Sueños de un Satiro

El Árbol de las Tres Hijas

Parte I: El palacio que se prepara para la muerte

La luna seguía alta cuando Neoma cruzó el último círculo de seguridad.

Los círculos de seguridad del Reino de los Elfos Blancos eran diferentes a los círculos de hadas del Bosque de Círculos esos eran transportadores, accidentales en su peligro, construidos por seres que amaban la magia sin pensar completamente en sus consecuencias. Estos eran deliberados capas concéntricas de magia élfica antigua que respondían a la presencia de lo que no había sido invitado, que producían en el intruso una sensación específica de rechazo no dolor, sino la sensación de no pertenecer, de ser un error que el espacio mismo quería corregir.

Neoma los había cruzado de todas formas.

Los había cruzado porque llevaba semanas cruzando cosas que el espacio intentaba decirle que no debía cruzar y porque el frasco de polvo negro en su bolsillo era suficientemente pesado como para que todo lo demás en el mundo se volviera más ligero en comparación. Las hojas de los árboles del borde del reino susurraban con el idioma del viento que ella conocía no advertencias exactamente, más bien el reconocimiento del bosque de que lo que ella hacía tenía un costo que el bosque podía percibir aunque no pudiera calcular su magnitud.

Avanzó.

El palacio de madera sagrada en el corazón del reino élfico tenía una vida nocturna diferente a su vida diurna de día era la sede del poder que Aureon ejercía con la precisión de alguien que lleva siglos perfeccionando cada gesto de ese ejercicio. De noche, antes de una guerra, era otra cosa el movimiento de los que se preparan para matar con la eficiencia de quien ha convertido la preparación en ritual.

Los soldados se movían en sus formaciones. Los armeros terminaban los ajustes finales en equipamiento que había sido revisado veinte veces pero que la ansiedad de la espera llevaba a revisar una vez más. Los heraldos memorizaban las señales que usarían en el campo. Y en la sala del trono, ante un espejo de plata élfica que lo devolvía su imagen con la perfección que solo el espejo élfico logra sin el retraso, sin la imperfección, exactamente lo que uno es en el momento en que se mira, el Rey Aureon.

Vestía la armadura de espinas plateadas.

Era la armadura que usaba para las guerras que consideraba personales no todas las guerras lo eran, pero esta sí. El bosque del Acantilado había permitido la entrada de lo que no debía entrar, había dejado que el contacto ocurriera, había fallado en la pureza que los bosques mágicos debían mantener según la doctrina que Aureon había construido durante siglos de convicción reforzada por su propia historia. Las espinas plateadas de la armadura capturaban la luz de las velas del salón y la devolvían en puntos que recorrían las paredes con el movimiento del rey.

La espada blanca en su mano brillaba con la luminosidad específica que tenía antes del combate como si anticipara lo que vendría y respondiera a esa anticipación con su propio tipo de preparación.

Ensayaba.

No los movimientos del combate esos ya estaban en el cuerpo, depositados durante siglos de práctica que los habían vuelto tan parte de él como la respiración. Ensayaba la muerte. La muerte específica que esta guerra produciría el orden en que las cosas tendrían que ocurrir, la secuencia que llevaría del bosque al acantilado al territorio humano al resultado que había determinado que era el correcto.

No escuchó a Neoma llegar.

Eso también era información sobre el estado de Aureon esa noche que la preparación para la guerra lo había cerrado sobre sí mismo de una manera que reducía su percepción periférica, que lo había vuelto temporalmente más interior de lo habitual. Neoma lo notó en el momento en que emergió de las sombras la manera en que su presencia no fue registrada inmediatamente, el segundo de más que tuvo antes de hablar.

—Mi rey —dijo, con la voz calibrada para la deferencia que él esperaba y que ella había aprendido a producir con la precisión de quien ha practicado una actuación durante tanto tiempo que ya no requiere esfuerzo activo. He venido con información. Sobre los humanos y sobre los Guardianes del bosque.

El rey se giró.

No con la calma del poder que ha decidido cuándo prestar atención con la velocidad de la rabia que encontró su objeto antes de que la mente terminara de procesar qué producía esa rabia. Su rostro, habitualmente controlado en la expresión que comunicaba lo que quería comunicar y nada más, estaba enrojecido con el color específico de la ira que no ha pasado por el filtro del cálculo.

—¿Información? —Las palabras salieron con la temperatura del metal que ha sido calentado hasta el punto en que ya no es simplemente metal sino también peligro. ¿Tú?

La mano encontró el cuello de Neoma antes de que ella pudiera completar el siguiente pensamiento.

La levantó.

Era la fuerza de Aureon sin la mediación de la consideración de las consecuencias la fuerza de alguien que en este momento específico no estaba calculando lo que su fuerza producía sino solo ejerciéndola con la totalidad de lo que tenía disponible. El suelo quedó debajo de los pies de Neoma sin que sus pies lo alcanzaran.

—¡TRAIDORA! —La palabra llegó con el volumen de los salones de piedra, amplificada, multiplicada, devuelta desde cada superficie. ¡Tú me sirves o me temes! ¿Qué has sido, Neoma?

Su visión se nublaba.

El cuerpo de Neoma respondía a la falta de aire con los mecanismos que los cuerpos tienen para eso los reflejos de sobrevivencia que se activan cuando algo fundamental está siendo quitado. Pero la mano que buscó el frasco en su ropa no lo hizo por el reflejo de sobrevivencia sino por algo más profundo que el instinto de sobrevivir: por la memoria de tres sus hijas, por el peso de semanas de camino y promesas y el frasco que Galatea le había puesto en las manos con la suavidad específica de quien entrega algo que importa.




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