Sueños de un Satiro

Hijas, fuego y corazones rotos

Parte I: La promesa marchita

El viento que llegó a la cabaña de Galatea ese atardecer no era el viento habitual del bosque.

El viento habitual del bosque tenía un carácter conocido olía a resina y tierra húmeda y a veces, cuando venía del norte, a la nieve lejana de las montañas que nadie del bosque había visitado pero que el viento recordaba. Era el viento de un lugar que se conocía a sí mismo.

Este viento traía algo diferente. Algo que había viajado mucho y cargaba con el peso de lo que había visto en el camino el olor de los bosques del sur, de la magia élfica que era más antigua y más fría que la del Bosque del Acantilado, y debajo de todo eso, algo que no era exactamente tristeza pero se le parecía demasiado para ser otra cosa. El olor de alguien que ha estado cargando algo demasiado tiempo y ha llegado finalmente al lugar donde puede depositarlo.

Galatea no se giró.

—Pasa, Neoma —dijo, con la voz de quien confirma lo que ya sabía en lugar de descubrir lo que no esperaba.

Las ramas cedieron con la suavidad que ceden cuando algo que les es afín las atraviesa, y Neoma emergió del follaje como emerge de los lugares que la reconocen sin esfuerzo, sin ruido, con la continuidad natural de algo que pertenece al vocabulario del bosque aunque venga de otro.

Estaba cansada.

No con el cansancio del viaje, aunque ese también estaba presente en la postura ligeramente más baja de sus hombros, en el cabello de plumas que no se mecía con su movimiento habitual sino que colgaba quieto con la quietud de las cosas que han perdido temporalmente su energía propia. Era el cansancio de algo más profundo y más difícil de nombrar: el cansancio de haber estado siendo fuerte durante demasiado tiempo en un lugar que no te permitía no serlo.

En sus manos llevaba una corona pequeña de pétalos secos.

Galatea la miró. Conocía ese objeto no ese específico, pero sí lo que representaba. Las coronas de pétalos vivos eran las promesas de las ninfas, la manera en que su magia se vinculaba a una palabra dada. Cuando los pétalos morían así, marchitos y secos mientras todavía eran sostenidos, no significaba que la promesa hubiera sido rota por negligencia.

Significaba que había sido rota por necesidad.

—No vine por tu magia —dijo Neoma, y su voz tenía esa textura específica de las voces que han estado conteniendo algo durante mucho tiempo y finalmente se permiten un tono diferente, no completamente libre todavía pero menos vigilado. Necesito ayuda.

Galatea se puso de pie.

En la cabaña, la luz de las velas siempre velas en la cabaña de Galatea, nunca la luz directa que no dejaba sombras y por tanto no dejaba misterio iluminó el rostro de Neoma desde abajo con esa luz que hace que los rasgos sean más ellos mismos, que elimina las capas intermedias y deja lo que está más cerca de la superficie.

Lo que estaba más cerca de la superficie en Neoma era el agotamiento y debajo del agotamiento, algo más duro la determinación de quien ha llegado a una decisión después de haberla postergado el mayor tiempo posible y ya no puede postergarlo más.

—¿Estás segura? —preguntó Galatea. No con el tono que hace la pregunta más fácil de responder sino con el tono que la hace más difícil, porque quería que la respuesta que viniera fuera la respuesta real. ¿Segura de desobedecer a quien mantiene con vida a tus hijas?

El silencio que siguió tenía la densidad del silencio que existe antes de las cosas que no pueden ser no dichas una vez que son dichas.

Neoma asintió.

Su voz, cuando llegó, tenía el temblor específico de las voces que se permiten temblar porque han decidido que el control perfecto ya no es lo que se necesita aquí, que la vulnerabilidad es también una forma de verdad.

—Él las tiene como rehenes. Las palabras salieron despacio, como objetos pesados que se depositan uno por uno. Sus flores no reciben luz. Sus voces han sido reducidas a susurros. Cada vez que le contradigo su mandíbula se tensó me golpea. O amenaza con hacer con ellas lo que hace con los demás. Con convertirlas en otro adorno para la Sala del Silencio.

Galatea se acercó.

Tomó el rostro de Neoma entre sus manos manos pequeñas, con la textura de alguien que ha trabajado con hierbas y tinturas durante décadas, que conoce la diferencia entre la presión que sostiene y la presión que aplasta con la delicadeza de alguien que sabe que hay momentos en que el contacto físico dice lo que las palabras no pueden decir sin reducirlo.

—Entonces no solo quieres salvar el bosque —dijo, y no era una pregunta sino la primera mitad de una frase que esperaba que Neoma completara.

—Quiero que él no sobreviva. Sin vacilación. Sin el preámbulo que suaviza las cosas para quien las escucha a costa de hacerlas menos verdaderas. No puedo seguir existiendo en un mundo donde él tiene poder sobre mis hijas. No puedo seguir siendo el instrumento de su crueldad con la promesa de que algún día las liberará si me comporto bien. Esa promesa tiene el valor de sus otras promesas. Ninguno.

Las lágrimas no cayeron. Estaban presentes Galatea las vio en el borde de los ojos de jade, en la manera en que la luz las capturaba sin que cayeran pero Neoma las contenía con la práctica de alguien que ha aprendido que las lágrimas en ciertos contextos eran un lujo que no podía permitirse.

Galatea la sostuvo un momento más y luego la soltó.

Suspiró profundamente, con el suspiro que no es resignación sino aceptación de la complejidad de lo que venía: la diferencia entre las dos cosas era importante y Galatea la conocía bien.

—Entonces hablaremos con Penélope.

Parte II: La guardiana en el cielo

El árbol más alto del bosque tenía visitantes esa tarde.

Penélope los había convocado con el idioma que los seres alados conocían antes que cualquier otro el idioma de los patrones de viento, de las corrientes específicas que solo se producían cuando algo grande necesitaba ser comunicado. Los colibríes llegaron primero siempre llegaban primero, porque eran los más rápidos y porque tenían la curiosidad de los pequeños que compensan el tamaño con la velocidad. Los halcones llegaron después, con esa dignidad suya de seres que no se apresuran porque saben que su presencia se notará independientemente de cuándo lleguen. Las mariposas gigantes del tipo que solo existía en el Bosque del Acantilado, con alas del tamaño de un libro abierto y patrones que cambiaban según la luz flotaron hasta los últimas ramas disponibles con su manera de moverse que era también una manera de existir: nunca directamente, siempre en curvas, siempre describiendo el camino más hermoso entre dos puntos aunque no fuera el más corto.




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