Sunsea

5: Y si nadie está mirando

La noche era espesa, pero no por el calor. Era esa oscuridad que se te mete hasta los huesos, impidiéndote el descanso, incluso estando agotada. Sentía los pies congelados, los ojos desvelados y el pecho oprimido.

Apagué las luces de la habitacion. Me senté en la alfombra, abrí mi libreta y comencé a escribir. Si no lo hacía, me iba a desmoronar.

"Hoy presencié nuestros movimientos, pero eran los de otras personas, no los nuestros. Y eso fue peor, porque ellas no podían comprender el dolor de vernos desde afuera."

Tragué saliva, conteniendo el llanto. Apreté el bolígrafo con tanta fuerza que estuvo a punto de romperse.

Volví a escribir, con un nudo en la garganta:

"Me detesto cuando te recuerdo, pero aún más cuando me doy cuenta de que no he podido dejar de hacerlo. Me estoy consumiendo por este silencio forzado."

Permanecí sentada, inmóvil y en silencio. Entonces, unos suaves y rápidos golpes interrumpieron la quietud.

Me levanté por instinto. No era Kristen, ni el servicio, ni la hora de visitas.

Miré por la mirilla. No había nadie. Solo un papel doblado en el suelo.

Lo recogí.

“Tú tampoco has dejado de hacerlo.”

No había firma, ni más texto, pero el trazo... era claro, metódico y frío.

Bada.

Lo arrugué y lo guardé en la gaveta. No podía permitirme sentir nada. No en ese momento.

Al día siguiente, el salón de ensayo, una caja de resonancia de espejos y ambiciones suspendidas, cobró una vida palpable y electrizante. Siete figuras delgadas, la tensión dibujada en sus hombros y la mezcla de terror y fervor en sus ojos, esperaban en una línea irregular a recibir las directrices que marcarían el inicio de un camino incierto.

Llegué con mi dosis diaria de café fuerte y mi libreta, el santuario donde habitaban los diagramas de piso y los recortes de tiempo. Yura, mi silenciosa y eficiente contraparte, ya estaba enfrascada en el ritual de marcar las posiciones exactas en el suelo con cinta, un ballet de precisión antes de que comenzara el verdadero movimiento. Intercambiamos un asentimiento breve, un reconocimiento mutuo del peso que cargábamos.

—Vamos a calentar —anuncié sin preámbulos, mi voz cortando la atmósfera cargada—. Luego haremos el primer marcaje completo. Queremos ver la fluidez, la respiración del conjunto.

La atmósfera ya tensa se cargó de repente, espesándose con un resentimiento apenas disimulado, cuando Minah y Hana se precipitaron por la puerta, varios minutos después de la hora acordada. El dúo, siempre en sintonía, esta vez solo logró desentonar.

—Lo sentimos —se disculpó Hana, con el pecho agitado por la carrera, el jadeo rompiendo el silencio—. El tren... la señal.

—No me interesa la excusa —respondí, manteniendo mi tono deliberadamente bajo, una vibración que transmitía más autoridad que cualquier grito. El respeto no se mendiga, se exige con el ejemplo—. Me interesa el respeto al proceso. A su tiempo y al tiempo de sus compañeras.

Se ubicaron en el fondo, la vergüenza tiñendo sus mejillas. A pesar de su posición, ambas estaban ahora bajo nuestra atenta mirada, el primer error registrado.

Comenzamos con la base: movimientos básicos de estiramiento profundo, aislamiento de brazos y torso, giros controlados, desplazamientos que simulaban el espacio escénico. La sesión fluía, la energía pasaba de ser nerviosa a concentrada, y el potencial de las siete comenzaba a materializarse.

Todo iba según el plan hasta que el ecosistema se vio interrumpido por un director de producción. Se acercó con un trozo de papel, una nota de último momento que siempre significaba problemas.

—Hemos tenido una reunión rápida con el equipo de edición —anunció, con ese tono condescendiente de quien cree tener la idea más brillante—. Vamos a dividir al dúo, Minah y Hana. Queremos ver si pueden funcionar separadas también. Por motivos de edición posterior y la posibilidad de sub-unidades.

Me giré hacia él, la libreta cerrándose con un chasquido seco.

—No.

El director parpadeó, la sorpresa genuina dibujada en su rostro. — ¿Perdón?

—No las vamos a separar. Su conexión es la pieza angular, no es una cuestión de técnica individual, sino de la sinergia que crean juntas. Las elegimos por lo que su unión produce, no solo por su talento singular. Están en su punto más fuerte cuando bailan como si fueran un solo organismo.

—Las seleccionamos como una unidad, Director —intervino Yura, deslizándose a mi lado con una calma glacial que a menudo era más intimidante que mi propia franqueza. Habló dirigiéndose directamente a él, sin levantar la voz—. Separarlas desharía la magia, lo que funciona, y además, no es lo que se nos pidió para este proyecto. La directriz era un grupo cohesionado.

El director apretó los labios, su mirada vagó brevemente hacia el cristal que separaba el estudio de la sala de control de producción, buscando apoyo que no llegó. Asintió a regañadientes.

—De acuerdo. Respetamos la visión artística. Pero documentaremos otras combinaciones y emparejamientos más tarde con las otras chicas.

—Haz lo que quieras con las demás, y eso incluye probarlas en tríos o solas si es necesario —dije, sintiendo la adrenalina del enfrentamiento profesional—. Pero a ellas no me las toques. No son intercambiables.

Un silencio se apoderó de la sala. Las chicas, testigos silenciosas de la defensa, se miraron entre sí con una nueva comprensión. El dúo, Minah y Hana, nos miró a ambas, y por primera vez, vi algo distinto en sus ojos que iba más allá del miedo escénico o la prisa: respeto. Había un reconocimiento, una alianza tácita que se acababa de forjar.

Y tal vez... algo más. Una lealtad incipiente, la semilla de una dependencia profesional que tendríamos que manejar con cuidado.

En una esquina oscura del salón, casi fundida con las sombras, Olivia, la encargada de la documentación visual, observaba el intercambio con su cámara apagada y los brazos cruzados. No dijo una palabra, su silencio era a menudo más ruidoso que cualquier crítica. Pero yo sabía, con una certeza fría, que este pequeño desafío a la autoridad no había terminado. Y también sabía que no era la única que sentía su mirada, pesada y crítica, respirando en la nuca. Ella era la variable que nadie podía controlar.




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