Sugar Baby Libro 2

CAPÍTULO VEINTITRES

UN DÍA ANTES DEL JUICIO

—¡Mamá! ¡Mamaaa! —ahí viene correteando mi pequeña princesa disfrazada de bailarina de ballet.

—¡Con cuidado! ¡Más despacio que te vas a caer! —le grito, viendo que salta de dos en dos los escalones.

Tiene una agilidad y un gusto por los deportes que por supuesto no lo heredó de mí. Siempre está con la energía al tope, corriendo y trepándose a lo que sea que se encuentra.

Más que princesa a veces se parece a un Tarzán versión femenina.

—¡Mami quiero otro batido de fresa! —dice agitada, y respirando entrecortado.

—¿Otro más? —abro los ojos y ella me copia—. ¡Madi te tomaste cuatro con crema y chispas!

Pone cara de cachorro en pena y se pega las manos al pecho, como suplicándome—. Pero es que están deliciosos —se pone a dar brinquitos en el lugar—. ¡Por favor, por favor, por favoooor! Di que sí, di que sí. Anda mami di que sí.

Ruedo los ojos—. Está bien. Pero es el último —advierto, con una risita divertida de fondo y el gesto de mi hija a puño cerrado, festejando su triunfo—. Y sin crema batida, eh —deja de sonreír y me mira con el ceño fruncido—. Sí, sin crema batida. Después te va a doler la panza.

Resopla, poniendo esa cara horrenda cuando algo le disgusta, pero al final se encoje de hombros.

—Lo tomaré sin crema —sus ojos vuelven a iluminarse—. ¡Pero con donas de chispas arcoiris!

Ámbar, que está sentada frente a mí, rompe en carcajadas.

—Bueeno —con la mirada busco a la camarera y cuando me ve le hago una seña con la mano.

—¿Me vas a buscar cuando lleguen mis donas? —se pone el pelo detrás de las orejas, toma aire y se alista para salir corriendo de nuevo—. Me voy a los toboganes y a las camas elásticas. Mi nueva amiga Lucy me está esperando ahí.

Aprovecho su quietud y le arreglo el cabello en una coleta alta que no le incomode para saltar.

—¿Y a Adam dónde lo dejaste?

Se ríe con picardía.

—Me venía siguiendo pero se cansó de correr y yo no me detuve.

—¡Madison Henderson! —le pongo broches en los mechones rebeldes que le caen sobre la frente y cuando está lista se echa a correr.

Desde acá la veo perfectamente. Pese a que el sector de juegos es grande y está repleto de toboganes, puentes colgantes, escaladores y columnas, tengo una visión perfecta. Es un sitio cerrado y con animadoras pero como mamá ultra sobreprotectora mi ubicación es la ideal para seguir lo que hace y con quién juega.

—¡Uh! ¡Me falta el aire! —es Adam, que llega a nuestra mesa con la cara colorada y medio encorvado—. ¿Y la loquilla esa? —se espanta—. No me digan que ya se fue.

Me contengo de reír y afirmo con la cabeza.

Con ese look propio de un cantante pop, tatuajes por doquier y aspecto de celebridad, Adam está exhausto y acaba de ser derrotado por una niña de siete años.

—Ya está en los toboganes —Ámbar lo mira con una sonrisa embobada.

—¿Porqué no te sientas y tomas un jugo? Te ves un poco... Cansado.

—No, no. No puedo —niega y mira su reloj—. Tengo ensayo con la banda en veinte minutos.

—¿Habrá concierto en Seattle pronto? —curioseo.

Pese a que Adam no alcanzó la fama digna de un mega reconocido artista del pop, su nombre ha empezado a hacer revuelo en las chicas, en las radios y por lo que Ámbar me ha dicho, también en las discotecas.

Personalmente me gusta su música. A veces la ponía en el estéreo de mi auto. Ahora la escucho en el departamento cuando cocino.

Adam Levinsky tiene un gran futuro como estrella de música y, para darle sentido y rumbo a la relación que mantiene con Ámbar, ella debe seguirlo en la mayoría de sus giras.
Nunca ha sido un problema para ambos. Mi amiga se suma a sus viajes gustosa, sin embargo ahora, que su cara representa toda la seriedad del mundo, parece que es lo opuesto a ello.

—No... Tenemos planificado tocar en Seattle —dice mientras escribe algo en su teléfono.

—¿Y a dónde se supone viajarán ahora? —indaga la detective Reggins.

—Texas.

—¿Texas? —se escandaliza—. Llegamos hace unos días de una gira, ¿y ya vas a embarcarte en otra?

Él guarda el celular en el bolsillo de sus jeans, acerca a ella y le besa la mejilla.

—Es mi trabajo, preciosa. ¿Acaso no me vas a acompañar?

—La verdad es que vine a Seattle a tomarme un respiro y a estar con mi amiga —resopla—. ¡No entraba en mis planes de la semana volver a empacar para volar a Texas!

Miro para todos lados sin saber qué decir, cómo intervenir o si en realidad debo mantenerme callada.

—Entonces quédate en el hotel hasta que regrese —le sugiere—. Estaré fuera tres semanas.

—¡¿Tres semanas?! —se exalta—. ¡Claro que no te voy a dejar irte tres semanas de gira sin mí! —suelta una risotada sarcástica—. ¡Imagina todas las mujerzuelas que querrán tirársele encima en tres semanas!

Adam se ríe y yo aprieto mis labios para no hacerlo.

Ámbar es posesiva y como novia, me he dado cuenta que es como un depósito de sustancias altamente tóxicas.

—No entiendo porqué te pones celosa —me mira a mí—. ¡Se pone celosa imaginando cosas que ni siquiera están por pasar!

Alzo una ceja y pongo cara de "no sé qué me estás diciendo".

—¿Todavía no me conoces? —ella levanta las manos—. Soy celosa de lo que pasó, de lo que pasa y no pasa, de lo que pasará y de lo que imagino que puede llegar a pasar.

Las carcajadas resuenan en el sector de mesas al aire libre.

—Será por eso que me vuelves loco —le pellizca una mejilla, me saluda a mí y se apronta para marcharse—. Déjale un beso de mi parte a Madi —me sonríe y se centra en mi amiga—. ¿Vienes al ensayo o te quedas?

—Claramente me pienso quedar en esta preciosa mesa, bajo este maravilloso sol y tomando mi segundo daikiri de fresa. Aún tengo mucho que conversar con Charlotte.

—Me parece bien. Entonces nos vemos luego en el hotel —le hace un guiño, se pone una chamarra de cuero azul y antes de contestar una llamada de su teléfono se encamina a la salida de la cafetería restaurante.




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