Sunsea

8: Bada

Las luces blancas, intensas y sin piedad, formaban un cerco visual que me interrogaba directamente, buscando la verdad de mi disposición, mi honestidad no solo para la cámara, sino para mí misma. Estaba sentada en el centro de ese universo artificial de estudio, sintiendo el peso de la expectativa.

Frente a la cámara, con el pequeño micrófono oculto bajo el cuello de la sudadera, mantuve una postura que mi cuerpo memorizó años atrás: impecable, casi rígida. Espalda recta, manos elegantemente entrelazadas en el regazo. El parpadeo, solo el esencial, el mínimo indispensable para no parecer una estatua.

—¿Estás lista, Yura? —La voz del entrevistador era profesional, grave, pero con un matiz de curiosidad.

Asentí, mi garganta se había secado justo antes de empezar.

—¿Cómo describirías tu trayectoria como coreógrafa en este proyecto? ¿Ha sido lo que esperabas?

—Exigente e intensa, sí, sin duda. Pero profundamente gratificante —Respondí, buscando las palabras exactas, las que resonaran con la verdad, no con el cliché—. Observar la evolución de las chicas, cómo asimilan cada movimiento, cómo la danza se transforma en algo más profundo que una serie de pasos y figuras; se vuelve una forma de comunicación, de expresión bruta. Esa transformación, ese despertar en ellas, es la única recompensa que necesito.

—Has mencionado la intensidad. Hablemos de las dinámicas. ¿Y la dinámica con Luna? Es un nombre que inevitablemente surge en cualquier conversación sobre el proyecto.

La pregunta era inevitable, pero me obligó a una pausa, un suspiro interno que la cámara, por suerte, no captó. La sonrisa que se dibujó en mis labios fue una mezcla de nostalgia y humor.

—Al principio, un desastre. Éramos polos opuestos, no solo en estilo, sino en temperamento. Nos rechazábamos casi por inercia, por el simple hecho de compartir espacio. Una batalla constante de voluntades —Fui honesta, no tenía sentido endulzar la historia—. Ahora… hemos encontrado una especie de sintonía. Una armonía compleja, difícil, que solo funciona porque ambas estamos dispuestas a ceder el control por un bien mayor. Es la dinámica más extraña que he tenido.

—¿Se conocían de antes de este proyecto?

—Sí, fuimos a la misma preparatoria —Confirmé, el recuerdo de esos años aún vibraba en mi memoria—. Hace mucho de eso. Demasiado.

—¿Y cuál era el nivel de cercanía entre ustedes en aquel entonces?

Mi mirada se perdió por un instante, y la respuesta salió con una suavidad que no pude controlar, cargada de un peso histórico.

—Éramos muy cercanas. Éramos… amigas.

El recuerdo me asaltó con la fuerza de un flashback cálido y familiar. Estábamos en mi habitación, la luz de la lámpara filtrándose suavemente, el ambiente cargado con el olor a sudor y aceite de menta que usábamos para los dolores musculares. Luna, con esa sonrisa traviesa que siempre la hacía parecer una niña en cuerpo de mujer, me preguntó mientras me hacía cosquillas bajo la camiseta después de un ensayo particularmente agotador, sus dedos fríos sobre mi piel caliente:

«¿Amigas? ¿Así me vas a presentar si te lo preguntan en la escuela? O peor, en una entrevista de esas raras que te encantan…»

Levanté la barbilla, deteniendo sus dedos con mi mano, la seriedad simulada en mis ojos.

«Claro que no. Diré que eres mi chica» —Su sonrisa se volvió boba, esa expresión de puro regocijo que derretía cualquier coraza. Ella emitió un sonido satisfecho, un pequeño ronroneo, antes de recompensarme con pequeños besos en los labios, rápidos y fugaces, robados en la oscuridad—. «Mi problema favorito. El que elegí y del que no me puedo deshacer.»

«Cállate» —Me cubrió la boca con la mano, el olor a desinfectante de manos y chicle de canela en su palma, mientras yo reía bajo ella—. «Te quiero demasiado como para golpearte, pero si no dejas de decir esas cosas, te juro que lo haré.»

«Eso lo dices siempre. Es tu amenaza vacía.»

«Porque siempre es la verdad» —Murmuró ella contra mi oído, el calor de su aliento encendiendo una vieja llama.

-—¿Podrías compartir alguna anécdota con ella de esa época? Algo que ilustre esa… cercanía.

No dudé. No fue un acto de valentía calculado, sino una incapacidad total y absoluta de contenerme cuando la memoria de Luna se presentaba tan vívida. Era un torrente.

—Participamos juntas en nuestro primer concurso escolar de danza como equipo. Teníamos catorce años, si no me equivoco —Sonreí con la fuerza del recuerdo, una sonrisa que se sentía como un pequeño temblor—. Fue cualquier cosa menos sencillo.

«Ese paso está mal ejecutado, Sol. El pie de apoyo no está firme» —Le señalé, inclinándome sobre la tablet en el aula de ensayo vacía, golpeando la pantalla para pausar el video. Era medianoche y la frustración nos carcomía.

«Y tú tienes una pésima actitud» —Replicó, rodando los ojos con la exasperación teatral que solo ella dominaba—. «Deja de corregirme como si no supiera bailar. Estamos agotadas.»

«Estás desfasada por dos tiempos, Luna. No es un ataque personal, es técnica, amor» —La palabra se me escapó, un reflejo, y Luna se enderezó como un resorte.

«¡Ah, claro! ¡Porque la gran experta en Corea del Sur, la que lo sabe todo de K-pop y técnica de ballet fusionada, eres tú, ¿no? La que va a conquistar el mundo y olvidarse de esta vida de barrio!»

«Y tú la reina del drama tropical, la que convierte una corrección en un ataque existencial» —Solté sin pensarlo, el cansancio erosionando mi filtro.

«¡Yura!» —La puerta de la sala se abrió de golpe, y las dos nos giramos, congeladas en nuestra postura defensiva. La interrupción era una fuerza de la naturaleza.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.