—¿Ya te dijeron si vas a tener que posar o solo bailar? —preguntó Kristen, acomodándome un mechón que se había escapado frente al espejo del baño en el diminuto departamento asignado para cambios y retoques. Su tono era una mezcla de genuina curiosidad y burla amistosa.
La miré por el reflejo, arqueando una ceja.
—¿Desde cuándo poso yo? Mi trabajo es moverme, no ser un maniquí.
Kristen se rió, apoyando las manos en mis hombros.
—Desde que te pones delineador para ir a ensayar. Eso ya es posar, cariño. Es un statement.
Ajusté el borde de mi chaqueta deportiva y me enderecé.
—Es delineador de guerra. De concentración. No lo captas. Es para verme ruda en los monitores.
—Claro que sí. Yo también me pintaba los labios de un rojo furioso para hablar con mi ex y que viera que estaba "viviendo mi mejor vida" sin él.
Mi rostro se contorsionó en una mueca de incredulidad y horror.
—¿Me estás comparando con tu drama de 2023? El que duró seis meses y terminó con la quema de su camiseta favorita en una fogata de playa a las tres de la mañana? Olvídame. No hay comparación.
Kristen soltó una carcajada ruidosa que resonó en el azulejo del baño, contagiándome de esa risa fácil y sincera que solo compartes con ciertas personas. Las que te conocen hasta la médula y no juzgan tus locuras.
Con ella, siempre.
Se enderezó, su expresión volviéndose más suave, más inquisitiva.
—En serio, ¿y cómo va lo de…? —empezó, haciendo un vago gesto con la mano hacia la puerta, como refiriéndose al proyecto en general, o tal vez, a algo más específico.
—No hablemos de ella —la interrumpí de golpe, mi voz adquiriendo una aspereza involuntaria. El simple pensamiento me tensó los hombros.
—Ni siquiera la mencioné —replicó con un deje de burla en su voz, aunque sus ojos brillaban con la comprensión de que sabía exactamente a quién me refería.
—Justo por eso. Ni nombrarla quiero. El aire es más limpio si no está su nombre flotando.
—¿Ya te sacó algún chisme? ¿O te puso mala cara frente a los directores otra vez?
—Lo único que me ha dado es dolor de cabeza, una migraña palpitante cada vez que abre la boca para sugerir un "mejor ángulo" o un "movimiento más dramático". Como si entendiera algo.
—Ay, Dios. ¿Y ese espécimen, la tal Olivia, la camarógrafa estrella? ¿La que parece sacada de un videoclip de los noventa?
—Cree que está en un fashion film de Vogue. Lleva la cámara como si fuera una espada, lista para decapitar a cualquiera que se atreva a interponerse en su "visión artística". Hoy casi me tropiezo con ella porque estaba grabando un "plano detalle" de mis botas en el pasillo.
Kristen se puso seria, aunque un atisbo de malicia cruzó sus ojos.
—Dale un derechazo si te interrumpe de nuevo. O hazle la zancadilla. Accidente laboral, ya sabes.
—Anotado. Es tentador —admití, tomando mi mochila y colgándomela al hombro. La hora de la verdad había llegado.
Me reí por última vez con ella, me despedí con un rápido abrazo, me puse los audífonos, seleccioné mi lista de reproducción de "Actitud a Tope" y salí del cuarto canturreando en español a todo pulmón, ignorando deliberadamente el ambiente coreano que nos rodeaba:
—“Hoy no me va a joder ni Dios, hoy no me va a joder ni Dios…” —era la frase de una canción de Bad Bunny, un mantra de resistencia que me daba fuerzas.
Al entrar al lobby del edificio, que solía ser un espacio de silencio concentrado y respeto profesional, noté que tres miembros del staff que estaban revisando unos cables se giraron hacia mí, sus rostros marcados por la sorpresa.
Claro. Hablé en español, un idioma que para ellos era tan ajeno como el mandarín.
Con todos, absolutamente con todos, desde el coreógrafo principal hasta la maquillista y el guardia de seguridad, siempre usaba coreano. Era la norma de cortesía, de profesionalismo, la barrera que mantenía todo en orden.
Pero hoy no. Hoy era un día de rebelión silenciosa. Hoy hablaba mi idioma, aunque fuera para mí.
—¿Qué tanto dices? Nadie te entiende —soltó Olivia desde una esquina oscura del lobby, su cámara restingando en su muslo y una sonrisa que pretendía ser conocedora y graciosa, sin conseguir ninguna de las dos cosas. Su tono era condescendiente, como el de una madre regañando a una niña por un mal chiste.
Estaba a punto de articular una respuesta cortante, algo en mi perfecto coreano para ponerla en su lugar, cuando otra voz se adelantó, calmada y seca, interponiéndose como un muro de hielo.
—Está diciendo que hoy no va a dejar que nadie le arruine el día. —Era Yura. Sin levantar la vista de su botella de agua, sin un solo cambio en su expresión estoica. Lo dijo en un coreano impecable, pero con una traducción tan directa y literal del argot callejero español que era imposible que no lo hubiera entendido palabra por palabra. Luego, para rematar, bajó el tono de su voz y, con un acento forzado y ligeramente torpe, añadió en un susurro audible en el mismo español que yo había usado—: Digo lo mismo, no arruinarás mi día solecito.
Me quedé helada. Fue una interrupción tan inusual, tan deliberadamente protectora, que me descolocó por completo.
—Primera vez hablando español, Badita— mi respuesta, cortante y con una leve punzada de ironía ante su apodo, fue evidente. No pregunté cómo lo sabía, sino que directamente señalé la revelación que acababa de hacer.
Nadie dijo nada.
Olivia se había quedado con la boca entreabierta, la sonrisa congelada. Los tres miembros del staff fingieron de inmediato un interés desmedido por los cables.
Solo se miraron entre ellos, todos, Olivia incluida, fingiendo que no había pasado nada. La tensión en el aire era palpable, gruesa.
Pero todos lo notaron. Yo lo noté. Yura lo notó.
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Editado: 12.01.2026