Sueños de un Satiro

La torre de los condenados

Parte I: El regreso

Los escalones de la espiral de piedra contaban los años de Calisto en cada peldaño no literalmente, no con marcas visibles, sino con ese peso específico que los lugares adquieren cuando han sido recorridos con suficiente frecuencia y suficiente urgencia como para que el lugar mismo recuerde la urgencia aunque la urgencia haya cambiado de contenido con el tiempo.

Subía sin mirar a los lados.

El laboratorio de la torre séptima estaba ahí arriba con la certeza de las cosas que han esperado y que en el momento en que se acerca quien las ha construido vibran con una anticipación que no es propia sino reflejo de la de quien se acerca. Calisto lo sentía desde los últimos peldaños esa vibración del trabajo que está a punto de ser completado, que es diferente a la vibración del trabajo en proceso porque tiene en ella el peso del final y no solo el peso de la continuación.

La sangre en su túnica era de varios orígenes.

No toda obtenida con violencia algunas criaturas del campo de batalla la habían cedido sin saberlo, en el contacto que el combate produce entre cuerpos que no están donde deberían estar. Otras sí. La distinción entre las dos fuentes era irrelevante para los propósitos de Calisto, que era también una declaración sobre su manera de relacionarse con el mundo: la utilidad del resultado primero, la historia de cómo se llegó a él, después.

Sangre de fauno.

Sangre de sátiro esa que llevaba semanas intentando obtener, que el laboratorio había producido en cantidad insuficiente y que el campo de batalla había ofrecido de una manera que ningún frasco de destilación habría podido planificar.

Sangre de semidios, que era la categoría en que su sistema de clasificación ubicaba a los seres como Tess esa sangre que tenía en su composición algo que los análisis de Calisto detectaban como diferente a la sangre de los seres ordinarios, más antigua, con capas que no correspondían a ninguna especie conocida en este mundo sino a la combinación de lo que habían sido los padres de lo que habían sido los padres de los que habían sido los padres, la magia acumulada de generaciones que no sabían que acumulaban.

Su mente en ebullición.

No la ebullición del caos la ebullición del que ha llegado al final de un proceso largo y complejo y que en ese final ve con claridad lo que durante el proceso solo veía en fragmentos, que es la claridad específica de los momentos justo antes de la conclusión cuando todo lo que se ha hecho tiene de repente sentido como conjunto aunque no siempre lo hubiera tenido como pasos individuales.

La puerta del laboratorio crujió.

Ese crujido que era también un saludo de algo que reconocía a quien entraba no con magia deliberada sino con el tipo de memoria que los objetos desarrollan después de suficiente contacto repetido con los mismos seres.

El laboratorio lo recibió con sus olores habituales.

Ozono de la magia activa que no había dejado de estar activa desde que Calisto lo había abandonado esa mañana para ir al campo. Alquimia con su complejidad de componentes que se combinaban en proporciones que producían algo que no era exactamente olor a mezcla sino olor a posibilidad — el olor de lo que podría ser si los ingredientes correctos se encontraran en el orden correcto en el momento correcto.

Los frascos luminosos en sus estantes.

Los libros flotando a la altura donde Calisto los había dejado cuando fue al campo suspendidos en el espacio donde los había posicionado con la magia de suspensión que los mantenía abiertos en las páginas correctas para la consulta rápida, libros que tenían en sus páginas el vocabulario de lo que Calisto había estado construyendo durante años.

El círculo en el centro.

Tallado en piedra negra que no era la piedra negra de este mundo sino la piedra que había traído de donde venía, fragmentada con el viaje pero suficientemente intacta en sus propiedades específicas

Vibraba.

—¡Lo tengo todo! —dijo Calisto.

El grito tenía en él todo lo que había estado contenido durante los años de este mundo la frustración de quien ha sido traído a un lugar donde no quería estar y que ha construido metódicamente, pacientemente, el camino de regreso, y que en este momento ve ese camino completado.

Extendió los brazos.

El gesto que tenía para los momentos de declaración que era también el gesto de quien abre su cuerpo a lo que viene, que dice estoy listo, estoy completamente aquí para esto.

—¡Sangre de estas criaturas! ¡Sangre de dioses! Con esto yo puedo.

El frío llegó.

No gradualmente. De golpe, como llega el frío en ciertos momentos específicos que no tienen origen meteorológico, que viene de algo que está en el espacio y que tiene en su naturaleza la capacidad de modificar la temperatura del espacio que ocupa.

Su aliento se condensó.

La nube pequeña que el aire cálido exhalado forma cuando encuentra un ambiente lo suficientemente frío visible, objetiva, la confirmación física de que el cambio de temperatura era real y no producto de su percepción.

Calisto giró.

Parte II: La que esperaba

Galatea estaba sentada sobre la mesa de pergaminos.

No de pie, no en posición de amenaza, no con ninguno de los gestos que anuncian la confrontación antes de que la confrontación comience. Sentada con la postura de alguien que ha estado ahí suficiente tiempo como para haber encontrado una posición cómoda que había llegado antes que él, que había estado esperando, que había tenido tiempo de decidir exactamente dónde quería estar cuando él llegara.

Su mirada.

Dura con la dureza de algo que ha sido suave y ha decidido dejar de serlo, que ha tenido en algún momento la vulnerabilidad que produce el mundo cuando todavía es nuevo y que con el tiempo ha desarrollado la armadura que produce el mundo cuando ya no es nuevo. Penetrante con la penetración de quien ve lo que hay debajo de las superficies de manera tan natural que ya no distingue entre ver la superficie y ver lo que hay debajo.




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