Sueños de un Satiro

Corazones en guerra

Parte I: La entrada olvidada

Las nubes esa noche tenían la densidad de las nubes que han decidido quedarse, que no son el preludio de algo sino el estado permanente hasta nuevo aviso. No llovía el aire estaba demasiado quieto para eso, con esa quietud específica que tienen las noches antes de que algo importante ocurra, cuando hasta el clima parece contener la respiración.

El Palacio de Piedra Azul desde la colina era una geometría de luz y sombra las torres captando lo poco que la luna ofrecía desde detrás de las nubes y devolviéndolo amplificado, los muros de piedra azul con ese brillo frío que tenían incluso en la oscuridad, los pasos de los guardias en las almenas describiendo sus rutas con la regularidad de algo que ha sido practicado hasta convertirse en mecánico.

Penélope contó los guardias. Contó los intervalos entre sus pasos. Contó las zonas de sombra y las zonas de luz. Todo esto en el tiempo que los demás necesitaron para instalarse a su lado.

—El castillo está rodeado murmuró, sin apartar los ojos del palacio. Las aves lo confirmaron hace media hora. Cuatro en cada muro, dos en cada torre. Los turnos cambian cada dos horas.

—Entonces entramos antes de que cambien —dijo Owen.

Su manto de hojas, construido esa tarde por Erix con la paciencia meticulosa del que ha aprendido que los detalles de camuflaje son también detalles de supervivencia, lo cubría con una efectividad que era notable dado el tamaño que tenía que cubrir. En la oscuridad, desde cierta distancia, podría confundirse con un arbusto particularmente grande y peculiarmente animado.

—Por abajo —añadió Owen, señalando hacia el borde de la colina donde la roca madre emergía a través del suelo con esa solidez de lo que lleva siglos en el mismo lugar. Galatea nos dijo dónde.

Erix tenía el mapa el mismo mapa de Peter el Gris, ahora con anotaciones adicionales en la tinta que brillaba bajo su antorcha mágica de visión nocturna, una pequeña llama que emitía luz en frecuencias que los ojos entrenados podían ver y los no entrenados no, y lo consultó con la atención de quien sabe que el margen de error en esta situación es diferente al margen de error en situaciones donde uno puede rectificar si se equivoca.

—Aquí. —Señaló un punto en el mapa y luego el terreno, encontrando la correspondencia. La roca cubierta de musgo. Debajo está la entrada.

Batiam ya estaba caminando hacia ella.

—Nada como una entrada secreta para levantar el drama murmuró, con el tono de alguien que todavía encontraba espacio para apreciar la estética de la situación aunque la situación fuera también peligrosa, que era quizás la cualidad más específicamente Batiam de todas las que tenía.

Su mochila repicaba suavemente con el movimiento los frascos que había insistido en traer, los dulces que nadie había preguntado qué papel jugaban en un rescate de estas características pero que Batiam había empacado con la convicción de quien sabe que la utilidad de las cosas a veces solo se revela cuando ya no hay tiempo para buscarlas.

Quitaron las piedras con el método de quienes han decidido que la rapidez es más importante que el silencio perfecto pero que el silencio relativo sigue importando movimientos deliberados, sin golpes innecesarios, depositando cada piedra en el suelo con la gentileza de un esfuerzo compartido. La puerta circular de metal oxidado apareció bajo ellas con la honestidad de los objetos que han estado esperando mucho tiempo no brillante ni ceremonial, sino exactamente lo que era una entrada que alguien construyó hace siglos para una emergencia específica y que había seguido siendo una entrada potencial durante todo el tiempo que nadie la necesitó.

Batiam la olió antes de abrirla.

—Humedad, hongos, y una pausa algo que podría ser misterio pero podría ser también simplemente muy viejo.

—Ambas cosas —dijo Erix, y empujó.

La puerta cedió con la resistencia de los años acumulados en sus goznes no un chirrido sino una exhalación, como si el metal liberara el aliento que había contenido durante todo ese tiempo. El aire que salió era el aire de los lugares subterráneos más frío, más quieto, con el olor de la piedra húmeda y los hongos que crecen donde la luz no llega y que han desarrollado formas de existir perfectamente adaptadas a esa ausencia.

Descendieron.

La antorcha de Erix convertía el túnel en un cilindro de luz naranja que avanzaba con ellos, revelando las paredes de raíces antiguas que el mago Galatea les había descrito raíces que habían crecido a través de la piedra durante siglos, que formaban estructuras en las paredes del túnel con la geometría irregular de lo que crece sin plano pero con dirección, buscando el agua y el mineral y el espacio disponible con esa inteligencia silenciosa de las raíces que no tiene nombre en el vocabulario de los seres que caminan.

Los pasos de Owen producían una vibración baja en el suelo que las raíces de las paredes recogían y transmitían hacia arriba, hacia el sistema nervioso del bosque que llegaba hasta aquí incluso bajo el palacio, como llega hasta todas partes donde hay tierra suficiente.

Nadie habló durante el descenso.

La seriedad del momento lo pedía, y los cuatro lo sabían, que era suficiente.

Parte II: Lo que el amor ve en la oscuridad

Demetrius despertó con el olor.

Antes de los ojos antes de determinar dónde estaba o qué postura tenía o qué le impedía moverse, el olor. Brebajes de composición que no reconocía por completo pero que contenían elementos que el cuerpo de un sátiro identificaba instintivamente como adversariales algo que había sido vivo y había dejado de serlo por medios que no eran naturales, algo que había sido concentrado más allá de sus proporciones originales, algo que olía a la magia de quien extrae en lugar de colaborar.

Abrió los ojos.

El techo era piedra. Las paredes, cristal oscuro con ese tipo de impenetrabilidad que no era arquitectónica sino encantada. Las lianas que lo ataban a la mesa de madera negra no eran lianas comunes las sentía en las muñecas y los tobillos con el calor específico del encantamiento activo, más calientes que su temperatura ambiente, vibrando levemente con la magia que las mantenía.




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