Sueños Hechos de Acero y Azúcar

Capítulo 03. Y los dos amigos terminaron separándose…

Capítulo 03.
Y los dos amigos terminaron separándose…

La niña tengu despertó cuando una solitaria gota de lluvia fría se filtró entre las ramas de los árboles y tocó la piel de su frente. Sus ojos se abrieron pesadamente, y vio borrosa la escasa luz que se filtraba entre las hojas. Una rama de un árbol en específico, a varios metros sobre ella, se veía rota y sujeta al tronco por apenas un hilo de corteza. De seguro ella la había roto, y se sintió extrañamente culpable por unos instantes.

Intentó moverse, y al hacerlo sintió un dolor punzante proveniente de su ala derecha. Se giró a mirarla y se dio cuenta de que se había doblado de una forma antinatural. Estaba rota, eso era seguro. Se sobrepuso a esa primera impresión y volvió a intentar levantarse, ahora con mayor suerte. Sentía dolor en varias otras partes de su cuerpo, pero en su mayoría eran solo raspones y golpes menores.

¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? No lo sabía con seguridad, pero su cuerpo le decía que no había sido poco.

Los últimos segundos antes de que todo se pusiera negro le resultaban confusos, pero le pareció recordar que había agitado sus alas con absoluta desesperación mientras se precipitaba al suelo, y quizás eso había amortiguado un poco su caída. Aunque el peor golpe claramente se lo había llevado su ala.

No volvería a volar, al menos no por un buen tiempo. Había fallado la prueba, y no tendría cómo volver a intentarla pronto. Y ni siquiera sabía en qué parte del bosque había caído, o cuánto tiempo llevaba ahí tirada, o en dónde se encontraba Itto…

«Itto», pensó con preocupación. «Todopoderosa Shogun, que esté bien…»

Una vez de pie y sobrepuesta a los dolores, intentó avanzar. Sin embargo, al instante notó algo que la alarmó aún más que su situación física. Por su ojo izquierdo, seguía mirando a través del agujero de su máscara; por el derecho, no.

Alzó una mano hacia la parte derecha de su rostro; sus dedos se encontraron directamente con su piel, pues su máscara roja, evidentemente, se había roto. Un pedazo grande de esta se había desprendido, dejando su ojo derecho totalmente expuesto y gran parte de su frente.

—No, no, no…

Buscó frenética a su alrededor el pedazo perdido, pero por más que lo buscó, este no apareció cerca de donde había caído.

Se tiró de rodillas al suelo, agotada y frustrada. Había arruinado su máscara, el objeto más preciado que tenía, que su padre le había elaborado con sus propias manos para protegerla. ¿Cómo iba a reparar eso? Quizá no habría manera.

Su mente prácticamente se puso en blanco en ese momento, y sus siguientes movimientos fueron hechos de forma automática. Se levantó y comenzó a caminar, una mano bien sujeta a su brazo izquierdo, que al parecer se lo había lastimado también, pero nada tan grave como su ala. La fría brisa que lograba filtrarse entre las ramas de la llovizna que caía le acariciaba sutilmente su piel.

Anduvo un largo tramo sin rumbo ni final. Solamente no quería quedarse quieta, ni pensar.

Nada a su alrededor le parecía conocido. Lo más seguro es que su vuelo, y la ráfaga que la había derribado, la llevaron muy lejos de los terrenos que solía frecuentar y ya había aprendido a reconocer bien. Si su mente no estuviera demasiado distraída en otras cosas, quizás el miedo la hubiera comenzado a dominar en ese instante.

De pronto, un sonido antinatural, definitivamente no perteneciente al bosque, captó su atención. Era el retumbar del acero, pasos pesados contra el fango, el sonido ocasional de voces; voces humanas…

La niña se tiró al suelo por mero reflejo y se arrastró hasta ocultarse detrás de unos arbustos. Alzó la cabeza solo un poco para echar un vistazo y reconocer de qué se trataba. Lo que vio al principio fue un grupo de figuras moradas que se movían entre los árboles. Conforme se fueron acercando, sin embargo, las figuras tomaron más claramente la apariencia de personas, todas vistiendo armaduras pesadas de color morado, y la mayoría sujetaba armas alargadas que la tengu reconoció como lanzas de madera con afiladas y puntiagudas puntas de acero.

Eran alrededor de diez, quizás más; y en definitiva todos eran humanos…

La niña tengu tragó saliva, nerviosa. Nunca había visto a tantos humanos en el bosque, en especial con armaduras y armas como esas. ¿Qué hacían ahí? ¿Habría acaso caído cerca del pueblo?

La advertencia de su padre de nunca acercarse a los humanos resonó más que nunca en su cabeza. Intentó retroceder por el suelo para alejarse sin ser vista. Sin embargo, en uno de sus movimientos, su ala rota terminó quedando atrapada entre los arbustos, provocando que, en cuanto intentó jalar, un intenso dolor le recorriera el cuerpo entero.

—¡¡Aaah!! —exclamó en alto sin poder evitarlo. Y, por supuesto, aquello jaló totalmente la atención de los humanos, justo lo estaba intentando evitar.

—¡¿Quién está ahí?! —profirió uno de los soldados en alto, y todos empuñaron sus lanzas con firmeza en dirección a los arbustos.

La niña, por reflejo, llevó sus manos hacia su propia boca para taparla, pero ya era tarde.

Dos soldados avanzaron en su dirección con paso cuidadoso, y luego apartaron con brusquedad los arbustos, dejándola totalmente expuesta.




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