Sugar Baby Libro 2

CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS

Taconeo y la presión en mi pecho se hace aún más grande. Miro mi reloj pulsera por décima ocasión en menos de quince minutos: esta mujer tiene más de dos horas de atraso.

Con disimulo, de mi cartera saco un blíster con pequeñas píldoras y pongo dos en mi garganta.

Suerte que Leslie pudo comunicarme con un buen psicólogo en la ciudad para que reanude mis sesiones y solicite una carta médica para más ansiolíticos.
Mañana será mi primer sesión y la segunda será con Nicolas.
Él y yo lo hablamos y coincidimos que es buena idea una "terapia de pareja".

Sacudo la cabeza.

Mis pensamientos me distraen de lo que ahora es importante: las puertas del café.

No puedo creer que esa maldita y cínica mujer me haya dejado plantada aquí.

Decencia sé que no tiene, y a decir verdad ni siquiera sé porqué continúo esperándola si está claro que no va a venir.

Bueno, en realidad sí sé porqué sigo acá, sentada como una idiota.
Mi razón tiene nombre y apellido: Ciro Walker.

«Lo que me trajiste es muy plano. Es una idea que no sale de eso: la idea. Tráeme hechos; hechos palpables y entonces tendremos un caso»

Su frase comienza a repetirse en mi cerebro como una canción favorita que escuchas una y otra vez hasta tu muerte segura.

Cuando le plantee reunirme con Lydia, Ciro no se mostró muy conforme. Recalcó que el propósito era buscar la mierda de Jordan, no plasmar empatía con la madre de mi enemigo.

Desde ahí he estado sintiéndome mal y muy frustrada.
Me despierto a medianoche pensando en esta loca de mierda y me duele la cabeza más a menudo.

No quiero defraudar al equipo y mucho menos a Peter, que aguarda por la información para comenzar a armar una buena defensa; pero tampoco quiero pecar de ilusa creyendo que con Lydia tengo algo ganado.
Nos odiamos profundamente y ella sería capaz de lo que sea con tal de joderme.

Es más, ni siquiera sé porqué demonios la contacté.
Está claro que no va a presentarse.
Tanto arreglo y ropa costosa. Tanta extravagancia en el mejor café de Seattle y resulta que ni va a venir.
Seguro hasta me mintió cuando por teléfono me dijo que tomaría un vuelo privado cuanto antes.

Privado... ¡Ja!, ricachona pretenciosa.

Sus aires de reina no le permiten involucrarse con simples mortales dentro de un vuelo comercial.

Suspiro y revuelvo mi latte macchiato hasta que el corazón plasmado en la espuma se desdibuja. Lo endulzo con un terrón de azúcar moreno y empiezo a beberlo.

—¿Señorita? —levanto la vista a la camarera que me está hablando—. Su acompañante acaba de llegar.

Trato de no atorarme con el café y me aclaro despacio la garganta.

—Estupendo.

Miro hacia la entrada.
Efectivamente y contra todos mis pronósticos, Lydia acudió a nuestra cita. La recepcionista del café toma sus datos y ella misma la guía a la mesa en donde yo me encuentro.

—Buenos días —su saludo, su semblante altanero y toda su arrogancia al mirarme me revuelve el estómago.

—Toma asiento —le señalo la silla de madera y mimbre que está frente a mí y que nos separa por una mesa vintage de vidrio, madera y diseños amimbrados—. ¿Qué tal estás? —pregunto.

Los ojos de Lydia, rasgados por la edad, de un color avellana similar a los de su hijo y enmarcados en rímel y un tenue sombreado reparan en mí con desdén.

—Bastante mal —dice quitándose su sobresaliente abrigo de piel y acomodándose en su silla—. Verte a ti jamás han sido buenas noticias —apoya los codos en la mesa y entrelaza los dedos de sus manos. Dedos largos, arrugados, de uñas rojas perfectamente esculpidas en punta.

—Pienso lo mismo —retruco, viéndola con seriedad—, pero esto es importante. No estás aquí por mí, sino por Jordan.

Su mirada se achina, dándole un aspecto maquiavélico y sombrío.

Lydia Colton de Hayden es una mujer con gracia, con mucha elegancia e incluso, si no se mostrara tan arisca, amargada y maliciosa podría definirse como una guapa y amable señora de la elitista cúspide social de Manhattan.
Lamentablemente ella representa todo aquello desagradable para cualquiera a quien no le simpatice.

Altanera, déspota, cruel, intolerante, grosera y una auténtica perra que goza al humillar a los que no pertenecen a su elevada clase social.

—No existe día que no lamente que Jordan se haya fijado en ti —despotrica con maldad—. Embarazada de otro, de mala posición económica, sin títulos ni trabajo —pone cara de asco. Una cara que me enerva y que me contiene de adornarla con una piña—. Siempre me has desagradado, Charlotte. No sé qué vio Jordan en ti.

Ladeo apenas la cabeza y mis bucles caen a un costado, sobre mi hombro.

—Me vio hermosa, amable, sincera —finjo una sonrisa—. Se enamoró de mí, Lydia. ¿Qué le vamos a hacer?

Se crispa con mi comentario y se inclina hacia adelante.

—Siempre vas a ser una trepadora para mí. Una oportunista que engatuzó a un hombre soltero, de buena familia, adinerado y con una carrera notable. Lo enganchaste con una cría que ni siquiera es de él y lo arrancaste de su casa para llevártelo a los suburbios de Nueva York.

Dejo de sonreír y arqueo una ceja.

—Él siempre estuvo dispuesto a dejar su vida llena de lujos y diplomacia por mí y por Madison —levanto mi taza de café y bebo un sorbo—. Y si estoy reuniéndome contigo, por más repudio que me causes, es porque quiero hablarte de él.

Lydia inspira profundamente, se yergue y me observa amenazante.

—¿Qué ocurre con mi hijo? —masculla.

Con coquetería pestañeo y le hago señas a la camarera.

—¿Qué te apetece beber? —pregunto forzando simpatía.

Sus ojos continúan puestos en mí. Odiándome a cada segundo un poco más.

Prince of Wales —dice en un tono muy soberbio—. Twinings.

La chica asiente y se marcha.




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