El silencio de la habitación era denso, inamovible, una cortina pesada que absorbía cualquier sonido. Despertar antes de que el estridente tono de la alarma anunciara el inicio del día no era nuevo para mí, pero esta vez la experiencia se sentía diferente, casi antinatural. No hubo la punzada habitual de una pesadilla reciente, ni el sobresalto por un ruido inesperado en el apartamento contiguo, ni siquiera la vibración de una llamada a deshoras. Solo la sensación inquietante de un corazón que, aunque no acelerado, latía con una cadencia extraña, desfasada. Era como si la conciencia hubiese emergido de un sueño profundo y, aunque el contenido se hubiera evaporado por completo, me dejaba un regusto amargo, un eco sordo y persistente de dolor o pérdida.
Me incorporé con un movimiento lento, casi perezoso, sintiendo el frío de la tela contra mis manos al abrazar mis rodillas contra el pecho. La luz, afuera, apenas comenzaba su lucha contra la noche, una promesa distante de amanecer. Se filtraba por las rendijas de las cortinas blackout en una única línea azulada y espectral que partía el suelo de madera oscura. Aún era demasiado temprano para justificar un despertar completo, pero la idea de volver a sumergirme en el inconsciente, de buscar ese sueño olvidado, era la última cosa que deseaba.
Me sentía completamente desorientada, flotando en un limbo temporal. Era una disociación mental perturbadora, como si mi mente estuviera anclada y funcionando en un lugar y un tiempo distintos –tal vez el de ese sueño– al de mi cuerpo físico. Estiré el brazo y tomé el teléfono que reposaba en la mesita de noche. La pantalla se iluminó, revelando la marea creciente de notificaciones: mensajes de texto de mi mánager, alertas de redes sociales, encabezados de noticias. Ignoré todos y cada uno de ellos. Lo último que necesitaba en mi estado de fragilidad matutina era enfrentarme a lo que Internet, esa bestia de mil cabezas, estuviera diciendo sobre mí, sobre nosotras, el grupo, la situación, el drama.
Con un esfuerzo de voluntad, me puse los auriculares, buscando refugio en la música. Mientras me dirigía al baño y comenzaba mi ritual de cepillado y preparación, mi mente se forzó a enfocarse en lo único tangible e inmediato: la coreografía que debíamos ensayar hoy. El nuevo desafío era monumental: cantar y bailar al máximo nivel de exigencia a la vez. Repasé mentalmente la formación en trío, la distribución de las voces principales, el manejo de las cámaras y la iluminación. Tenía que concentrarme únicamente en eso, en la precisión técnica, en el arte.
Pero en el momento en que intenté visualizarme en la formación central del grupo, la imagen de Yura, o como el mundo ahora la conocía, Bada, se interpuso con una claridad ineludible. No era una imagen hostil, sino una presencia. Una leve, casi imperceptible, presión se instaló en el centro de mi pecho, justo bajo el esternón. Era una sensación de vacío, de desequilibrio. Algo me faltaba o, paradójicamente, me sobraba, y no lograba discernir qué era. La idea de bailar con ella, después de todo el conflicto, se sentía como un precipicio.
Al llegar al estudio de práctica, el enorme espacio con espejos de pared a pared, ella ya estaba allí. La luz fluorescente del techo la bañaba. Estaba de espaldas a mí, frente al espejo, marcando los pasos de la secuencia principal con una lentitud meticulosa. Su cabello, normalmente recogido en una coleta tirante para el ensayo, estaba más suelto hoy, cayendo con naturalidad sobre los hombros. La chaqueta de chándal gris, abierta, dejaba ver una camiseta blanca lisa, sin logos. Parecía serena, una figura de neutralidad, casi imperturbable. Una escultura viviente de concentración.
Cuando me vio, reflejada en el espejo, detuvo el movimiento a mitad de un giro.
—Llegas temprano —constató, sin inflexión en la voz. No era una pregunta, solo una observación.
—Hoy sí —respondí, el monosílabo resonando más fuerte de lo que pretendía en el vasto silencio de la sala.
No intercambiamos ni una palabra más. El aire se hizo más fino entre nosotras. Me dirigí a la esquina más alejada, tomé mi esterilla y comencé mis estiramientos. Ella, sin mirarme de nuevo, regresó al centro de la sala, reanudando la secuencia desde el principio.
A los pocos minutos, con los músculos calientes y la mente despejada, me levanté y me uní al espacio, tomando mi posición designada en la formación central. Ella me observó a través del espejo. Esta vez, su mirada se detuvo un segundo más de lo necesario.
—¿Quieres que ensayemos esta parte juntas? La sección del puente —preguntó. El tono era profesional, limpio, desprovisto de cualquier emoción, pero era una oferta clara.
Asentí. Era la primera vez que una de las dos ofrecía algo de cooperación sin un rastro de sarcasmo o una segunda intención oculta. Un hito silencioso.
Empezamos a marcar la secuencia sin preámbulos. Un, dos... giro de cadera. Tres, cuatro... movimiento de brazos. En el clímax de la sección, cuando la coreografía requería que nuestros hombros se rozaran brevemente en un cruce rápido, un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta los dedos de los pies. No fue el roce incómodo o el nerviosismo que se esperaría de dos personas en conflicto. Fue pura y simple familiaridad, una descarga de reconocimiento.
Mi cuerpo reconoció el movimiento del suyo, el ritmo compartido, la energía sincronizada. Había una sintonía, esa conexión tácita que se establece cuando dos personas bailan como si estuvieran hechas para moverse juntas. Pero yo no recordaba haber bailado así con ella jamás. Nuestro estilo siempre había sido combativo, competitivo.
¿O sí? La pregunta se disparó en mi mente. La idea de un pasado olvidado, de una historia de armonía borrada por el conflicto, me paralizó por un instante. Ella sintió mi vacilación. Sus ojos se encontraron con los míos en el espejo. Una fracción de segundo. Sus ojos, vacíos de emoción aparente, lo decían todo, o nada. Un abismo de conocimiento no verbal se abrió entre nosotras.
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Editado: 12.01.2026