El estadio se sumió en la oscuridad, una negrura total que devoró las miles de almas que esperaban. El silencio duró solo un instante, roto inmediatamente por el rugido atronador del público. Miles de gargantas se unieron en un grito visceral, una ola de anticipación pura. Segundos después, la primera nota. Los acordes iniciales de "M.I.A." resonaron con la fuerza implacable de una descarga eléctrica, cortando el aire. La música no era solo sonido; era una presencia física que golpeaba el pecho. Los gritos, las luces estroboscópicas que pintaban la oscuridad con destellos violentos de color: todo se fundió en una explosión sensorial vibrante, una euforia peligrosamente perfecta.
—¡Mi canción, mi put@ canción favorita! —grité sin reservas, sintiendo cómo la adrenalina me quemaba por dentro. Ignoré por completo a las chicas a mi lado, cuyas miradas de desaprobación podían haber congelado el infierno. Mi pensamiento fue un desafío insolente: «No me importa que me miren feo. ¡No pagaron mi entrada! ¡Se lo mamo a Drácula y me la bebo con ron añejo!».
Kristen, mi prima, mi hermana de vida, mi compañera de mil batallas desde el primer rasguño en el patio de recreo, me tomó del brazo justo cuando el ritmo explotó en una cadencia hipnótica. Nos lanzamos a bailar. Saltábamos como si no hubiera un mañana, como si el mundo fuera a acabarse en el siguiente drop y esta fuera nuestra última fiesta. Gritábamos, bailábamos, nos abríamos paso a empujones entre la masa sudorosa y eufórica, sintiéndonos las dueñas absolutas del mundo. Y en ese instante, en ese epicentro de caos y música, lo éramos.
Sin embargo, en el borde de mi visión, algo —o alguien— comenzó a sacarme de mi burbuja de ritmo perfecto.
Era un chico, alto, delgado, con esa camisa de marca y esa actitud insoportable de quien cree que por existir "merezco todo" y que el universo le debe un favor. Me había estado observando. No con una simple curiosidad pasajera que se desvanece con el siguiente movimiento de cadera, sino con una insistencia densa, una mirada que me escudriñaba sin el menor pudor, como si estuviera inventariando mis partes. Lo peor era su inexorable avance. Se acercaba cada vez más a nuestro pequeño espacio robado en el gentío. Podía sentirlo casi rozándome, la presión de su presencia era un invasor silencioso.
—¡Mira cómo baila tu quincena, mami! —le dije a Kristen con una risa forzada, intentando disimular la creciente incomodidad que se me anudaba en el estómago.
Kristen, siempre mi cómplice, captó el tono y se entregó al momento. —¡Muévelo, mami! —gritó ella, alzando los brazos al cielo mientras se lanzaba a un perreo improvisado, un desafío rítmico a la multitud.
—¡Eh, que mírala, diablo, Dios mío! —le respondí, elevando la voz por encima de la música.
—Katseye lo está dando todo —murmuré, hipnotizada por un drop al piso que ejecutó una de las bailarinas, un movimiento tan preciso y sensual que me cortó la respiración. —¡Me encanta esta coreografía!
—A mí me encantas tú... —susurró una voz masculina, áspera y grave, justo en el borde de mi oído. El aliento caliente me erizó la piel. El sobresalto fue tan violento que me revolvió el estómago.
Me giré tan rápido que casi lo golpeo con el codo. La punzada de frustración fue instantánea: «Me arrepentiré después por no haberlo hecho y mandarlo a volar».
—¿Y a mí qué? —le solté, dejando que el asco se dibujara abiertamente en mi mueca. No había tiempo para la cortesía.
—Tranquila, mami. No seas así —respondió, usando el mismo apelativo condescendiente que yo usaba de broma con Kristen, como si mi atención fuera una obligación y él me estuviera haciendo un favor al exigirla.
No le respondí. En lugar de eso, me pegué a Kristen, forzándola a cambiar de sitio conmigo, usando su cuerpo como un escudo humano. Ella captó la situación al instante, sin necesidad de palabras. La música era un telón de fondo para esta pequeña batalla territorial.
—¿Tú eres bruto o qué? ¿Tú no ves que no quiere nada? No la mires más —le espetó Kristen, sin rodeos ni rodeos. Su tono no dejaba lugar a dudas.
Aun así, el tipo era de piedra. No se movió. Con cada canción, con cada subida de volumen, se sentía más cerca, más invasivo, una sombra persistente en nuestra noche.
Fue entonces cuando sucedió el primer cambio de rumbo. Una chica apareció en mi campo de visión. Era alta, con un bob de cabello corto y oscuro que caía liso enmarcándole el rostro. Tenía unos ojos marrones profundos y curiosos. Se acercó a mí directamente, me miró y me habló.
—Hola… —dijo tímidamente. Su voz era dulce, sorprendentemente suave en medio de la estridencia, y una sonrisa que pareció iluminarlo todo, disipando la oscuridad del estadio a su alrededor.
—Hola, chica tierna —respondí con una mezcla de alivio y una chispa de coqueteo instintivo. Era hermosa, y su llegada era una distracción bendita.
Ella se sonrojó, un delicado rubor que le subió por las mejillas. Y ese fue el primer latido suave y diferente que sentí en mi pecho, un ritmo nuevo que no venía de la caja de bajos.
Empezamos a hablar sobre la música, tonterías del concierto, risas compartidas y gestos. La tensión se estaba disolviendo. Hasta que el acosador, como un mal recuerdo que se niega a irse, interrumpió de nuevo.
—Se nota que eres latina, mami… —insistió, soltando una risa gutural ante lo que, para él, debió ser un chiste brillante.
—¡Oye, Mamaguevazo! —Kristen se volteó en un estallido de furia controlada, harta de escucharlo y de vernos incómodas—. ¿Tú no tienes madre que te enseñe a no acosar? ¿O es que no te miras al espejo? ¡Ruede durísimo!
Mi corazón latía con una fuerza desbocada, pero ya no era por la emoción de la música, sino por el miedo frío. Éramos dos chicas menores solas. Él era visiblemente mayor y nos miraba con el descaro del cazador que ve a sus presas acorraladas.