Parte I: La habitación después de la tormenta
Las paredes del palacio de Piedra Azul temblaban con los sonidos que llegaban desde afuera los gritos del pueblo que no eran el grito único y coordinado de los ejércitos sino algo más fragmentado, más irregular, el sonido de muchas voces individuales que han llegado al mismo punto desde direcciones diferentes y que en ese punto se han encontrado sin haberse organizado previamente para encontrarse.
Dentro de la habitación real, Selene.
El vestido de terciopelo oscuro rasgado en el borde inferior ese desgarro que no había sido intencional sino la consecuencia del camino desde la carpa hasta aquí, de los pasos apresurados por los pasadizos del palacio y el momento en que el tejido encontró algo que lo detuvo mientras ella seguía. La corona en el suelo, que era también la imagen que resumía todo lo que había ocurrido en las últimas horas mejor que cualquier descripción que pudiera darse.
Los fragmentos del espejo roto en la alfombra carmesí.
Habían caído en un patrón que no tenía intención pero que la luz de las velas convertía en algo que parecía tenerla cada fragmento reflejando una porción diferente de la habitación, la habitación multiplicada en fragmentos que no completaban ninguna imagen sino que mostraban partes de imágenes que juntas no sumaban el todo pero que separadas eran cada una más honesta que el espejo completo hubiera sido.
Selene destruía.
No con el método de la destrucción calculada con la energía del ser que ha llegado al punto en que el único idioma disponible es el de los objetos que ceden cuando se les aplica fuerza, que es también el idioma que aprenden los seres que han estado controlados durante demasiado tiempo y que en el momento en que el control cede lo hacen con todo lo que han estado conteniendo.
La cama. Las cortinas con sus bordados que habían sido elegidos por quien eligió los bordados en el palacio antes de que Selene llegara a él. Los muebles tallados con la paciencia de los artesanos del sur que nunca habían conocido a quien los usaría y que los habían hecho con la intención de durar.
—¡Mentiras! ¡Todo ha sido una mentira!
La voz rota con el tipo de rotura que produce la combinación de la rabia y el llanto sostenidos esa textura específica de la voz cuando ha estado haciendo ambas cosas al mismo tiempo durante suficiente tiempo.
La puerta se abrió.
El general Tharion tenía esa manera de entrar en las habitaciones de Selene que había desarrollado durante los años que llevaba siendo el hombre de su confianza no el empuje de quien tiene el derecho de entrar sin anunciarse sino la apertura precisa de quien sabe exactamente cuánto puede abrir una puerta sin que eso sea una transgresión pero que también sabe que las circunstancias a veces requieren que la puerta se abra.
Era alto con la altura específica de los soldados que han pasado suficiente tiempo en el entrenamiento como para que el entrenamiento haya modificado el cuerpo no solo más fuerte sino más vertical, con esa postura que produce el hábito de décadas de estar de pie de la manera correcta.
Se detuvo en la entrada.
No porque Selene lo asustara sino porque había aprendido en todos los años de servirla la diferencia entre los momentos en que acercarse era lo correcto y los momentos en que quedarse en el umbral era lo correcto, y su lectura de este momento era del segundo tipo.
—Mi reina. —Firme con la firmeza de quien entrega información que sabe que no será bienvenida y que la entrega de todas formas porque es su función entregarlo. El pueblo está alborotado. Preguntan por el rey. Quieren una respuesta.
Selene dejó caer el candelabro.
El sonido del metal contra la piedra del suelo seco, definitivo, del tipo de sonido que marca un punto final en lo que estaba ocurriendo antes de él.
Se giró.
Los ojos rojos del llanto, el maquillaje corrido con ese patrón que el llanto produce cuando no ha sido contenido el rastro de lo que había ocurrido en la cara, visible, incontrovertible. Pero debajo de todo eso, o quizás mejor dicho junto a todo eso porque no estaba debajo sino al mismo nivel, algo diferente.
La determinación helada.
No la determinación caliente de la rabia que la había llevado a destruir la habitación esa determinación caliente se agota con el uso, consume el combustible de la emoción y deja cuando termina algo más frío y más duradero. Esta determinación era lo que quedaba cuando la rabia había completado su proceso. Más quieta. Más peligrosa.
—¿El rey? —La sonrisa torcida que produjo la pregunta de Tharion en su cara era la sonrisa de quien ha llegado a una decisión que simplifica todas las demás decisiones pendientes. Les daremos un rey.
Parte II: El rey que ya no servía
El ala oeste del palacio.
Los corredores dorados que comunicaban las zonas ceremoniales con las zonas privadas el oro de las paredes elegido por el mismo rey que había ordenado construir el palacio con piedras azules, en esa combinación que era también una declaración sobre el tipo de rey que quería ser: el azul del origen, el oro de la riqueza que ese origen había producido. Los dos colores que en esta hora específica Selene recorría con el paso de alguien que ha decidido adónde va y que el paso mismo confirma la decisión a cada momento.
La habitación del rey Aldebaran.
Los meses que él había pasado en ese estado habían transformado la habitación de la manera que transforman los lugares donde los cuerpos se mantienen en los límites del funcionamiento durante tiempo suficiente el olor que ninguna cantidad de hierbas aromáticas podía eliminar completamente, el orden impuesto de las cosas en su lugar de la manera en que los cuidadores las colocan para facilitar el acceso rápido, la quietud específica de los espacios que han llegado a ser organizados alrededor de la necesidad de alguien que no puede organizarse a sí mismo.
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Editado: 08.09.2026