino ya instalado en la ropa y los pies con ese peso específico de las primeras horas de caminata larga, cuando el cuerpo todavía recuerda el reposo pero ya no puede volver a él.

El olor llegó antes que la vista.

—Huele como a establo con orgullo —dijo Batiam, arrugando la nariz con la expresión de alguien que no encuentra la combinación desagradable sino simplemente interesante.

—Territorio noble —respondió Erix, sin apartar los ojos del horizonte. Compórtate en consecuencia.

El horizonte estaba vivo. Decenas de centauros entrenaban en la distancia con esa energía particular del ejercicio militar que tiene su propio ritmo, su propia música el golpe de cascos contra tierra firme, el silbido de las lanzas cortando el aire, el sonido de los arcos tensos antes del disparo. Sus cuerpos mitad caballo, mitad hombre, toda la fuerza de ambos concentrada en una sola forma se movían con la fluidez de lo que ha sido practicado hasta convertirse en instinto.

Pero algo estaba ausente.

Erix lo notó antes de poder nombrarlo una ausencia en la composición del paisaje, un espacio donde debería haber algo que no había. No familias. No potrillos correteando entre las patas de los adultos. No centauras supervisando el entrenamiento con esa mirada práctica que tenían. Solo guerreros, solteros y ancianos, con una soledad que no era la soledad elegida sino la que queda cuando algo se va y no vuelve en el tiempo que uno esperaba.

El centauro que se acercó tenía esa presencia que tienen los seres que han decidido que nada de lo que les ha ocurrido va a reducirlos. Medeo caminaba con la pierna de madera roble tallado, firme, con las marcas del uso honesto de algo que trabaja de verdad sin el gesto de quien se disculpa por ella, pero con el peso específico de quien carga no solo el objeto sino lo que el objeto representa para los demás. Sus ojos lo dijeron todo antes de que su voz llegara había habido rechazo ahí, y había sido suficientemente repetido como para dejar huella.

—Soy Medeo. ¿Qué hacen dos del norte en nuestras tierras?

—Mensajeros —dijo Erix, con la claridad directa que la situación pedía. Vamos al Bosque del Acantilado. Solo necesitamos cruzar en paz.

Paz. Medeo repitió la palabra con el sabor de algo que ha perdido su sabor original de tanto usarse para describir su ausencia. Algo que se fue con ellas.

Contó la historia con la economía de quien ha dejado de necesitar adornos para decir la verdad: las hembras habían emigrado al sur meses atrás, a las tierras cálidas donde la reproducción era más segura, donde el peligro de las fronteras disputadas no llegaba. Habían ido los que tenían razón para ir los que tenían a alguien esperándolos allá, o la esperanza de encontrar a alguien y se habían quedado los que no.

Batiam, que había estado en silencio durante más tiempo del que era estadísticamente probable en él, hizo la pregunta con una honestidad que Erix no esperaba de su parte pero que reconoció inmediatamente como el tipo de honestidad que solo sale cuando alguien realmente quiere saber.

—¿Por qué tú no fuiste?

Medeo golpeó su pierna de madera con los nudillos. El sonido era sólido, como la respuesta que no necesitaba palabras pero las usaba de todas formas.

—Las centauras quieren fuerza.

El silencio que siguió tenía el peso de las cosas que se dicen después de haber sido pensadas demasiadas veces, las cosas que de tanto repetirse en el interior han perdido el dolor agudo y adquirido el dolor sordo, el que no grita pero tampoco se va.

Erix habló despacio, porque algunas cosas requieren la velocidad correcta para ser recibidas sin que quien las escucha las rechace antes de que terminen.

—Eres más fuerte que muchos que tienen todas sus piezas completas. No lo dijo como consuelo el consuelo tiene un tono específico que los que lo reciben reconocen y a veces resisten. Lo dijo como observación. Galatea te salvó con razón. Lo que quedó después de lo que perdiste todavía te trajo hasta aquí esta mañana. Eso es algo.

Medeo no respondió de inmediato.

Miró a Erix durante un momento con esos ojos que cargaban el peso del rechazo, y algo en ellos se acomodó ligeramente, como una tensión que no se resuelve pero se redistribuye.

Luego los condujo hacia el límite sur de su territorio, caminando a su paso sin apurarse, con la dignidad de quien conoce su tierra y no tiene prisa en abandonarla aunque sea temporalmente.

En el límite, se detuvo.

—Espero que vuelvan —dijo, y la frase era genuina con la genuinidad de las cosas que no se dicen a los desconocidos a menos que el desconocido haya dejado de serlo en el transcurso de una hora. Me alegraron el día.

—Y si alguna vez necesitas reír —añadió Batiam, con una inclinación de sombrero que perdió tres dedos de ángulo en el proceso, solo búscame. Sé exactamente dónde encontrarme.

—¿Dónde?

—En cualquier lugar donde haya algo que valga la pena ver. —Batiam sonrió. Que suele ser en cualquier lugar donde yo esté.

La risa de Medeo llegó desde el pecho, abierta y sin reservas, del tipo de risa que sorprende a quien ríe porque no esperaba tenerla disponible. Les hizo un gesto con la mano noble, como todo en él y los vio alejarse hacia el sur.




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