Parte I: Lo que el río sabe
La luna no se reflejaba en el Río Medusa.
Eso fue lo primero que Erix notó cuando se instalaron en la orilla para acampar: que la luna estaba alta y clara y sin nubes que la interrumpieran, pero el río no la devolvía. Donde debería haber estado su imagen ese disco blanco sobre el agua oscura que los ríos normales ofrecen como cortesía al cielo había solo profundidad. Una profundidad que no era negra sino de ese azul sin fondo que tienen las cosas que no tienen fondo.
—Lanzaré una piedra —dijo Erix.
—Eso nunca termina bien —respondió Batiam.
Erix lanzó la piedra.
Observaron. El río la recibió sin sonido sin el golpe, sin el chapoteo, sin los círculos concéntricos que el agua produce cuando algo la interrumpe. Como si la piedra hubiera continuado cayendo hacia algún lugar que no era el lecho del río sino algo más allá del lecho, algo sin nombre en la geografía conocida.
—No tiene fondo —murmuró Erix. No como hipérbole. Como observación verificada.
—Yo no tengo reflejo —dijo Batiam, mirando la superficie.
Erix miró también. Tenía razón: donde la orilla se acercaba al agua, la superficie mostraba otras cosas árboles que no eran los árboles que estaban ahí, cielos de otras horas, momentos que pertenecían a otros momentos pero no devolvía las dos figuras que estaban de pie mirándola.
—Eso me asusta más que el rey Aureon —añadió Batiam, con una honestidad sin adorno que Erix encontró más inquietante que cualquier bravuconada habría sido.
Se alejaron del borde lo suficiente para que el agua no estuviera en el campo visual directo porque mirarla durante demasiado tiempo producía un efecto que no era exactamente mareo pero se le parecía, una especie de tirón suave hacia el interior de uno mismo y encendieron un fuego pequeño. Las bayas secas que Batiam había guardado en el bolsillo izquierdo de su camisa de orquídea resultaron ser suficientes para no estar hambrientos y no suficientes para estar satisfechos, que era el estado habitual del viajero que no ha planificado bien sus provisiones.
Pasaron horas sin hablar mucho.
Ese era el efecto del río, Erix lo entendió después: que su proximidad hacía que el ruido costara más, que las palabras superficiales se sintieran inadecuadas sin que hubiera nada obvio que las reemplazara. El silencio entre ellos no era el silencio cómodo de la tarde en el Bosque de Círculos ni el silencio productivo de cuando caminaban calculando la ruta. Era un silencio que tenía textura, que pesaba ligeramente.
Batiam comió sus bayas en ese silencio. Erix sostuvo la piedra gris de Peter en la palma abierta y la miró sin verla realmente, pensando en otra cosa.
La brisa cambió poco antes del amanecer.
No fue una brisa más fría ni más cálida. Fue una brisa diferente, que traía consigo una cualidad que no tenía nombre en el vocabulario del viento: algo entre el silencio y el sonido, algo que hacía que los árboles cercanos dejaran de moverse aunque la brisa siguiera soplando, como si el bosque hubiera decidido contener la respiración.
El río se quietó todavía más.
Y del centro de esa quietud no desde la orilla, no desde el fondo, desde el centro, desde ese lugar que los ríos tienen donde son más completamente ellos mismos emergió Flora.
No ascendió. No surgió. Emergió, que es diferente: la manera en que las cosas que pertenecen a un lugar vienen de él cuando deciden hacerse visibles, sin drama, sin ruptura, con la continuidad natural de algo que siempre ha estado ahí y ha elegido este momento para ser percibido.
Era etérea con la etiereidad específica de los seres que existen entre estados no completamente sólida, no completamente fluida, con esa calidad translúcida que hacía que la luna que seguía sin reflejarse en el río sí se reflejara en ella, fragmentada en puntos de luz que recorrían su forma como si la luna la hubiera elegido como sustituto del agua.
Su rostro era delicado con la delicadeza de las cosas que han durado mucho tiempo: no frágil, sino refinado por el paso de suficientes estaciones como para que todo lo accesorio se hubiera ido y quedara solo lo esencial. Sus tentáculos largos, múltiples, que se extendían desde su forma central y se ondulaban con la autonomía suave de algo que tiene su propia relación con el espacio brillaban con el color específico de la aurora: ese rosa y verde y dorado que no son colores del día ni colores de la noche sino colores del umbral entre ambos, colores que solo existen en la transición.
No tenía pies. Su forma terminaba en el agua o comenzaba en ella era imposible determinar la dirección.
Los miró a ambos con una atención que no era la atención de los seres que evalúan la amenaza sino la de los seres que leen, que ven lo que está debajo de la superficie de lo visible con la misma facilidad con que el agua ve el fondo.
—Nadie cruza mis aguas —dijo, y su voz era un eco sobre sí misma, como si hablara y el río repitiera cada sílaba una fracción de segundo después desde algún lugar bajo la superficie sin revelar la verdad. Su verdad. Su miedo. Una pausa que tenía el peso de las advertencias que no necesitan ser amplificadas para ser comprendidas. Si mienten, el río será su tumba. No por castigo. Porque el río no puede sostener lo que no es real.
El fuego pequeño que habían encendido titubeó, aunque no había viento que lo justificara.
Erix y Batiam se miraron.
Batiam, por primera vez en toda la travesía, no tenía nada que decir.
Erix dio un paso adelante.
Lo hizo con la consciencia de lo que significaba el paso no solo el paso físico hacia el borde del río sino el paso hacia la pregunta que vendría después, hacia la honestidad que requeriría, hacia la exposición de algo que normalmente guardaba en el lugar donde se guardan las cosas que uno no quiere que sean el tema de conversación.
#1011 en Fantasía
#200 en Magia
amor familiar, magia reina, fantasía amor personajes sobrenaturales
Editado: 20.08.2026