Eran las 3:41 a.m. y el silencio de la noche se rompía solo por el zumbido de la nevera en la cocina y, más cerca, el eco digital que resonaba en la mente de Olivia. El insomnio, viejo conocido y torturador, la devoraba. Se movía inquieta en la cama, el brillo azul y frío del teléfono iluminando su rostro pálido mientras deslizaba, una y otra vez, el timeline. La pantalla era un espejo de su obsesión: videos, reels y stories de Luna y Yura, inundados de corazones y comentarios frenéticos.
Los mensajes, como pequeñas agujas arrojadas a su alma, eran imposibles de ignorar. “Ya ni disimulan,” leía. “¿Yura ajustándole el moño? Señora, cásese,” se burlaba otro, seguido de emojis de anillo. “¿Lura es real o me estoy proyectando?” El acrónimo, Lura, le quemaba la bilis. Era la combinación perfecta, la simbiosis que ella había intentado—y fallado—en crear.
«Claro que saben cosas. Porque hay cosas que no han dejado de ser», se dijo, sintiendo cómo el resentimiento, esa vieja llama que nunca se extingue, se avivaba en su pecho. El ardor era tal que la obligó a levantarse, dejando la calidez de la cama por el frío suelo de madera.El Santuario de la Culpa
Caminó descalza hasta su pequeño estudio de fotografía. Era un refugio, pero esa noche se sentía más como un mausoleo. Encendió la vieja computadora, cuyo ventilador sonaba como un suspiro cansado. El escritorio estaba limpio, excepto por un solo icono: la carpeta que nunca se atrevió a eliminar, el vestigio tangible de su peor error y su única victoria: “Operación sol”. Era el recuerdo de una estupidez adolescente—o quizá, una maldad fríamente calculada—que había sido su plan para acercarse a Yura.
Al abrirla, la primera imagen que la golpeó fue una captura de pantalla. Yura, sentada en una mesa solitaria en la cafetería universitaria, con la luz de la mañana dorando su pelo. Estaba hablando por teléfono, el rostro suave, casi angelical. El título de la captura, escrito por la propia Olivia, era demoledor: “La Sol de Yura. 07:54 a.m.
—No seas ridícula, Olivia. No puedes simplemente hacerle daño a alguien que ni siquiera conoces —le había espetado Jiyeon, su amiga de entonces, con una mezcla de horror y lástima. Estaban en el mismo estudio, pero hace años, mientras Olivia, con una concentración aterradora, manipulaba la iluminación de las fotos de Yura.
—No es hacerle daño. Es… despejar el camino —respondió Olivia, sin levantar la vista de la pantalla—. ¿Qué sabes tú? Capaz ni la quiere ya. La distancia mata, ¿no?
—¿Tú te estás oyendo? ¿Sabes lo psicópata que suenas? Estás inventando una tragedia.
—No, Jiyeon. No sueno psicópata. Sueno enamorada. Y sé que ella lo vale.
Todo había comenzado un día anodino en el pasillo, un fragmento de conversación robado que se convirtió en el catalizador de la locura. Yura estaba sentada en el suelo, recostada a la pared, con los audífonos puestos. Murmuraba al teléfono, su voz era inusualmente dulce: —No, mi Sol. No es fácil. Yo también quisiera estar allá… No, no con nadie. Solo Jiyeon y otra gente nada importante… ¿Estás celosa? A mí me encanta cuando te pones así.
Olivia apretó el puño, sintiendo la uña clavarse dolorosamente en su palma. Desde ese instante de celos febriles, supo que esperar a ser vista no era una opción. Si quería un espacio en la vida de Yura, lo tomaría. Lo fabricaría.La Maquinaria de la Mentira
El plan se armó con la precisión de un cirujano y la frialdad de un estafador. La pieza clave, y su único cómplice, fue Ren, un compañero de clase con una habilidad prodigiosa para la edición digital y una moral cuestionable.
—¿Ren? —dijo Olivia, su voz sorprendentemente suave y meliflua, una voz desconocida para ella misma.
—Wow. Hace meses que no me hablas, Olivia. ¿Vienes a pedirme fotos o favores? —la voz de Ren era cínica, cansada.
—Lo segundo. Un favor grande.
—¿Otra vez? ¿Qué es ahora? ¿Necesitas que te cambie la nota de un examen?
—No. Necesito que me ayudes a recrear unos mensajes. Solo eso. Nada real. Un montaje —articuló con calma escalofriante—. Quiero que parezca que Yura le escribe a otra persona, a escondidas, mientras está con... su novia.
—¿Para qué demonios quieres hacer eso, Olivia? ¡Es ilegal!
—Porque es justo. Porque ella no sabe lo que vale. Está perdiendo el tiempo con alguien que ni siquiera está aquí, viviendo una vida a miles de kilómetros. Yo estoy aquí.
—Estás mal de la cabeza. Completamente.
—¿Y me vas a ayudar o no, Ren? Dime que no y te dejo en paz. Pero sabes que me debes unas cuantas.
—…Pásame las capturas que quieras editar y las líneas de diálogo. Cuanto más creíble, mejor. Pero ni una palabra a nadie.
Dos semanas después, el perfil falso en Instagram, @sunx_shadow, estaba activo. Fotos suaves de cielos nublados y café, frases melancólicas y poéticas en el feed, y una biografía inquietante, casi profética: "Las cosas verdaderas duelen.
Olivia rastreó a la "Sol" real. Fue sorprendentemente fácil. Una chica de República Dominicana que había comentado en un video de Yura con un simple: "Mi chica brilla desde allá hasta aquí.” El perfil de la chica real, lleno de sol, mar y una sonrisa genuina, contrastaba con el alter ego melancólico que Olivia había creado.
El mensaje fue directo y venenoso:
Hola… perdona que te escriba por aquí. No sé si esto sea apropiado, pero creo que deberías saber algo. Soy amiga de Yura. Y… ella no ha sido del todo honesta contigo.
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Editado: 12.01.2026