Sueños de un Satiro

Manos cálidas, sombras cercanas

Parte I: La bruja que esperaba

Galatea descendió de su cabaña cuando el bosque todavía dudaba entre la noche y la mañana.

Era esa hora sin nombre que los seres que madrugaban conocían mejor que nadie ni oscuridad ni luz, sino ese azul difuso que parecía venir de todas direcciones al mismo tiempo, como si el mundo entero emitiera una luminosidad propia y tenue antes de ceder el protagonismo al sol. Las ramas del bosque a esa hora eran siluetas, los sonidos eran más claros que de día porque no había otros sonidos compitiendo, y el aire tenía esa cualidad específica de las cosas que están a punto de cambiar pero todavía no han cambiado.

La cabaña de Galatea vivía en un lugar que desafiaba la descripción geográfica precisa anclada entre las raíces de tres árboles enormes que crecían en ángulos que deberían haber sido imposibles, elevada sobre el suelo a una altura que variaba según cómo se mirara, con enredaderas que eran también paredes y paredes que eran también enredaderas, de manera que no estaba completamente claro dónde terminaba la arquitectura y dónde comenzaba el bosque. El olor que emanaba de ella canela, algo floral que no tenía nombre en el catálogo de las flores conocidas, y debajo de todo eso algo más antiguo y más difícil de describir, algo que olía como el momento exacto en que dos cosas deciden ser una sola cosa llegaba antes que la cabaña misma cuando uno se acercaba por el sendero del norte.

Galatea era pequeña con la pequeñez de los seres que han decidido que el tamaño no tiene ninguna relación con la presencia, y habían tenido razón. Su cabello negro con tonos plateado, largo, con el tipo de volumen que sugería que tenía su propia opinión sobre la dirección en que debía caer estaba recogido en una estructura que no era exactamente un moño ni exactamente trenzas sino algo que parecia enrredaderas. Sus ojos, de un color que cambiaba según la luz y según lo que miraban, tenían esa calidad de los ojos de quienes conocen los asuntos del corazón ajeno mejor que quien los tiene no con malicia, no con invasión, sino con la familiaridad de una especialista que ve patrones donde otros ven caos.

Caminó hasta el claro que quedaba bajo su cabaña y extendió un dedo.

La señora Eswerter apareció de las sombras con la puntualidad de algo que lleva mucho tiempo esperando ser convocado y tiene la cortesía de no decirlo. Era una rata de pelo marrón oscuro, de ojos brillantes con una inteligencia que los ojos de las ratas no deberían tener y claramente tenían, y vestía un chaleco rojo de un tamaño que Galatea había cosido ella misma en una tarde de muchos años atrás con hilo de seda de araña y paciencia de bruja, que era la combinación adecuada para los trabajos pequeños que tenían que durar mucho tiempo.

Subió al dedo extendido con la dignidad de alguien que acepta el transporte ofrecido pero no lo considera un favor sino una colaboración entre partes iguales.

—Ve con sigilo —susurró Galatea, y su voz en ese tono bajo tenía la textura de las cosas que han sido dichas en voz baja durante tanto tiempo que el susurro es su estado natural. Busca a Penélope. Dile que venga. Una pausa. Y dile que no traiga a nadie que no crea en las pasiones.

La señora Eswerter asintió un movimiento preciso de la cabeza que comunicaba comprensión sin exceso y desapareció entre la maleza antes de que el ojo pudiera registrar completamente el movimiento. Las enredaderas que bordeaban el sendero cedieron ligeramente a su paso, como hacen con los seres que conocen bien.

Galatea la vio desaparecer y luego miró hacia el bosque con la expresión de quien espera algo que las hojas, el viento y una rata espía le han prometido que llegará.

Su sonrisa esa sonrisa suya que nunca revelaba del todo si era alegría o preocupación porque era las dos cosas al mismo tiempo se instaló en su cara con la comodidad de algo en su lugar natural.

—Bien —dijo al bosque en general. Ya casi es hora.

Parte II: Al anochecer

Demetrius llevaba casi todo el día en la rama.

No lo había planeado. Había llegado por la mañana con la vaga intención de patrullar el borde del bosque esa justificación que se daba a sí mismo que era verdadera en su superficie y más compleja por debajo y la rama había resultado ser el lugar desde el cual el sendero que venía del lado humano de la frontera era más visible, y desde el cual también el ángulo de luz entre los árboles de la tarde era particularmente claro, y desde el cual, si uno esperaba suficiente tiempo, era posible que

El silbido llegó antes que la figura.

Una tonada nueva. No la melancolía de aquella primera noche ni la esperanza contenida del barranco de los ecos. Esta era algo diferente más ligera, improvisada, con esa cualidad de la música que uno hace sin pensar, que sale porque el cuerpo la tiene disponible y decide usarla. La música de alguien que se siente suficientemente cómodo en el lugar donde está como para silbar sin propósito.

Demetrius vio a Andreus antes de que Andreus lo viera.

Un segundo, tal vez dos, en los que pudo observar sin ser observado el cabello negro con ese desorden que era su estado natural, el bolso al hombro con el laúd dentro lo notó por la forma del bulto, ya reconocible, el paso que no tenía prisa porque la prisa habría interrumpido el silbido, y la manera en que sus ojos recorrían el bosque al entrar en él, no con el miedo de la primera noche sino con algo que se parecía mucho a la anticipación.

Buscaba algo.

Cuando Andreus levantó la vista y lo encontró en la rama, se le abrió la sonrisa antes de llegar a la boca esa secuencia que Demetrius había aprendido a reconocer y que comenzaba siempre en los ojos, ese brillo de vino tinto que se encendía un momento antes de que los músculos de la cara completaran el gesto.

—¡Demetrius!

Corrió hacia él con la espontaneidad de alguien que ha dejado de calcular si el impulso es apropiado y simplemente lo sigue, alzando la mano antes de llegar como si no pudiera esperar al contacto físico del saludo.




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