Sunsea

3: Compás partido

El estudio de danza era una burbuja sónica, un vacío que el silencio había saturado hasta hacerlo denso e incómodo. La atmósfera pesaba, no solo por la falta de oxígeno después de una hora de ensayo, sino por la presencia muda y cargada de juicio de Yura.

Cada roce de mi ropa, el leve squish de mis zapatillas de street dance contra el suelo pulido, incluso el ajuste de mi top deportivo de alta compresión, resonaba con una amplificación antinatural. Me sentía bajo un microscopio, aunque el espacio estuviera casi desierto. Solo estábamos ella y yo. Yura, al fondo, era un punto fijo de inmovilidad y concentración. Sentada en un banco alto, imperturbable, con su tablet brillando tenue, su moño estricto e impecable, y esa postura de estatua griega que la hacía parecer tallada en hielo.

Llevábamos veinte minutos en el mismo espacio vital sin un intercambio verbal. Entre nosotras, la cortesía era un lujo extinguido. Solo quedaba la obligación contractual de colaborar en el montaje de la audición.

La primera grieta en el silencio fue un susurro, apenas una ondulación en el aire, pero con la precisión de un escalpelo.

—¿Vas a usar ese beat para el montaje final? —La pregunta de Yura era una afirmación disfrazada de duda. Sus ojos seguían fijos en la pantalla, el pulgar moviéndose con rapidez sobre la superficie de cristal.

—Sí —respondí, secamente—. Lo estoy programando en la secuencia principal. ¿Algún problema de cadencia que no haya notado?

—Ninguno estructural. Solo que su textura, su densidad rítmica, parece más apropiada para un freestyle explosivo en un club de batalla subterráneo que para una audición técnica que busca precisión y sutileza coreográfica.

Me acerqué a la botella de agua, sintiendo cómo el sudor se enfriaba incómodamente en mi espalda.

—Quizá lo que busco es que los bailarines que vengan a audicionar sientan el pulso y empiecen a sudar desde el primer segundo. La tensión física genera verdad.

Ella finalmente levantó la mirada, pero solo para entrecerrar los ojos un poco.

—O tal vez quieres que deserten desde el inicio, Luna. Es un beat intimidante.

—¿Te molesta que sea intimidante? —Me giré completamente hacia ella, el tono de mi voz tan cortante como el filo de una cuchilla. No era una pregunta; era un reto.

—No. —Su voz era absolutamente neutra, carente de cualquier inflexión que pudiera delatar emoción, y eso me provocó una oleada de intensa irritación. Era un muro infranqueable—. Mientras no comprometa el nivel de ejecución del proyecto. El arte por el arte no paga las cuentas.

Ignoré su pragmatismo irritante. Fui directamente al parlante Bluetooth, lo seleccioné y subí el volumen dos puntos más allá de lo razonable. El beat era exactamente lo que necesitaba: fuerte, denso, cargado de bajos palpitantes, con un ritmo sincopado que exigía control absoluto. Buscaba tensión, buscaba impacto visceral, y ella, la eterna estratega, lo sabía perfectamente.

Comencé a marcar los primeros ocho tiempos. Golpes secos de hombro, la rotación de cadera contenida, el desplazamiento angular. Me movía con una rabia canalizada, utilizando cada fibra muscular.

Yura me observaba ahora con atención completa, su ceja izquierda ligeramente alzada en un arco de intelectualización. No era admiración; era análisis crítico.

—Si usas desplazamiento lateral con esa velocidad de beat, la marcación del pie de apoyo debe entrar medio segundo antes de lo que lo estás haciendo. Si no lo haces, pierdes el impulso y la cadera no conecta con el break. La potencia es hueca.

—Lo sé —gruñí, sin detenerme—. Estoy probando la sensación, Yura.

—¿Probando o improvisando, Luna? Hay una diferencia fundamental.

Me detuve, el corazón latiéndome con fuerza, y la miré fijamente.

—Quédate con tu medio segundo, Yura. Yo me quedo con el impacto total. —Mi sonrisa, cargada de desafío y hostilidad contenida, no tenía nada de amabilidad. Era una declaración de guerra fría.

Ella regresó a la tablet, tecleando con ese aire de suficiencia que me exasperaba. Actuaba como si me hubiera corregido en un examen crucial de física cuántica y no en la ejecución de un paso de baile.

Y entonces, como si el destino quisiera añadir una capa de melodrama y distracción al ambiente ya electrizado, la puerta se abrió con un golpe seco. Entró Olivia.

Olivia era un huracán de energía artificial. Tacones resonantes, una nube de perfume dulzón y excesivo, labios inmaculadamente perfilados de un rojo brillante, y la cámara DSLR colgando de su cuello con una correa ancha, más como un accesorio de moda statement que como una herramienta de trabajo.

—¡Genial! ¡Esto se ve increíble! —exclamó con un entusiasmo que no le llegaba a los ojos, una energía evidentemente forzada y performativa—. La tensión aquí es pura dinamita visual, chicas. ¡Me encanta la vibra!

Rodé los ojos en silencio, me giré de espaldas y me sequé el sudor del cuello con la toalla.

—¿Están con la coreografía base para el preview de la audición? —preguntó, acercándose como un depredador social. Yura asintió una vez, sin dejar de mirar la pantalla. Yo no me inmuté.

—¡Perfecto! ¿Puedo grabar algo? Solo tomas del proceso, Luna, nada oficial. A la gente en redes le fascina ver cómo se construye el arte. El behind the scenes vende.

—Haz lo que quieras —mascullé, encogiéndome de hombros.

—Perfecto, perfecto. —Se detuvo justo frente a mí, demasiado cerca para mi gusto, bajando la cámara a la altura de su cadera. La expresión de Olivia cambió de profesional a intensamente personal—. Luna, tu cabello es impresionante. Es una obra de arte. —Me analizó de arriba abajo con una intensidad que no esperaba, deteniéndose en mi melena rizada y voluminosa—. ¿Qué tinte usas para ese rojo tan perfecto y natural con las puntas rubias? ¿Lo mezclas tú o vas a un estilista específico? Es la fórmula que he estado buscando.




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