Sueños de un Satiro

Flores sobre ruinas

Parte I: El silencio después del árbol

El Reino de los Elfos Blancos había aprendido, en los siglos de su existencia, a ser muchas cosas.

Había aprendido a ser bello con esa belleza que requiere que otros la contemplen para ser completa la belleza del poder bien ejercido, de la magia controlada, de la blancura mantenida. Había aprendido a ser silencioso con el silencio que los reinos ordenados producen cuando cada cosa está en su lugar y cada ser sabe cuál es su lugar y lo ocupa sin disentir. Había aprendido a ser permanente con la permanencia que los elfos de linaje antiguo consideraban su derecho natural la permanencia de lo que ha existido durante suficiente tiempo como para asumir que existirá siempre.

Esta noche había aprendido a ser ruinas.

El Palacio de Madera Sagrada ya no era exactamente un palacio. Era el espacio que el palacio había ocupado antes de que algo más decidiera ocuparlo con las paredes caídas donde las raíces las habían partido, con el techo abierto donde las ramas lo habían atravesado, con los corredores interrumpidos por el tronco que los había convertido en otra cosa. Lo que quedaba de la arquitectura era el testimonio de lo que había sido: las vigas que todavía se sostenían en los puntos donde las raíces no las habían alcanzado, las columnas que habían cedido en ángulos que mostraban la dirección desde la que la fuerza había venido.

Y el árbol.

El árbol de las tres hijas llenaba el centro de lo que había sido el palacio y crecía más allá de él sus ramas alcanzaban los jardines elfos que rodeaban el edificio original, sus raíces se extendían bajo la plaza central donde los soldados habían formado esa tarde escuchando las palabras de guerra de su rey. Bajo la luz de la luna la luna que había emergido de las nubes exactamente en el momento en que el árbol terminó de crecer, como si el cielo hubiera estado esperando para verlo las flores de todos los colores imaginables brillaban con esa luminosidad que tienen las flores que no han sido plantadas sino que han crecido porque tenían que crecer.

Cantaban.

Con ese canto específico que las hojas del árbol producían no musical exactamente, no el tipo de sonido que los bardos podían transcribir, sino algo más antiguo que la música, más parecido al idioma que tienen los bosques cuando hablan entre ellos, que es anterior a todos los idiomas que los seres que caminan han desarrollado.

Los elfos estaban en la plaza.

Cientos de ellos el ejército que había estado formado para marchar al bosque del Acantilado, los heraldos que habían memorizado las señales de guerra, los armeros que habían terminado los últimos ajustes en el equipamiento. Todos mirando el árbol con la expresión que tienen los seres cuando el mundo que conocían completamente se convierte de golpe en algo que no conocen.

No había miedo exactamente. Había algo más desconcertante que el miedo: la ausencia de la certeza que los había organizado hasta ese momento. El rey había sido la certeza. La pureza había sido la certeza. La jerarquía que establecía dónde estaba cada ser y por qué era correcta que estuviera ahí había sido la certeza. Y ahora, en el centro de donde había estado el trono del que toda esa certeza emanaba, un árbol llenaba el espacio con flores de colores que eran exactamente lo opuesto de la blancura que lo había organizado todo.

Lloraban en silencio.

No todos pero suficientes para que el sonido del llanto élfico, que no se parece al llanto de los otros seres sino que es más parecido al sonido que hace el viento en las noches frías, se extendiera por la plaza con su propia frecuencia, su propio tipo de presencia.

Aureon yacía entre los restos de su trono.

La raíz sagrada que había sido el primer árbol del mundo, que había crecido durante milenios en esa forma específica que invitaba a ser ocupada la raíz sagrada había cedido también, no rota sino desplazada, movida de su posición por algo que tenía más derecho a ese suelo que la construcción que lo había ocupado.

Sus ojos abiertos miraban el árbol.

La sangre plateada había dejado de fluir no porque la herida hubiera sanado sino por la razón que las heridas dejan de fluir cuando ya no hay suficiente presión detrás del flujo. Su pecho se movía todavía, con el movimiento mínimo de quien respira porque el cuerpo continúa aunque la voluntad ya no esté completamente en él.

Las lágrimas que había llorado frente al árbol se habían secado.

Lo que quedaba en sus mejillas era el rastro de ellas esa marca que el llanto deja cuando termina, que en los rostros que no están acostumbrados al llanto tiene una claridad particular, como la primera escritura sobre una superficie que nunca había sido escrita.

Ningún elfo se acercó a él.

No por crueldad sino porque no sabían qué hacer con lo que veían, que era también la confusión de un pueblo que ha sido organizado durante siglos alrededor de una certeza y que en el momento en que la certeza cae no tiene todavía la nueva certeza que la reemplaza.

El árbol cantó sobre todos ellos.

Y las flores siguieron abriendo en la oscuridad, que era el tipo de cosa que hacen las flores cuando han esperado suficiente tiempo y finalmente tienen el espacio para hacerlo.

Parte II: La voz de la rama olvidada

El Bosque del Acantilado después de dos batallas olía a historia.

No el olor agradable de la historia preservada el olor de la historia que acaba de ocurrir y que todavía está siendo absorbida por el suelo y los árboles y el aire, el olor de lo que ha sido vivido demasiado recientemente para ser todavía recuerdo. Madera quemada en los sectores donde el fuego de Calisto había encontrado su objetivo antes de ser sofocado. Barro removido por el paso de criaturas en movimiento urgente. Y debajo de todo eso, el olor específico de la lluvia que había caído y que seguía en las superficies, devolviéndose lentamente al aire en forma de vapor en las horas en que la temperatura bajaba.




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