El murmullo de las flores.
Me descubrí a mí misma escondiéndome en la claridad de un sutil rayo de sol que danzante descendía desde el cielo hasta la fina hierba del jardín, quería quedarme placida en la extensión de ese gentil rincón del edén, porque el aura que me brindaba era exquisita y estaba ahí, a la mitad del camino, con ganas de volver a empezar, apaciguando mis deseos de huir del tiempo, porque a mis 30 ya había vivido demasiado.
—¿Y qué es demasiado? —escuché de pronto.
Mis manos se estremecieron entre la fina taza de porcelana que sostenia mientras el viento de la tarde zarandeaba juguetonamente a los geranios y comprendí que en aquel jardín no estaba sola, que el verdor magistral de las hojas y la jovial terciad de los pétalos con sus esbeltas ramas me llamaban.
—¿Qué es demasiado? —insistieron con curiosidad.
—Un matrimonio fracasado, cientos de sueños abandonados, el arrastre de mis miedos más feroces, el zumbido que dejaron mis errores, todo eso ha sido demasiado. Transito el nosocomio de la vida, vago en los pasillos olvidados de los años y cada habitación a la que llego es una de las escenas del ayer, una de las tantas que hacen eco en mi cabeza, que me repiten el dolor, que me abre las heridas. Veo a la niña que se quedó esperando, esa a la que se le pudrieron las flores entre sus manos porque nadie las aceptó. Veo a la joven dama que bajo el manto de la noche sostiene a su primogénito y llora desconsolada tras varias lunas sin dormir, llora porque está cansada, porque se cree insuficiente para para proteger a su pequeño retoño, llora porque se siente sola. Veo a la hija que observa el manto espectral que cubre el cadáver de su padre, escucho su corazón estrujarse lentamente al darse cuenta que llegó tarde a su último encuentro y aquella charla que estúpidamente postergaron jamás podrá ser… Ha sido demasiado, todo eso ha sido demasiado.
La cruda piedra de cantera lucia indiferente ante mi amarga queja, sentía su frío juicio y su desdén, pero de algún modo las rosas del jardín me inspiraban un sentimiento distinto, una grata sensación de desahogo y continué.
Me encuentro extenuada, ¿cómo fue que me convertí en el bufón de la vida? No soy otra cosa que un absurdo títere cuyas cuerdas van tirando la amargura y la desdicha ¿Hasta cuándo habré de hallar descanso? ¿En qué momento cesará mi aflicción? Me confieso envidiosa de su virtud, oh flores benditas, pues habré de esperar hasta que mis días terminen de menguar para hallar reposo en la tierra, para unirme a ustedes y que el sepulcro termine de cubrir todos y cada uno de mis errores.
Pareciese que solo esperaban mi silencio, porque apenas cerré mis labios las flores comenzaron a susurrar.
—¿Qué es la amargura y la aflicción? ¿No es acaso el jovial regalo de la vida que exalta la magnificencia de los momentos de júbilo y todo lo benévolo? ¿No carecerían de gracia y virtud dichos momentos si la aflicción y amargura no los adornasen? La gentil caricia del rayo de sol es exquisita para la gardenia, el tierno roce de la brisa de abril encanta a la amapola, pero la temida tormenta y el crepitar de los cielos, los vientos de huracán y sus espesas gotas de lluvia, nutren el capullo de la rosa y a cada una de las flores del jardín.
—No es demasiado, sino suficiente —añadió el viejo árbol de buganvilia. Nunca se tiene demasiado de la virtud o de la maldición, más bien la dosis justa que traza el fiel equilibrio entre una y otra, un perfecto balance que va en mano de la gracia.
El susurro de las flores, ese discurso que me azotó de verdades, abriendo mis ojos con sagaces palabras, que si bien, me eran crudas y toscas, mi corazón las recibió como una caricia al alma, su franqueza reprendía mi total falta de gratitud a la vida, me encontraba ahora rememorando cada escena del ayer, cada instante, mientras el artilugio del tiempo me mostraba que, al igual que un parto mis momentos de amargura y dolor me prepararon para recibir la calidez de la dicha, pues si una vez me azotó la tempestad, también brillo el sol con todo su candor, que he podido sentir la brisa besando mi rostro y ver el nuevo amanecer, que mi vida ha sido dotada de tanto que me sería imposible siquiera nombrar la carencia.
El murmullo de las flores retumbó en todo mi ser ¡tan fuerte, intenso y brutal! Ahora veo la desdicha de un modo distinto ya no juzgo su ligera oscuridad, porque al igual que la noche, en ella se puede descansar.