Bayahíbe, República Dominicana | Días antes del viaje
El estudio apestaba a sudor, magnesio y agotamiento emocional, una mezcla densa que se pegaba a la piel y a la moral. Me movía envuelta en una tela azul marino que colgaba del techo, una compañera silenciosa que parecía abrazarme y asfixiarme a la vez. No era un baile, era una purga. Subía, giraba, exhalaba el aire viciado de mis pulmones... y caía con rabia, deteniéndome justo antes del impacto con una precisión mecánica. El movimiento era impecable, sí, la técnica pulida hasta el brillo, pero por dentro me sentía lejos de estar "limpia". Había una fisura, un temblor emocional que la acrobacia no podía disimular.
Kristen irrumpió en la puerta sin previo aviso, como de costumbre, sin llamar, sin pedir permiso a la soledad de mi ejercicio. Masticaba una empanada con la despreocupación de quien sabe que su presencia, inevitablemente, interrumpirá cualquier ritual que intente mantenerme a flote. Su presencia era siempre un ancla, o una guillotina.
—¿Vas a seguir fingiendo que todo está bien o por fin tendremos una conversación decente? —espetó, masticando entre palabras, con ese tono de ultimátum que solo a ella le permitía.
Solté la tela, dejando que el terciopelo se deslizara por mis manos. Descendí con un giro controlado que me depositó suavemente sobre la colchoneta. No contesté. La urgencia de la pregunta no merecía el aliento que debía reservar. Solo me senté a beber agua, el frío líquido cortando el calor de mi garganta.
—¿Ya empacaste? —Su voz era insistente, cargada de una paciencia que solo era fingida.
—No —murmuré, mirando el reflejo distorsionado de mi rostro en el agua agitada de la botella.
—¿Recibiste el contrato?
—Sí.
Kristen se acercó, el olor a aceite y masa frita de la empanada invadiendo mi espacio. Se cruzó de brazos con aire maternal, aunque su mirada era más bien la de un interrogador. Me examinó de arriba abajo, buscando la grieta en mi coraza.
—¿Y me vas a decir si sabes que ella está allá? —La pregunta colgó en el aire, pesada y cargada de implicaciones que ambas conocíamos muy bien.
—No sé nada. Ni quiero saber. —Mi voz era monótona, un muro de indiferencia bien ensayado.
—Ajá, claro. Tú, que stalkeas hasta a quien te sirve hielo, ¿no revisaste nada del equipo de producción de ELX Entertainment?
Le lancé una mirada de advertencia, lenta y afilada. Un límite silencioso.
—Voy a trabajar. Eso es todo. Es un contrato. Es la oportunidad que esperé. Punto.
—¿Y crees que con eso te basta? ¿Crees que puedes poner la razón sobre la historia?
No respondí. La verdad era que no lo sabía. Me até el cabello con más fuerza, sintiendo el tirón en el cuero cabelludo, una pequeña distracción del nudo en el estómago. Volví hacia la tela, dispuesta a reanudar mi escape aéreo.
Kristen se interpuso, bloqueando el camino. Su expresión se suavizó, pero la dureza en sus ojos persistía.
—Oye. Haz lo que quieras. Huye, sé profesional, congela tu maldito corazón. Pero cuando estés en el aeropuerto, revisa tu teléfono. Tienes un mensaje mío. Y hazme caso: lleva algo negro. Nunca se sabe si tendrás que vestirte de luto... por ti misma, Luna. Por la chica que creías que eras.
No me reí. No me enojé. No valía la pena el esfuerzo. Solo la vi darse la vuelta y marcharse, la puerta cerrándose con un golpe seco que resonó en el silencio.
Lo que más dolía, lo que me hacía temblar, era saber que mi amiga, mi brutal y honesta Kristen, tenía razón. El trabajo era una excusa. El destino, una trampa.
(•••)
El aeropuerto era un caos de voces, maletas arrastradas, el llanto ocasional de un niño y anuncios ignorados por la mayoría. Un hormiguero de partidas y llegadas. El olor a café y a combustible de avión se mezclaba.
—¿Tienes pasaporte, cédula, visa, carta de invitación y copias de todo en la mochila? ¿Y los contactos de emergencia plastificados? —preguntó Lisbeth Herrera, mi madre, por quinta vez en los últimos diez minutos. Su ansiedad era palpable, como una capa extra de ropa.
—Sí, mami… —respondí, mordiendo hielo del café, buscando calma en el crujido.
—¿Y el bloqueador? ¿Las pastillas para el mareo? ¿La batería portátil? ¿El adaptador de Corea?
—¡Sí, mami! Todo está revisado. Soy adulta.
—¿Y no te pusiste ese top sin sostén que te deja los… no es que te vea los pechos, pero te resalta…
—¡¡Mami!! —Mi mamá me fulminó con la mirada, ajustándome el cuello de la chaqueta de mezclilla como si eso evitara que me congelara a 0 grados en Corea. Pequeña, morena clara, con un moño deshecho por el estrés de la despedida y una voz autoritaria que podía detener un tren. La mezcla perfecta para sacarme de quicio en el momento menos oportuno.
—No es un chiste, Luna. Allá hace frío y tú con tus manías de vestirte como si estuvieras en una playa. Tienes que cuidarte. Eres mi hija, no una indigente.
—Déjala, amor —intervino Andrew, mi papá. Alto, inglés, pelirrojo con la barba bien cuidada, tranquilo hasta la exasperación y algo excéntrico. Siempre el punto de equilibrio. —She’ll be fine. She’s a Monroe. She’s tough.
—¡Y una Herrera también! ¡Eso significa que tiene que cuidarse el doble, Andrew! ¡Que sea Monroe no significa que pueda andar descuidada! —replicó mi madre, y mi padre solo se rió, el sonido grave y reconfortante.
Se acercó a mí y me tomó la cara con sus manos cálidas, haciendo que lo mirara. Sus ojos verdes se encontraron con los míos.
—Te amo. ¿Lo sabes? —Asentí, la garganta anudada, conteniendo las lágrimas que amenazaban con desbordarse. —Tú puedes con todo, mi chica estrella. Pero no tienes que hacerlo sola. Si algo sale mal, llamas. No importa la hora. ¿Y si te rompen el corazón, Luna?
—Me recojo. —La frase era nuestra contraseña para la resiliencia.
—Nos recoges —corrigió, dándome un beso profundo en la frente que olía a sándalo y a hogar. —Nos recoges a nosotros, a tu familia.
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Editado: 12.01.2026