Sueños de un Satiro

El veneno de los reinos olvidados

Parte I: La torre prohibida

Había siete pisos en la torre más alta del Palacio de Piedra Azul, y cada piso tenía su propia atmósfera, como si al ascender uno atravesara capas de mundos superpuestos que compartían la misma columna de piedra sin mezclarse del todo. El primero olía a los archivos del reino, a tinta y pergamino y el polvo honesto de los documentos que nadie había consultado en décadas pero que nadie se atrevía a destruir. El tercero tenía corrientes de aire que no correspondían a ninguna ventana y que los guardias que llegaban hasta ahí atribuían a defectos arquitectónicos y preferían no examinar más de cerca. El sexto el último al que los soldados subían, y no todos ellos tenía una temperatura que bajaba abruptamente al entrar, con el frío específico de los lugares donde algo ha consumido el calor del ambiente para sus propios propósitos.

El séptimo no tenía nombre en los registros del palacio.

En los registros del palacio, la torre tenía seis pisos. El séptimo existía de la misma manera en que existen ciertas verdades en los lugares de poder presente para quien sabía buscarlo, invisible para quien no, y en ningún documento oficial.

Selene subió por primera vez desde su matrimonio.

Lo hizo sin escolta la escolta habría sido un testigo, y los testigos eran exactamente lo que no necesitaba en este momento. Subió sola con el vestido azul profundo que tenía la cualidad de las piedras de su nación: ese azul que no era el azul del cielo ni el del agua sino el azul propio, el azul que había caído del espacio en meteoritos y se había quedado ahí, en esa tierra específica, como si hubiera decidido que ya había viajado suficiente.

Sus pasos en la escalera de piedra eran el único sonido que el séptimo piso escuchó anunciarse antes de que la puerta que no tenía cerradura visible pero que se abrió cuando Selene se acercó, como si Calisto la esperara o como si la puerta supiera quién tenía derecho a entrar cediera hacia adentro.

El laboratorio olía a tres cosas simultáneamente que no deberían poder coexistir sin cancelarse ozono, que es el olor de la magia activa; algo floral que era demasiado dulce para ser reconfortante, del tipo de dulzura que tienen las flores que son venenosas; y debajo de todo eso, casi imperceptible, el olor de algo muy antiguo que había viajado desde un lugar que no tenía nombre en la geografía de este mundo.

Calisto la recibió con la reverencia exagerada de quien usa la formalidad como otra herramienta del mismo modo en que usaba el humor, la intimidación, el silencio calculado no como expresión de lo que sentía sino como instrumento de lo que quería producir.

—Bienvenida, mi reina. Estás justo a tiempo.

Sus lentes de montura de bronce oscuro reflejaban la luz de los cristales flotantes los que se movían por voluntad propia, o por la voluntad de algo que Calisto había instalado en ellos, girando despacio en trayectorias que no eran aleatorias sino calculadas, que describían patrones que alguien con el conocimiento suficiente podría leer como mensajes, y ese doble reflejo producía en quien lo miraba la sensación levemente desconcertante de estar siendo observado desde múltiples ángulos al mismo tiempo.

La condujo entre las mesas.

Selene caminó sin precipitarse, con el paso de quien ha decidido que ver todo es más importante que reaccionar rápido a algo específico. Los frascos sobre las mesas tenían contenidos que el ojo reconocía como fluidos pero que el instinto rechazaba como normales algo oscuro que se movía con la lentitud de algo vivo, flores negras suspendidas en un líquido transparente que las conservaba en el momento exacto de su apertura máxima sin permitirles avanzar ni retroceder. Los pergaminos escritos en el idioma que susurraba Selene escuchó el susurro al pasar cerca, no con los oídos sino con algo más profundo, algo que los oídos no tenían nombre para describir estaban abiertos sobre superficies de cristal oscuro.

Las jaulas colgantes eran doce. Algunas vacías. Otras no.

Selene se detuvo.

En la jaula que colgaba a la altura de sus ojos, sentada en la oscuridad con los pies descalzos sobre el fondo de metal y los ojos perdidos en el punto específico donde la mirada va cuando ha dejado de buscar algo en lo que posarse, estaba una joven que Selene no reconocía. Cabello que había sido ordenado antes y ya no lo era. Ropa de campo, sencilla, con el polvo del viaje todavía en ella. Las manos Selene las notó porque eran las manos de alguien que trabajaba con ellas, con los cortes y la piel seca que ese trabajo producía reposaban abiertas sobre las rodillas con la apertura pasiva de algo que ha dejado de sostener lo que sostenía.

—¿Qué es esto? preguntó Selene. Sin emoción en la pregunta no porque no la tuviera sino porque la emoción en este contexto era información que no quería dar.

—Una visitante inesperada —dijo Calisto, con el tono de quien describe el clima. Llegó al palacio con una carta. Información sobre actividad mágica en las fronteras del norte. Se acercó a la jaula y la miró con la indiferencia de quien evalúa un objeto de laboratorio. Pero quería asegurarme de que la información era completa. El amor, mi reina, produce en las personas una tendencia selectiva hacia las verdades que les resultan convenientes. Le di algo para que contara todo.

Selene miró a la joven en la jaula.

En sus ojos perdidos había todavía algo no exactamente presencia, pero tampoco ausencia completa. Algo en el umbral entre los dos estados, en ese lugar donde la mente va cuando ha sido forzada más allá de donde debería ir y está esperando poder regresar.

Selene siguió caminando.

El vial que Calisto sacó a continuación era pequeño del tamaño de un pulgar, de vidrio tan fino que parecía que el contenido existía en el aire sin recipiente, sostenido solo por su propia tensión superficial. El líquido era violeta con esa saturación que tienen los venenos en los cuentos, que es también la saturación que tienen los venenos reales porque la naturaleza no es menos dramática que la ficción cuando quiere serlo.




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