Capítulo 02.
Un día la tengu recibió una mala noticia…
Ya había pasado poco más de un mes desde su primer encuentro, y la niña tengu aguardaba como otras veces en el mismo claro, al pie del mismo árbol. Ya para ese entonces aquello estaba tan arraigado en su rutina como el despertar. Siempre aguardaba al menos un par de horas, justo hasta antes del mediodía, cuando el sol se colocaba totalmente sobre su cabeza y alumbraba directamente el claro. Si Itto no llegaba para ese entonces, daba por hecho que ese día no iría y optaría por irse y buscar algo que comer por su cuenta.
Aunque claro, la realidad era que para ese entonces ya no necesitaba tanto de la comida que el niño oni le llevaba. Era cómodo poder comer al menos una vez al día sin tener que preocuparse por cazar y recolectar, claro. Pero no era el motivo principal por el que siempre lo esperaba ahí a la sombra de aquel árbol, pese a que hacerlo rompía la instrucción de su padre de siempre aprovechar lo más posible el día y la luz del sol. No obstante, no era del todo consciente de dicho motivo, el de verdad; aunque lo fue un poco más ese mismo día.
Cuando el sol se colocó ya en su punto más alto, y el claro entero quedó iluminado por sus rayos, la niña tengu concluyó que su amigo no iría ese día. Se sintió un poco decepcionada, pero no demasiado. Se habían visto el día anterior, y el anterior a ese, después de todo. De seguro estaría ahí mañana.
Se dispuso en ese instante a retirarse y aprovechar lo mejor posible el resto de ese día, cuando escuchó de pronto los gritos histéricos que vociferaban:
—¡Espera! ¡Aquí estoy!
La niña tengu se detuvo y se giró en la dirección en la que venían los gritos. La silueta de Itto, coronada con aquellos distintivos cuernos rojos, no tardó en asomarse entre los árboles y arbustos, y correr desenfrenado hacia ella.
Una pequeña sonrisita se dibujó en los labios de la niña, pero intentó disimularla mirando hacia otro lado.
—Creí que no vendrías —musitó por lo bajo con fingida indiferencia, cruzándose de brazos.
—Lo siento —respondió Itto, apoyándose en sus rodillas y respirando con agitación. Al parecer había venido corriendo con bastante apuro—. Me retrasé un poco, pero ya estoy aquí. Ten, te traje esto.
Itto se retiró el morral que le cruzaba el torso, y lo desenvolvió. De su interior sacó… bueno, la niña tengu no tuvo claro al inicio lo que eran. Era un palo alargado, y tenía encajados en él cinco pedazos de lo que podría ser carne, verduras, o algo, pero cubierto con un capa café que se veía arenosa y crocante.
—¿Qué es? —preguntó la niña tengu, dudosa, tomando el palo de un extremo con su mano derecha.
—Brochetas de camarón fritos —indicó Itto con aparente orgullo en su voz—. Pruébala.
¿Esos eran camarones? Ciertamente no lo parecían. Aunque cuando la niña tengu los acercó a su rostro y los olfateó a través de su máscara, sí que percibió un aroma similar a camarón, aunque mitigado un poco por otro aroma a quemado.
Dudosa, abrió grande la boca y mordió uno de aquellos camarones y le arrancó un buen pedazo. Comenzó a masticarlo lentamente, y con mucho cuidado, pues su textura resultó más dura de lo que se esperaba. Y sí, sabía a camarón, aunque de nuevo un sabor similar al carbón o ceniza se hacía incómodamente presente.
—Está… un poco… —masculló despacio, insegura sobre cómo describirlo sin sonar del todo grosera.
—¿Te gusta? —preguntó Itto con emoción—. Yo mismo lo hice.
—¿Tú? —exclamó la niña tengu, sorprendida—. ¿Y tu abuela?
El rostro del niño oni se ensombreció ante la pregunta, y su casi eterna sonrisa se desvaneció casi por completo.
—Ella no pudo esta vez… —masculló en voz baja mirando hacia un lado, pero de inmediato se forzó a mirarla de nuevo, con un entusiasmo que se percibía un tanto fingido—. ¡Pero por eso me encargué de hacerlo yo! ¿Qué te parece?
De nuevo, la niña tengu vaciló antes de dar una respuesta. Era una ventaja que tuviera su máscara puesta, pues le ayudaba a ocultar lo más posible su verdadera reacción. Pero como fuera, comida era comida. Así que no se puso quisquillosa, y de inmediato tomó el pedazo que le faltaba del primer camarón y comenzó a comerlo.
—Está muy bueno, gracias —le respondió, intentando sonar lo más sincera que le era posible.
Si acaso a Itto no le pareció lo suficientemente sincera, no lo demostró, pues volvió sonreír de nuevo con alegría por sus palabras. Sin embargo, no lo hizo por mucho, pues tras solo unos segundos la misma expresión abatida se apoderó de él. Y por más que desviara su mirada hacia otro lado para disimularlo, su amiga de las montañas por supuesto que lo notó.
—¿Estás bien? —preguntó entre mordida y mordida de sus camarones.
—¿Eh? ¿Por qué lo preguntas? —cuestionó Itto, alzando su mirada de nuevo hacia ella.
La niña se encogió de hombros.
—No estás tan efusivo y ruidoso como de costumbre.
—¿Efusivo y ruidoso? —repitió el niño, sonando ligeramente ofendido por el comentario, pero lo dejó pasar—. Estoy bien, tú solo come.
Mentía, eso era más que evidente, pero la niña tengu no creyó que le correspondiera insistirle. Si no quería decirle, no tenía por qué presionarlo.