Sueños Hechos de Acero y Azúcar

Capítulo 04. La niña tengu se convirtió en mujer…

Capítulo 04.
La niña tengu se convirtió en mujer…

Fue bautizada con el nombre de “Sara”, y conocida años después como la letal General Kujou Sara de la Comisión Tenryou; un soldado impecable, un guerrero letal y una mujer de una fría pero atrayente belleza. Pocos en Inazuma no habían al menos oído hablar de ella, pero aún menos llegaban a conocerla en verdad o su pasado.

La historia de cómo Kujou Takayuki había encontrado aquel “regalo” de los cielos para él, la Comisión Tenryou y la Todopoderosa Shogun, había sido ligeramente modificada con el pasar de los años, agregándole detalles que hacían el relato más glorioso y atractivo, rodeando aún más la figura de la general de un cierto misticismo que a la población común ciertamente cautivaba y asustaba por igual.

Pero más allá de lo que todos sabían, o creían saber de ella, Sara era sin lugar a dudas una persona… especial, en muchos sentidos. Los años de rígido entrenamiento de día y noche habían formado en ella una disciplina inquebrantable que se reflejaba en cada aspecto de su vida. Desde cómo desempeñaba su papel de general hasta su rutina diaria fuera de su trabajo.

Cada mañana, Sara se levantaba muy temprano, casi a la par del sol mismo. Aprovechaba las primeras horas del día para un entrenamiento ligero para ejercitar su cuerpo, y también su espíritu con meditación. Luego proseguía con un desayuno ligero y práctico, nada muy elaborado ni que tomara mucho tiempo cocinarlo o comerlo, pero que bastara para darle los nutrientes que necesitaría ese día. Posteriormente, debía darse un baño y vestirse, y para ambas cosas se apoyaba de dos sirvientas de la Residencia Kujou que se encargaban de dejarla impecable.

Su uniforme era diferente al del resto de los soldados Tenryou, para dejar bastante más evidente su jerarquía. Esto le daba también ciertas libertades al momento de decidir algunos elementos de su atuendo. Como sus getas, por ejemplo, que le había logrado demostrar a su padre que era bastante más hábil usándolas que con algún otro calzado. Y, quizás lo más importante, una nueva máscara roja de tengu que ella misma había hecho, y que usaba sujeta a un lado de su cabeza cuando salía a la calle, más como un amuleto de la suerte que otra cosa.

Su nuevo padre había puesto bastantes trabas a la idea de que usara la máscara. Al final había accedido solo si no se cubría el rostro con ella, pues decía que el pueblo tenía que verla, reconocerla y respetarla, y no lo haría si se ocultaba tras “una absurda máscara”. Sara tuvo que respetar y acatar el deseo de su padre. Con el pasar de los años, se había acostumbrado a ya no cubrirse el rostro, pero le transmitía cierta seguridad tener la máscara con ella, como un pequeño recuerdo de su primer padre… del que ya no recordaba mucho, en realidad.

De hecho, con el pasar del tiempo, los recuerdos de su vida antes de convertirse en Kujou Sara se habían vuelto algo difusos. Ya no recordaba mucho de su padre, de su vida en las montañas y, lastimosamente, tampoco recordaba mucho de aquel niño de cabellos blancos con el que jugaba… o algo parecido. Ya para ese entonces no tenía su rostro tan presente en su memoria, ni tampoco recordaba su nombre; de hecho, hacía ya bastante tiempo que ni siquiera pensaba en él. ¿Cómo hacerlo si estaba siempre tan ocupada cumpliendo su trabajo?

A veces se decía a sí misma que aquello no había ocurrido en realidad, y de seguro estaba confundida. Dicha explicación no la convencía del todo, pero era más fácil para ella sobrellevar el día a día de esa forma.

Una vez limpia y vestida, siendo aún relativamente temprano, Sara comenzaba con sus labores del día. Su puesto oficial era como encargada de toda la guardia de la ciudad capital. En otras palabras, era la superior directa de los soldados que protegían la Ciudad de Inazuma, a su gente y a la Shogun. Era un trabajo que ameritaba toda su atención y dedicación, pues la menor falla podría ser catastrófica.

Temprano en los Cuarteles Generales, se reunía con sus capitanes, y cada uno le presentaba en persona su informe del día anterior. Sara les transmitía después sus órdenes de la jornada actual, y los desplegaba a sus puestos. Luego de eso, para cualquier otro de su mismo rango, quizás habría sido muy fácil sentarse tras un escritorio y solo leer o llenar informes. Sin embargo, Kujou Sara había sido entrenada para hacer más que eso. Así que ella misma con frecuencia realizaba sus respectivas rondas por la ciudad, paseándose por sus calles, siempre con su impecable uniforme blanco, su máscara roja sujeta a su cabeza y su arco y carcaj a su espalda.

Siempre lista, siempre alerta para cualquier contratiempo inesperado. Y más los últimos meses, tras la proclamación del Decreto de Captura de Visiones de la Shogun. Eso había cambiado notablemente las prioridades de la Comisión Tenryou, como bien lo demostraba la Estatua del Dios Omnipresente que se alzaba orgullosa ante el palacio de la Shogun, con todas las visiones que se habían logrado recuperar hasta ese momento, brillando a la luz del sol. Y que, además, servía como un recordatorio para ellos y todos los ciudadanos de cuáles eran los deseos de su diosa.

Pero lo más habitual, de hecho, era que sus días fueran relativamente tranquilos. La Ciudad de Inazuma era un sitio pacífico y seguro, mucho de ello gracias a la mano de la propia general Kujou. Más allá del ladronzuelo ocasional o algún buscapleitos pasado de copas, casi nadie causaba problemas. Pero la vigilancia constante era justamente indispensable para que eso siguiera así.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.