Sueños de un Satiro

El canto antes del veneno

Parte I: La cueva y lo que guarda

La cueva existía en el tipo de silencio que los lugares producen cuando han sido elegidos específicamente por su silencio no el silencio accidental del lugar remoto sino el silencio cultivado del lugar que alguien o algo ha decidido que debe ser de esta manera, que ha trabajado para que lo que ocurre afuera no llegue adentro con la misma intensidad con que ocurre.

La humedad en las paredes era de las paredes que han estado en contacto con la tierra durante suficiente tiempo como para que la distinción entre la pared y la tierra sea casi ceremonial el agua que la tierra guardaba encontraba los poros de la piedra y los recorría con la paciencia que tiene el agua para los caminos que el tiempo ha trazado, sin apresurarse, sin el propósito más allá de seguir moviéndose en la dirección que la gravedad y la porosidad sugerían.

Los niños dormían.

Muchos, distintos entre sí con la diversidad que produce el mundo mágico cuando no está siendo organizado por quien cree que la diversidad es un problema que resolver las orejas puntiagudas de los que eran en parte élfico, en parte algo más, en la combinación que produce el amor cuando no le pregunta al mundo si aprueba la combinación antes de existir. Las escamas de los que tenían en algún lugar de su linaje algo del agua o del fuego o de las criaturas que vivían en esos elementos. La piel cubierta de musgo de los que habían nacido del tipo de unión que produce seres que pertenecen al bosque de una manera más literal que la mayoría.

Todos dormían con esa profundidad de sueño que producen los hechizos de Galatea cuando la persona que los duerme tiene en el mundo alguien que quiere que duerman profundamente la profundidad del sueño que no tiene superficies, que no tiene los bordes donde los sueños difíciles encuentran su acceso.

Amosis en el techo.

La araña albina con su blancura que no era la ausencia de color sino la presencia de todos colgada de sus propios hilos con esa quietud que tienen los seres que pueden estar completamente inmóviles durante el tiempo que el tiempo necesite que lo estén, que no tienen la inquietud de los seres que necesitan el movimiento para confirmar que existen. Sus ojos rojos no cerraban porque las arañas de su tipo no cerraban los ojos, que era también la razón por la que era perfecta para esta función: la guardiana que no dormía porque no necesitaba dormir.

Escuchaba.

No con los oídos solamente con la red de hilos que extendía por la cueva, que era también una extensión sensorial que captaba la vibración de todo lo que ocurría en el espacio que la red alcanzaba. El sonido de cada pequeño cuerpo respirando. El cambio de postura cuando alguno de los niños se movía en su sueño. La temperatura del aire en las diferentes capas de la cueva.

Y Andreus.

Dormía entre los niños con la naturalidad de quien ha sido colocado en un lugar con cuidado y que el cuerpo, al recibir ese cuidado, responde con la relajación que produce sentirse sostenido. La piedra lunar en su pecho pulsaba con esa luminosidad fría que era también el recordatorio de que el cielo existía sobre la cueva aunque desde adentro no pudiera verse.

Soñaba.

Parte II: Lo que el sueño contiene

En el sueño, Demetrius.

No la versión de Demetrius del combate ni la versión del abrazo de despedida ni la versión de la preocupación que Andreus había visto en sus ojos en el claro con luciérnagas. La versión de las mañanas en el bosque esa que Andreus había visto solo en los días entre las batallas, cuando la urgencia cedía lo suficiente como para que los seres que la habitaban pudieran ser también sus versiones más ordinarias.

La sonrisa que empezaba en los ojos.

La forma en que decía su nombre.

Con esa atención que Demetrius ponía en los nombres que Andreus había notado desde las primeras veces que lo escuchó decir el suyo, la manera en que cada sílaba era elegida en lugar de simplemente pronunciada, como si el nombre fuera una partitura que merecía ser leída con cuidado y no apenas pasada por encima.

Andreus.

En el sueño, ese nombre en esa voz.

Pronto, amor. Estaré contigo.

Las palabras que en el sueño tenían la temperatura de las promesas que se hacen cuando el cuerpo sabe que no puede garantizarlas pero las hace de todas formas porque el amor no funciona con la lógica de las garantías sino con la lógica de las intenciones y la intención era real, era completamente real, era lo más real que había en el sueño y probablemente lo más real que había fuera de él también.

El sonido llegó antes de que el sueño terminara.

No un sonido único la superposición de varios sonidos que el sueño intentó incorporar en su narrativa y que no pudo porque eran del tipo de sonidos que el cuerpo reconoce como amenaza antes de que la mente decida si son amenaza o no. El sonido de los pasos sobre piedra ese sonido específico de las botas con suela de metal sobre superficie dura, que tiene un ritmo diferente al de las patas de las criaturas del bosque y que el cuerpo de Andreus había aprendido a distinguir en las semanas que llevaba en ese mundo.

El sonido de las voces humanas.

No las voces del bosque. Las voces del tipo de humanos que van a lugares con antorchas y espadas sin preocuparse de si hacen ruido porque no les importa ser escuchados — que es también una declaración sobre lo que creen que van a encontrar y sobre lo que piensan de lo que van a encontrar.

Andreus se despertó.

La cueva. El techo con los hilos de Amosis. Los niños dormidos a su alrededor, todavía bajo el hechizo de Galatea que no cedía ante el sonido de pasos en la entrada. La piedra lunar en su pecho, fría y sólida con la solidez de algo que ha estado guardando su temperatura durante horas y que la mantiene independientemente de lo que ocurra alrededor.

Recordó.

El bosque del Acantilado. Demetrius. El abrazo antes de que Galatea lo durmiera con el chasquido de sus dedos. La cueva sagrada con su cascada invisible y sus líquenes brillantes. Amosis en el techo.




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