El aroma a tostadas con mantequilla y café negro, matizado por la leve fragancia cítrica de la mandarina que Lushen había pelado con esa impaciencia característica, llenaba la cocina con una promesa de confort doméstico. Era un contraste engañoso.
Era muy temprano. Las manecillas del reloj de pared, con su tic-tac casi inaudible, apenas marcaban las seis de la mañana. El cielo, un lienzo grisáceo sobre Seúl, apenas se aclaraba y el vapor de la cafetera se elevaba como un fantasma silencioso, creando una suave neblina sobre la encimera de mármol. Parecía la clase de mañana que prometía calma, un remanso antes de que el estudio de danza y las exigencias de la coreografía volvieran a engullir mi vida. Pero la calma, esa invitada tan necesaria, no llegaba. Se había quedado atrapada en algún rincón de la noche.
Yo estaba sentada, codos sobre la mesa de madera pulida, la barbilla apoyada en los puños. El vaso humeante de café amargo, casi hirviendo, reposaba entre mis manos, proporcionando un calor que no lograba apaciguar el frío interno. Lo sujetaba como un ancla, sin atreverme a tomar el primer sorbo.
Frente a mí, de pie, Lushen, mi hermana dos años menor, se movía con esa energía de quien no necesita despertador. Vestía su uniforme no oficial de sábado: una camiseta blanca extragrande, robada de algún cajón viejo, y pantalones de algodón gris, cómodos hasta el extremo. No había maquillaje, solo el brillo de la juventud y el ceño ligeramente fruncido por la concentración. Estaba inmersa en su ritual habitual: revisar redes sociales con una velocidad pasmosa, comentar todo con la certeza de una oráculo y juzgar con esa franqueza brutal, esa falta de filtro que solo permite el amor incondicional y la convicción de estar siempre en lo correcto.
—¿Vas a hablar, o seguirás fingiendo indiferencia mientras tu café se enfría? —preguntó sin levantar la vista de la pantalla. Su tono no era de pregunta, sino de ultimátum. Hurgaba en la caja de cereal con una mano, haciendo tintinear los corn flakes, mientras sostenía el móvil con la otra, como si buscara respuestas existenciales o, al menos, la cuchara perfecta, entre los copos de maíz.
—¿A qué te refieres, Lushen? No tengo idea de qué estás hablando —respondí, intentando sonar casual, aunque mi voz me traicionaba con un ligero temblor.
—No te hagas, Yura. Te conozco desde que usábamos pañales y sé ese silencio. Es el que pones cuando has hecho algo estúpido y estás esperando que te regañen para poder culparme a mí por el drama —su mirada me atravesó por encima de las gafas de montura negra que usaba solo para leer. Era una mirada que lo desnudaba todo.
Me encogí de hombros, intentando proyectar una calma que no sentía. Finalmente, llevé el vaso a mis labios y tomé un sorbo largo de mi café sin endulzar. Amargo. Un reflejo del momento.
Lushen, con un suspiro dramático que implicaba el peso de mi vida entera, dejó el móvil sobre la mesa de madera, justo al borde, junto a mi codo. La pantalla, encendida, reprodujo instantáneamente un TikTok. No era una melodía de moda cualquiera; era un edit vibrante, con música electrónica pulsante, letras flotantes en neón y cortes precisos, centrado obsesivamente en nosotras dos.
Ella y yo. Luna y yo.
El clip era un montaje vertiginoso de los últimos días de ensayos. Mostraba la coreografía de la última misión que había montado, un momento exacto donde mi mano rozaba la suya, un gesto mío fugaz de corrección o de apoyo, su risa apenas reprimida al caer, una sincronía perfecta durante un levantamiento que ni siquiera habíamos ensayado mil veces. Era la química en estado puro, capturada en alta definición y con la narrativa de un romance épico. Los comentarios, que se deslizaban por la pantalla como una cascada, proliferaban con gifs animados, corazones de todos los colores y frases lapidarias que me quemaron la retina:
“Yura la mira como si recordara cosas que no se pueden decir”.
“¿Están juntas? ¿Lo estuvieron? Que alguien me dé contexto”.
“Alguien que las separe antes de que se casen en pleno ensayo. ¡La tensión es palpable!”.
“El slow burn es real. Mi corazón no aguanta tanto”.
Me quedé helada. Sentí la sangre drenar de mi rostro. El calor del café no servía de nada ahora.
—No lo había visto —mentí. La mentira me supo más amarga que el café. Claro que lo había visto. Había ignorado intencionalmente la avalancha de notificaciones que intentaban avisarme.
—Pues internet sí, y no perdona —replicó Lushen, recogiendo la mandarina. Empezó a pelarla sin delicadeza, las uñas rasgando la piel con un sonido áspero—. Estás viral, Yura. Pero no por tu trabajo como coreógrafa o por lo que enseñan las chicas de crew. Estás viral por ella. Por tu situación con Luna.
—No estoy haciendo nada malo. Es mi compañera de trabajo. Somos amigas. Es solo un edit estúpido de internet —dije, aunque sabía que la parte de "solo un edit estúpido" era la más débil de mi defensa.
—¿Estás segura de eso? ¿O solo estás esperando que se convierta en un problema real para reconocerlo? —su mirada, finalmente, se clavó en la mía, una mezcla de preocupación genuina y frustración—. El equipo de producción está histérico. Sabes el riesgo que implica este tipo de especulación, especialmente en la industria.
La miré, buscando una chispa de malicia, pero solo encontré su preocupación. Ella desvió la vista, centrándose en separar los gajos perfectos de la mandarina.
—No me gusta Olivia —soltó, soltando una verdad tan incómoda como un hueso atorado. Olivia era mi ex. Una relación pública y desastrosa que había tardado meses en enterrar—. Pero al menos con ella, todo el mundo, incluyéndote a ti, sabíamos exactamente tu posición. Era claro, era oficial. Con Luna... no sé si tú misma sabes lo que estás haciendo, Yura. Es diferente.
Respiré profundo, el aire fresco de la mañana no lograba calmar la taquicardia. Me obligué a mirar hacia la calle, medio vacía y húmeda por la noche, y el cielo gris de Seúl a través de la ventana. Busqué un punto fijo, una distracción.
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Editado: 12.01.2026