Sueños de un Satiro

Humo antes del incendio

Parte I: El túnel y lo que se carga al salir

El caos del palacio era el mejor tipo de cobertura no el silencio que requiere sigilo perfecto sino el ruido que permite moverse dentro de él sin ser notado, el tipo de desorden en el que cada persona está suficientemente ocupada con su propia confusión como para no prestar atención a las figuras que se mueven rápido por los corredores en dirección contraria a la del desorden.

Penélope iba al frente porque era donde iba cuando había una dirección y alguien tenía que tenerla. No corría el trote calculado que producía era más rápido que correr en espacios con obstáculos porque no requería recuperación entre zancadas, era sostenible indefinidamente, y mantenía la capacidad de cambiar de dirección sin perder velocidad.

—Por aquí —murmuró, con la mano en el brazo de Andreus dirigiéndolo hacia el pasadizo antes de que él terminara de ver dónde estaba. No mires atrás.

Andreus no preguntó por qué. Había aprendido en las últimas horas que en ciertos contextos la pregunta del porqué era un lujo que pertenecía a momentos con más tiempo.

Owen llegó último, que era también lo correcto: el más grande detrás, cubriendo la retirada, cerrando lo que necesitaba ser cerrado. La trampilla requirió dos manos y toda su envergadura para cerrarla desde abajo con el sonido justo ni demasiado fuerte ni demasiado suave, el sonido que se pierde en el ruido del piso superior sin añadirse a él.

—Voy a estrangular al mago con sus propias túnicas de estrellas —murmuró, con el tono de alguien que ha tomado esta decisión firmemente y solo está informando a los presentes.

—¿Eso incluye besarlo primero? —dijo Batiam desde algún punto en la oscuridad del túnel, jadeando con el jadeo específico de alguien que no está acostumbrado a correr y está haciéndolo de todas formas porque la alternativa es peor.

—No empieces, duende.

La antorcha de Erix era el único punto de luz en el túnel y todos caminaban en la dirección en que apuntaba con la fe implícita de quien sigue la única fuente de orientación disponible. Las raíces antiguas en las paredes pasaban a sus lados como costillas de algo enorme y dormido que respiraba despacio, y el suelo húmedo registraba sus pasos con esa fidelidad del barro que guarda la huella de todo lo que lo cruza.

Demetrius cojeaba.

No dramáticamente había aprendido durante siglos en el bosque a seguir moviéndose a pesar de los dolores que el movimiento producía, que era una habilidad que el bosque enseñaba con la misma naturalidad con que enseñaba todo lo demás sin lección formal, solo con las repetidas ocasiones en que la alternativa era detenerse en un lugar donde detenerse no era seguro. Pero la herida en la pierna izquierda producida por las lianas encantadas cuando había intentado liberarse antes de que Penélope llegara, con el tipo de esfuerzo que las lianas encantadas recompensaban cortando la piel era real y la pierna la sabía aunque la mente hubiera decidido que podía esperar.

Andreus lo sabía también.

Lo sabía por la manera en que el peso de Demetrius sobre su mano derecha cambiaba con cada tercer paso, inclinándose ligeramente hacia él cuando la pierna izquierda cargaba más de lo que le correspondía. Sin decir nada, sin hacer de ello un evento, ajustó su posición para ofrecerle el apoyo que su cuerpo ya estaba tomando sin reconocerlo.

La mano de Demetrius apretó la suya.

No como agradecimiento como reconocimiento. La diferencia entre los dos era la diferencia entre recibir algo y saber que quien te lo da sabe lo que está dando.

Andreus miraba la espalda de Penélope mientras avanzaban y pensaba en lo que su presencia significaba en este lugar. No en términos abstractos en términos muy concretos: estas personas habían venido a un palacio humano, a través de un túnel, al laboratorio de un mago que los superaba en conocimiento de su propia magia, porque él había caminado al bosque con el laúd al hombro y no había prestado suficiente atención a los pájaros que cantaban con ritmo irregular.

La culpa era del tipo que no se disuelve con una sola noche pero tampoco crece si uno decide no alimentarla.

Decidió no alimentarla. Por ahora.

Salieron a campo abierto cuando el cielo todavía dudaba entre la oscuridad y el amanecer ese azul sin estrella ni sol que era el umbral entre ambos, el color que existía solo en la transición. El aire golpeó con la diferencia de temperatura que siempre produce salir de bajo tierra más frío, más amplio, con la sensación de que el techo había desaparecido y el espacio disponible para existir se había multiplicado de golpe.

El bosque estaba al norte.

Su silueta oscura contra el cielo levemente más claro del horizonte era reconocible antes de que ninguno de sus detalles fuera visible la forma específica de sus copas, la densidad de su masa que era diferente a la densidad de los campos abiertos, la manera en que el borde entre el bosque y el cielo era irregular y vivo en lugar de la línea recta que producía la tierra sin árboles.

El aire que venía del norte olía a resina y tierra húmeda y magia dormida.

Penélope lo respiró.

Algo en su postura cambió levemente no relajación, porque Penélope no relajaba su postura en circunstancias que no lo justificaban, sino un tipo de reorientación, el ajuste de alguien que ha llegado al territorio donde sabe exactamente dónde están todas las cosas.

—Caminamos —dijo—. Sin detenernos.

Nadie protestó.

Parte II: El regreso y lo que espera

El bosque del Acantilado sabía que volvían antes de que fueran visibles desde cualquier punto de sus linderos.

Las aves centinelas las que Penélope había dispersado días antes con instrucciones precisas lo comunicaron desde las ramas exteriores hacia adentro con ese idioma de los pájaros que era también el idioma de alarma pero también el idioma de reconocimiento esto viene, esto es conocido, esto es de los nuestros. Los espíritus del musgo que vivían en la frontera norte lo sintieron en las vibraciones del suelo antes de que los pasos pudieran ser escuchados. Los centinelas arbóreos esos árboles específicos que el bosque había designado como puntos de observación durante suficientes generaciones como para que ya no fuera necesario asignarles la función, que simplemente la cumplían inclinaron sus ramas hacia la dirección de los que llegaban.




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