Sueños de un Satiro

Polvo galáctico y fuego nocturno

Parte I: La araña que siguió a la sombra

Jim se movía con la técnica de los que han aprendido que el mejor camuflaje no es la invisibilidad sino la irrelevancia volverse parte del patrón de movimiento de un lugar de manera que quien mire no vea una figura sino solo el bosque siendo el bosque. Había aprendido esa técnica en los años de entrenamiento que Aureon exigía a sus espías, años en los que la habilidad no era valorada por su elegancia sino por sus resultados, y los resultados que importaban eran los que no producían ningún resultado visible.

El bosque del Acantilado era diferente a los bosques donde había sido entrenada.

Los bosques elfos del norte tenían una quietud que era también una forma de orden la magia elfica organizaba la naturaleza a su alrededor con la lógica de quien cree que la belleza requiere estructura. Este bosque era diferente más denso, más impredecible en sus patrones, con esa densidad viva de los lugares donde nadie ha impuesto un orden porque el lugar tiene el suyo propio y lo mantiene sin necesidad de supervisión.

Pero Jim era buena en lo que hacía.

Había pasado la primera noche aprendiendo los ritmos del bosque cuándo los centinelas cambiaban de posición, cuándo los animales modificaban sus rutas, cuándo los árboles producían sus sonidos de asentamiento que podían cubrir un paso mal calculado. La segunda noche había comenzado a moverse, primero en los sectores periféricos, luego avanzando gradualmente hacia el interior con la paciencia de alguien que sabe que la prisa es la madre de todos los errores detectables.

Sus ojos negros esos ojos que en la oscuridad del bosque no reflejaban nada, que eran también parte de su técnica registraban y catalogaban los escondites en las raíces huecas, la red de túneles que los duendes habían excavado, los puntos donde la defensa tenía brechas, los nombres que había escuchado pronunciar con la frecuencia con que se pronuncian los nombres que importan.

No vio a la araña.

Era una omisión comprensible la araña de ojos verdes que la seguía desde hacía horas era del tamaño de una mano cerrada, del color específico de la corteza de los árboles del sector por el que se movía, con la paciencia que tienen los seres que cazan sin apresurarse porque saben que el tiempo que invierten en observar es también el tiempo que elimina el margen de error. La habían entrenado o la habían formado, o simplemente era lo que era, porque con las sirvientas de Galatea la distinción entre entrenamiento y naturaleza era difícil de establecer para seguir sin ser vista por exactamente el tipo de presencia que Jim era.

En el claro donde Jim se detuvo a escribir un espacio pequeño entre raíces, con luz suficiente para ver lo que escribía y cobertura suficiente para no ser vista desde ángulos no inmediatos la araña se detuvo también.

Y la sombra cayó.

Galatea apareció en forma humana.

No materializó desde la nada emergió de los árboles con el paso de alguien que ha estado caminando hacia ese lugar durante el tiempo que llevaba siendo necesario caminar hacia él, que es también la diferencia entre la aparición teatral y la llegada real. Su cabello gris plateado ondeaba con un movimiento que no correspondía exactamente al viento disponible su movimiento propio, el que tenía cuando el entorno no era suficientemente interesante para seguir su patrón.

Jim se giró.

La mano encontró la daga con la velocidad que tenían las manos que han practicado ese movimiento suficientes veces como para que sea más rápido que el pensamiento.

Galatea fue más rápida.

La daga de cristal lunar tenía la translucidez específica del cristal que ha sido formado bajo la luz de la luna durante suficiente tiempo como para que la luna sea también parte de su composición no solo en el nombre sino en la propiedad, en esa luminosidad fría que tenía incluso en la sombra del claro, como si emitiera la luz de la luna que había absorbido en lugar de reflejar la luz disponible.

Jim cayó.

La expresión de su cara en el momento final tenía la sorpresa específica de alguien que ha sido muy bueno en lo que hace durante mucho tiempo y en este momento específico encontró algo que era mejor. No recriminación solo la actualización factual de quien verifica que lo que creía sobre sus propias capacidades era verdad hasta que dejó de serlo.

Galatea se inclinó sobre ella.

—Eso es por Neoma —dijo, en voz baja, con la temperatura de las cosas que se dicen cuando quien las dice quiere que sean escuchadas aunque no haya nadie que pueda escucharlas. Y por cada criatura que convirtieron en madera contra su voluntad.

Se incorporó.

La chispa de magia que quemó lo que quedaba no fue dramática fue funcional, del tipo de magia que Galatea usaba cuando la situación requería eficiencia antes que expresión. El bosque absorbió el calor de esa pequeña llama con la capacidad que tenía para absorber las cosas que ocurrían en él sin que las raíces necesitaran pedir explicaciones.

El libro de piel lo guardó.

Los nombres que Jim había reunido, los mapas mentales que había transferido a papel, la inteligencia que Aureon nunca recibiría todo eso en el libro de piel, que Galatea depositó en el bolsillo de su capa negra con el cuidado de quien sabe que la información es también un arma y las armas necesitan ser custodiadas.

El bosque quedó en silencio.

La araña de ojos verdes descendió de la rama donde había esperado el final y se sentó en el suelo del claro con la expresión si las arañas podían tener expresiones de alguien que ha hecho bien su trabajo y espera reconocimiento o no, ambas cosas son igualmente posibles dependiendo de quién sea el que da o no da el reconocimiento.

Galatea la miró.

—Bien hecho, señorita —dijo.

La araña se acomodó en el hombro de la capa negra con la naturalidad de algo que pertenece ahí.

Parte II: El polvo de otro mundo




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