Sueños de un Satiro

El hilo de la vida

Parte I: La cueva al borde del bosque

La noche era del tipo que no permite olvidar que es noche.

No la oscuridad agradable de las noches sin luna que el bosque del Acantilado a veces producía esa oscuridad que era también intimidad, que hacía que los sonidos fueran más claros y las distancias más manejables. Esta noche tenía en ella el humo que había quedado del día, flotando en capas bajas sobre el valle con esa densidad del humo que no se disipa porque el aire no tiene suficiente movimiento para llevarlo a ningún lado, que espera hasta que algo cambie.

Penélope iba delante.

La linterna de aceite encantado que llevaba producía una luz que era del tipo de luz diseñada para propósitos específicos no para iluminar grandes espacios sino para crear un camino, un radio de visibilidad útil en torno a quien la llevaba que avanzaba con ella. Penélope sostenía la linterna con la mano que no era la de la lanza, con la economía de movimiento de quien ha aprendido a distribuir la atención entre los recursos disponibles sin que ninguno de ellos reciba menos de lo que necesita.

Sus pasos eran los de siempre casi inaudibles, con esa precisión que tenía para el movimiento en el bosque nocturno que había cultivado durante tantos años que ya no requería atención consciente.

Demetrius detrás de ella.

No con el paso de los días de combate ni con el paso de las mañanas en que patrullaba el bosque con el paso de alguien que sigue a quien va delante porque seguir es lo único que importa en este momento, que no tiene atención disponible para el terreno o para los sonidos del bosque o para ninguna de las cosas que habitualmente ocupaban su atención cuando recorría este tipo de sendero. Toda la atención en el destino que Penélope lo llevaba a encontrar.

Owen cerraba la formación.

En silencio con el silencio de Owen en los momentos que lo requerían que era diferente al silencio de Penélope porque el silencio de Penélope era siempre quieto por dentro también mientras que el silencio de Owen contenía todo lo que no estaba diciendo, el ceño apretado con la tensión que no había podido soltar desde que recibieron la noticia, que seguía ahí en la tensión de sus hombros y en la manera en que sus patas pisaban el suelo con más peso del habitual.

La cueva.

Se abría entre las raíces de dos robles que habían crecido lo suficientemente cerca como para que sus sistemas de raíces se hubieran entrelazado bajo tierra durante décadas, creando esa configuración de la entrada que parecía diseñada aunque no lo era — solo el resultado del tiempo y del crecimiento sin plan. Las piedras cubiertas de musgo a los lados tenían esa humedad que producen las superficies que nunca reciben sol directo y que han llegado a un acuerdo con la humedad: tomarla, guardarla, cederla al aire gradualmente.

—Aquí es —susurró Penélope.

Parte II: Lo que la araña guardó

Demetrius entró primero.

El aire de la cueva lo recibió con el cambio de temperatura que producen los espacios subterráneos más frío, más estable, con esa densidad específica del aire que no ha sido renovado por el viento y que por tanto carga consigo todo lo que ha estado conteniendo. Húmedo con la humedad de la piedra que transpira hacia adentro.

Los hongos en la roca.

La luz azulada que producían del mismo tipo que los líquenes de la cueva sagrada pero en una escala diferente, más localizada, más mínima, apenas suficiente para revelar los contornos de lo que la cueva contenía sin revelar los detalles. El tipo de luz que el ojo tarda en aprender a usar y que cuando aprende ofrece una visibilidad diferente a la de la linterna, más suave, más del lugar.

Lo vio.

Antes de que el ojo terminara de ajustarse. Antes de que los detalles fueran claros. Porque lo que el ojo veía cuando encontraba a Andreus no era un conjunto de detalles que se sumaban en una imagen sino algo que llegaba completo e inmediato, que no necesitaba tiempo de procesamiento porque era reconocido de una manera que era anterior al procesamiento.

El capullo de telaraña brillante.

Suspendido a unos centímetros del suelo con los hilos que Amosis había construido para sostenerlo esa seda que era diferente de la seda del combate, más fina, más luminosa, con esa propiedad específica que tenía la seda de Amosis cuando era usada para sostener en lugar de para contener. El cuerpo de Andreus dentro de ella flotaba con una quietud que era la quietud de los seres que han cedido completamente al estado en que se encuentran porque ya no tienen recursos para resistir ese estado.

Su rostro.

Los arañazos del combate en el claro de la cueva líneas finas que el tiempo y la seda de Amosis habían detenido en su proceso de sanar, conservadas en el estado en que el capullo las había encontrado. La ropa con los desgarros que la hoja curva del mercenario había producido en su paso y que el costado de Andreus llevaba con la evidencia de que el tejido había sido lo primero en ceder antes de que cediera lo que había debajo.

La sangre seca.

Y la herida en el costado.

Que la seda de Amosis había cubierto con sus capas precisas pero que seguía siendo lo que era debajo de esas capas la herida que la hoja encantada para matar seres del bosque había producido en el cuerpo humano de Andreus con efectos que la hoja no había calculado porque la hoja había sido diseñada para seres diferentes y el veneno que llevaba reaccionaba de manera diferente en los cuerpos para los que no había sido diseñado.

—¡Andreus!

El nombre de Demetrius en la cueva con toda la urgencia que el nombre contenía no el nombre dicho con la atención con que siempre lo decía, con el cuidado de quien elige cada nota. El nombre del miedo, del amor que ha encontrado su objeto en un estado que no esperaba encontrarlo.

Corrió hacia él.

Las hebras de seda que rodeaban el capullo cedieron ante su movimiento con la resistencia mínima de algo que ha sido construido para sostener y no para impedir, que reconocía la diferencia entre el peso del cuerpo sostenido y la presencia de quien venía a recoger ese cuerpo.




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