Notas del Autor:
Sean bienvenidos a esta nueva historia, un spin-off (por llamarlo de alguna forma) de mi otro fanfic “Volando al Viento”. Aunque aquella otra historia se centraba principalmente en los personajes de Ayaka y Kazuha, la verdad es que Itto y Sara también han tenido un papel importante, y me quedé con ganas de explorar más a fondo a ambos. De ese deseo nace este otro proyecto derivado: una historia paralela (y un poco posterior) a “Volando al Viento”, enfocada al 100 % en Itto y Sara, tanto en su desarrollo individual como en su relación. Verán algunos sucesos ya mostrados en el otro fanfic, pero desde su perspectiva, además de nuevas escenas centradas en ellos dos.
Con lo anterior podría surgir una pregunta válida: ¿Necesitas leer “Volando al Viento” antes de leer esta historia? No es necesario en lo absoluto, pues esta historia funciona por sí sola. En ella explicaré todo lo necesario que hay que saber sobre los protagonistas. Solo de seguro, si no han leído la otra historia, notarán algunas subtramas ocurriendo de fondo (principalmente de Ayaka y Kazuha), pero no afectan la comprensión de la trama principal de esta.
Y otra duda que pudiera surgir es: Si ya leí “Volando al Viento”, ¿vale la pena leer esta historia? Pues, depende. La verdad, esta historia será más enfocada para aquellos que son fans de Itto, Sara y su dinámica. No añade información “crucial” a la trama principal del otro fanfic, así que si no es de su interés lo antes mencionado, pueden pasar de ella sin preocuparse.
Intentaré mantenerlo todo claro para nuevos y viejos lectores, pero si algo les confunde, pueden preguntar sin problema.
Por último, cabe mencionar que, al igual que en mi otro fanfic, este también funciona como una reinterpretación del arco de Inazuma del juego: una especie de precuela con cambios en sucesos, trasfondos y algunas motivaciones. Mantiene la esencia del canon, pero con libertades creativas que la acercan a un Universo Alterno o Canon Divergente.
Y con eso dicho… ¡comencemos!
Capítulo 01.
Un tengu y un oni jugaban en el bosque…
Extrañamente, todo comenzó y terminó con una caída, aunque en circunstancias muy distintas.
Para el momento en el que sus caminos se cruzaron por primera vez, la pequeña niña tengu ya había estado vagando sin rumbo por las montañas por al menos tres días. Sola, hambrienta y con frío, usaba todas las fuerzas que quedaban en su pequeño cuerpo para buscar comida y refugio que aliviaran las últimas dos, y de momento sin darle mucha importancia a la primera, aunque en el fondo era la que más le dolía.
Avanzaba con paso cauteloso, casi tembloroso, por el terreno irregular del bosque, abrazándose a sí misma para entrar en calor, y de vez en cuando ajustando la máscara roja que cubría gran parte de su rostro, a excepción del área de su boca y mentón. El clima se había ido enfriando cada vez más conforme los días pasaban, y la niña tengu temía que en cualquier momento se fuera a desatar la primera nevada del invierno. Y si eso ocurría…
Prefería mejor no pensar en eso. Debía enfocarse en su necesidad inmediata, justo como su padre le había enseñado. Y dicha necesidad era la comida.
Tras varias horas sin un avance significativo en su búsqueda, y estando ya cerca el ocaso, sus oídos percibieron los pesados pasos de un animal. Rápidamente se ocultó tras un árbol, se agachó y echó un vistazo. La enorme y oscura figura de un jabalí no tardó en aparecer en su rango de visión.
La niña tengu tragó saliva, nerviosa, y acercó su mano derecha hacia su cintura, tomando de esta la daga negra de obsidiana, y apretando fuerte sus dedos contra su mango. Respiró lentamente, intentando calmar los insistentes latidos de su corazón. Sintió como un poco de sudor frío le recorría la espalda, ante la expectativa de lo que tenía que hacer.
No había rencor ni malos sentimientos hacia el jabalí, pero su situación resultaba desesperada. Era él o ella.
Se aproximó con sigilo hacia donde el jabalí se había detenido a oler el pasto, su cuerpo siempre cerca del suelo y su arma bien sujeta a su mano. Se colocó justo detrás de él, tomó aire una última vez y se lanzó hacia el animal con un intenso grito. El animal reaccionó, se agitó e hizo el intento de huir, pero la niña tengu logró alcanzarlo, aferrándose con fuerza contra su lomo. El jabalí chilló y se sacudió con violencia para quitársela de encima, pero la niña se aferró fuerte con su mano libre y sus piernas. Alzó como pudo el cuchillo de obsidiana y lo jaló con rapidez contra el lomo del animal. Sin embargo, se detuvo abruptamente antes de que la peligrosa punta tocara la carne.
Vaciló un instante ante la idea de en verdad tener que hacerle daño, y ese instante fue lo único que necesitó para fallar estripitosamente. El jabalí se sacudió con más fuerza, y la niña tengu inevitablemente se soltó de su agarre. Su pequeño cuerpo cayó de espaldas al suelo, golpeándose con fuerza. Y cuando intentó ponerse de pie, recibió de frente la patada de las patas traseras del jabalí, que mandó su delgado cuerpo por los aires, hasta estrellarse contra un árbol.
La niña tengu gimió ante cada golpe, y luego se quedó quieta cuando se desplomó en el suelo. Se quedó ahí un rato, mientras el jabalí se alejaba trotando entre los árboles. Su cuerpo le dolía intensamente, y lo hizo aún más en cuanto hizo el primer intento de levantarse. Cuando su mente se aclaró lo suficiente, fue consciente de algo que la puso tensa al instante: no estaba viendo a través de los agujeros de su máscara, pues esta había salido volando tras la patada del jabalí. Su rostro, de piel blanca, aunque con manchas de barro en esos momentos, y de profundos ojos dorados, se encontraba expuesto al aire frío.