Sunsea

1: Aérea

Bayahíbe, República Dominicana | 2025

El tissu azul se mecía al compás de la música, una melodía cruda de chelo y percusión que vibraba más en el pecho de Luna que en el aire. Luna, suspendida en un universo de tela y vacío, giraba sin tregua. No era un baile, era una huida vertical. Ascendía con una fuerza que desmentía su delgadez, liberaba el aliento en un suspiro casi inaudible y descendía con la precisión de un halcón. La tela, un sedoso abrazo cósmico, la lanzaba una y otra vez contra la gravedad. Volar sin despegarse de la única ancla que conocía, caer sin hacerse pedazos: eso era su refugio, la única forma de procesar la inquietud que le roía las entrañas.

El esfuerzo le hacía temblar los muslos, cada fibra protestaba, y el sudor le empapaba la espalda, dibujando un mapa de su agonía silenciosa. Pero la verdadera agitación venía del corazón, latiendo un ritmo de guerra. Con un rugido silencioso que solo el silencio del estudio podía contener, apretó la mandíbula hasta sentir dolor y se enredó con más fuerza en la tela, como si quisiera fusionarse con ella. Desde esa altura irreal, el mundo se reducía a un círculo de colchonetas negras y el vasto vacío que sentía. Y ella, consumida por su propia furia, giraba.

—¡Baja de ahí ya, maldita cabra loca! ¡No eres Spider-Man, coño! —la voz de Kristen, acerada y familiar, rompió el trance desde el umbral, resonando en el hangar del estudio.

Luna soltó la tela sin dudar. Ejecutó una caída elegante, controlada, deslizándose por el aire antes de terminar con una voltereta limpia y amortiguada en la colchoneta negra. Sus rizos pelirrojos, un incendio indomable, danzaron al compás del movimiento antes de asentarse.

—Drama innecesario —jadeó, con el aliento corto, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Kristen se acercó con el ceño fruncido, una expresión que Luna había aprendido a leer como una mezcla de reproche y afecto incondicional. Llevaba una mochila al hombro que parecía contener su vida y una botella de agua deportiva en la mano.

—Llevas aquí desde que no salía el sol. Desde las cinco de la mañana, Luna. No me veas con esa cara de mártir —la señaló con un dedo firme que parecía querer taladrar su alma—. ¿Alguien te puso una pistola en la cabeza para que ensayaras hasta desfallecer? ¿O fue el fantasma de tu ansiedad?

—Yo misma —respondió Luna con la voz ronca, una lija, dejándose caer pesadamente sobre la colchoneta, con los músculos en protesta.

—Bebe. Y para con la pose de artista torturada —Kristen le lanzó la botella con una precisión calculada. Luna la atrapó con un reflejo profesional—. Y desembucha ya. No me trago ese "nada".

El tira y afloja de sus nombres se rompió con un silencio denso. Luna desenroscó la tapa y bebió a grandes tragos. El agua le supo a tierra, a la mezcla de polvo y sudor del estudio. Kristen se sentó a su lado, la mochila a sus pies, y la miró con esa mezcla de franqueza brutal y ternura de quien conoce tu peor versión, la ha visto caer y resurgir incontables veces, y decide quedarse en cada reconstrucción.

—¿Es por la innombrable, verdad? —preguntó Kristen, sin rodeos, mirando la tela azul que pendía como una amenaza. Luna se mordió el labio, una confirmación silenciosa. Lo sabía—. Hace años que no la ves. Desde que paso eso.

—Cuatro años, dos meses y siete días —soltó Luna con una exactitud que detestó, el contador encendido en algún rincón oscuro de su memoria.

—¿Sabes si estará en el proyecto de este año, el Caelus V? El del aniversario.

—No. Ni idea —Luna jugueteó con uno de sus rizos pelirrojos, tirando de él, como buscando la respuesta en la espiral de fuego. Un escalofrío le recorrió la nuca—. Pero lo siento. Me vibra. Ya sabes, mi instinto de bruja.

—¿Tu instinto de bruja no era que este año ibas a tener paz? ¿Que ibas a dedicarte solo a coreografiar y no a bailar el centro de la escena?

Una risa seca y fugaz, carente de alegría, se escapó de Luna.

—Me propusieron ser reclutadora y co-coreógrafa principal. Sabes lo que eso significa. Es una de las posiciones más grandes.

—¿Y ya sabes con quién compartirías el título? —Kristen levantó una ceja, la pregunta flotando en el aire.

Luna le sostuvo la mirada, sus ojos verdes fijos.

—No, pero dime si no sería poéticamente cruel que fuera ella. El universo adora el drama.

Ambas se entendieron sin necesidad de más palabras. El regreso, la colaboración forzada, la tensión que incendiaría el estudio.

—¿Qué vas a hacer, Luna? ¿Vas a renunciar antes de ver el reparto?

Luna se puso de pie, la determinación se encendía en sus ojos. Acarició el tissu, la textura suave y firme bajosus dedos, sin mirar a su amiga.

—Bailar. Como si no me doliera su ausencia, su presencia o el recuerdo. Como si esto fuera solo técnica y no mi jodida alma.

—¿Y si duele? ¿Si la ves y te desarma?

—Entonces, bailar más fuerte. Hasta que el dolor se convierta en combustible.

Kristen la observó con una gravedad inusual. Luego se levantó, le tocó el hombro con un apretón reconfortante y preguntó la pregunta clave:

—¿Y si te quiebras?

Luna se giró para enfrentar a su amiga. Sus ojos no derramaban lágrimas, pero estaban cargados del peso de cuatro años.

—Me reconstruyo. Como siempre lo he hecho. Lenta o rápido. Pero me reconstruyo.

—De acuerdo —Kristen asintió, una sonrisa tierna asomando—. Pero si te rompes y no puedes recoger los pedazos sola, si tu alma se desintegra en confeti, ahí estaré yo. Con un doble reserva para anestesiarte y un vino para la fuerza, o con una canción dura de despecho para que llores con dignidad. Lo que necesites.

Luna apenas esbozó una sonrisa genuina.

—Te amo, bruja. Siempre sabes lo que decir.

—Lo sé, loca. Ahora come algo.

La tela azul colgaba del techo, presagiando un viaje inminente, un encuentro inevitable. Luna sabía que ninguna coreografía, por elaborada que fuera, podría protegerla del reencuentro emocional que se avecinaba. Pero antes de que pudiera responder, la puerta del estudio se abrió con estruendo.




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