Sueños de un Satiro

El fuego en las raíces

Parte I: El silencio antes

La madrugada fue silenciosa de la manera en que solo son silenciosas las madrugadas que preceden a algo que ya no puede ser detenido.

No el silencio del bosque en reposo ese silencio que Demetrius conocía desde siempre, lleno de pequeños sonidos que el silencio verdadero permitía escuchar el crujido de la madera que se asentaba, el movimiento de los seres nocturnos en su última hora, el murmullo de los riachuelos que nunca se callaban. Ese silencio era presencia. Era el bosque siendo él mismo en la oscuridad.

Este silencio era diferente.

Era ausencia. Las aves nocturnas habían dejado de cantar hacia la medianoche, con esa simultaneidad que tenían las criaturas del bosque cuando algo que no podían nombrar pero podían sentir las alertaba. Los insectos, que normalmente llenaban el aire de la madrugada con sus frecuencias específicas, habían reducido su sonido gradualmente hasta que solo quedaba el fondo más mínimo, el equivalente sonoro de contener la respiración. Los árboles se habían aquietado en sus crujidos habituales.

El bosque esperaba.

Demetrius lo escuchó desde el claro donde había pasado la noche sin dormir no por decisión de velar sino porque el sueño no llegó, que a veces es la manera en que el cuerpo sabe lo que la mente todavía no ha confirmado. Estaba sentado con la espalda contra el roble más viejo del claro y Andreus dormía a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y el laúd sostenido incluso en el sueño, incluso inconsciente, con los dedos curvados alrededor del mástil con la memoria muscular de años.

Demetrius no lo había movido.

Había estado escuchando el silencio que crecía y pensando en todas las cosas que existían antes de ese silencio: la primera melodía en la Frontera del Susurro. El laúd abandonado en el claro. El barranco de los ecos y la canción que decía será un nombre con alma, un susurro, un encuentro. Las manos que habían sostenido las suyas. No dejes que el miedo decida por ti.

El miedo era real. Demetrius no lo negaría llevaría décadas mintiéndose si intentara negarlo ahora. Pero también era real lo demás. Lo que existía junto al miedo sin cancelarlo. Lo que hacía que el miedo tuviera peso porque lo que estaba en riesgo tenía peso.

Cuando el primer rayo del sol atravesó las copas de los árboles, llegó de la manera en que la luz llega cuando todavía no sabe que va a ser interrumpida: horizontal, dorado, con esa calidez específica de los primeros rayos que tocan la superficie del follaje y la convierten en algo que brilla desde adentro.

Y entonces el humo.

No desde un punto desde varios puntos al mismo tiempo, desde el sur, desde el borde del territorio donde los árboles del bosque comenzaban a espaciarse y la línea de separación entre el bosque y el mundo abierto era más visible. Columnas primero delgadas, luego más anchas, luego la fusión de las columnas en algo que ya no era plural sino singular: una cortina de humo que subía hacia el cielo de la madrugada con la velocidad de las cosas que han sido preparadas para arder con eficiencia.

Andreus despertó.

No suavemente con el despertar abrupto de quien pasa del sueño al miedo en el tiempo de un parpadeo. Sus ojos encontraron el humo antes de encontrar a Demetrius. La mano en el laúd se apretó.

—Ya llegaron.

No como pregunta. Como reconocimiento de lo que ambos veían.

Demetrius ya estaba de pie.

Parte II: El rugido del bosque

La voz que llegó desde las ramas más altas tenía el volumen específico del grito de alarma que ha sido ensayado no en práctica deliberada sino en la repetición de todas las emergencias anteriores que habían enseñado al centinela cuánta fuerza necesitaba para que el sonido llegara a donde tenía que llegar.

—¡ALERTA! ¡EL FUEGO!

El bosque respondió antes de que el eco del grito se disolviera.

No como una decisión tomada por alguien como el movimiento reflejo de un cuerpo que ha recibido el golpe y responde antes de que el dolor llegue a la conciencia. Las criaturas que habían pasado la noche sin dormir se pusieron en movimiento. Las que dormían despertaron con esa velocidad de los seres que han aprendido que ciertos sonidos no permiten el intermedio entre el sueño y la acción.

Penélope bajó de su torre con la velocidad de alguien que ha pasado los últimos días preparando exactamente para este momento y que por tanto no necesita prepararse ahora — solo actuar. Sus pies encontraron cada rama en la secuencia correcta sin que los ojos necesitaran verificarla. El manto de pétalos de luna ondeó con la velocidad del descenso. Cuando tocó el suelo ya estaba corriendo, y el enjambre de aves que había estado en los árboles circundantes los centinelas alados que ella había posicionado despegó simultáneamente con ella, formando la nube en movimiento de algo que actúa coordinadamente sin haber necesitado la coordinación.

Demetrius tomó el cuerno de roble.

Lo tenía en la mano desde que se puso de pie no un gesto consciente sino el automatismo de alguien cuyo cuerpo ya ha tomado las decisiones que el momento requiere. Lo llevó a los labios.

El sonido que produjo era diferente al cuerno antiguo de Owen más alto, más urgente, con la frecuencia específica de la alerta inmediata en contraposición a la convocatoria. Recorrió el bosque en todas las direcciones al mismo tiempo, llegando a los sectores que el grito del centinela no había alcanzado todavía, completando la red de aviso.

Andreus, tres pasos detrás de Demetrius, no preguntó qué debía hacer. Ya lo sabía lo habían hablado, lo habían preparado los heridos, la música, el sostén que no era de armas sino de presencia. Tomó el laúd con la mano que ya lo tenía y comenzó a caminar hacia el sector donde el sistema de triaje había sido establecido, donde ya empezarían a llegar los primeros que lo necesitaran.

Owen emergió del claro central con la maza tallada ese objeto que la mayoría de los seres habrían necesitado dos manos y esfuerzo considerable para levantar, que Owen llevaba con una mano con la naturalidad de algo que pertenece a ese cuerpo. El rugido que lanzó antes de lanzarse a correr era el rugido de batalla de los osos, que es diferente al rugido de amenaza: más profundo, sin vacilación, el sonido de algo que ha decidido completamente lo que va a hacer.




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