Era un día de inverno bastante cálido, algo que me parecía bastante contradictorio, y al mismo tiempo, me tranquilizaba.
Desde la acera donde nos encontrábamos podíamos observar nuestro nuevo hogar; un edificio alto, de al menos cinco pisos, paredes en tono gris, con una puerta doble de vidrio polarizado, árboles cuyos nombres no sabía, pero los cuales con su aroma eliminaban un poco el olor de la ciudad.
No dejaba de ver, oler y querer tocar, porque todo era nuevo para mí.
Y es que era fascinante; los olores se combinaban entre sí, ocasionando que algunos fueran agradables y otros, no tanto; los colores parecían más vividos, y la música que nos rodeaba no era más que los autos acelerando, las llantas rosando con el pavimento y las conversaciones al aire que no lograba entender.
Y entre todo este cúmulo de colores, olores y sonidos nuevos, estaba yo, junto a mi mejor amiga. Era un inicio.
—¿Estás realmente segura?
—Ya estamos aquí, ¿no?
Giró a observarme y tras un asentamiento de cabeza combinado con un suspiro profundo, respondió con su típico tono humorístico:
—Bueno, en eso tienes razón, sería tonto retractarnos cuando hemos cruzado siete ciudades.
Evité reír, aunque si lo llegaba hacer sería más por los nervios que la gracia de su chiste. Nos observamos unos segundos más, su mirada estaba llena de determinación, como si supiera que paso tomar tras el siguiente sin antes haber dado alguno, mientras yo trataba de tomar el coraje suficiente, porque sentía mi cuerpo entero temblar.
—Bien, andando, Ren —dije, sintiendo los hombros rígidos.
El primer paso siempre es el más importante; el pequeño paso tambaleante con el que iniciamos nuestra primera caminata, el primer paso dentro de la escuela, el primer paso a un nuevo trabajo, o el primer paso hacia un nuevo destino, incluso tenemos el icónico primer paso en la luna.
Todos los primeros pasos son importantes, para la humanidad o por nuestra individualidad, porque marcan nuestra valentía y nuestros sueños, nuestras aspiraciones y lo que podemos lograr con solo apoyar el pie en el piso.
Así que ahí estaba yo, apunto de dar mi primer paso glorioso a un camino de ser independiente y una mejor salud mental, la primera caminata hacia un nuevo destino que yo misma había escrito.
O eso creí.
Porque en realidad fue interrumpido y cambiado por un empujón contra mi mejor amiga que casi terminó en mí caída, de no ser por sus reflejos y sus ganas de discutir con cualquier persona.
Escuche el leve quejido de Ren y sus insultos al aire. Moviéndome bruscamente, volvió al ataque.
—¿Qué? —me dio vuelta, observándome con el entrecejo tan fruncido que solo faltaban unos milímetros para que sus cejas colisionaran— ¿Qué mierda, Dai? ¿No sabes caminar?
Con un posible estupor impregnado en la cara, Ren abanico sus pestañas y centro su mirada detrás de mí, y con eso, sus cejas llegaron a tocarse.
—No fue mi culpa —susurré como respuesta vaga, como si ella aún me prestará atención.
—Oye —Ren me empujó— fíjate por donde vas, imbécil.
Con su empujón estuve a la de nada de caer al piso, con pasos estridentes y que casi eran brincos, sostuve mi equilibrio y pude ver detrás de mí.
Un hombre alto, que cubría su cara con una bufanda negra hasta un poco más arriba de la nariz, nos observaba en una expresión difícil de comprender.
—Fíjate tú —respondió con voz amortiguada por la tela sobre su cara.
—Al menos discúlpate —reclamó Ren y yo la sujete por los hombros.
El hombre soltó una risilla. No podía ver a Ren, pero por el aumento en burla de quien tenía enfrente, intuía que tenía una de sus míticas caras. El hombre me miró, elevó el mentón y con una sonrisa arrogante, dirigió sus palabras a mí.
—Dile a tu amiga que no me disculparé, porque no fue mi culpa que ustedes estuvieran mirando fijamente un edificio en una ciudad llena de ellos —acomodo la gorra de su suéter, dio media vuelta, y se marchó dentro del edificio.
Nuestro edificio.
Ren giro a verme, con una cara que denotaba entre impacto e irritabilidad. Elevo las cejas hacia mí en un claro gesto de «dile algo también tú».
Asentí, sintiéndome confiada porque Ren estaba conmigo como respaldo y porque su espalda era lo único de él a la vista. Le saqué mi dedo medio.
Ren suspiro con una sonrisa entre los labios que fue borrada apenas el tipo dio vuelta hacia nosotras.
—¡Miré eso! —toco la puerta con sus nudillos— los vidrios son polarizados, puedo ver su reflejo.
En ese instante abrí la boca, dispuesta a soltar cualquier cosa que me hiciera ver menos tonta, pero no pude, en su lugar, Ren salió a mi rescate.
—¡Vete a la mierda! —grito para después girar a verme— ¿Y ese imbécil quien se cree?
Lo último que vi de aquel chico fue su espalda, una bolsa enorme en sus manos y un maletín colgando de su hombro.
—Bueno —tomé mi maleta, que se había resbalado de las manos por el empujón—, estamos en una ciudad, no podemos esperar a que todos se pongan a cantar y que sean amables como si fuera una película.
Ren tomó sus dos maletas del piso, las sacudió y tras un suspiro me dio su mirada. La mirada que siempre usaba cuando tramaba algo.
—¿Crees que sea nuestro vecino?
—Ren, no.
—Dai, sí —me tomó por los hombros—, si no me dejaste hacerle bromas a tu estúpido exnovio, al menos déjame hacerle alguna bromilla a nuestro posible vecino imbécil.
Cerré mis ojos y dejé caer mi cabeza hacia atrás. Había perdido la cuenta de las veces que evite que la casa de mi exnovio fuera impactada con huevos y otras cosas de las que era mejor no nombrar.
—Renata —comencé el sermón con voz queda—, ¿no se supone que estamos aquí para cambiar?
—¿Debo cambiar mis ganas a que me respeten?
—No, pero dejemos las bromas de lado, hay otras maneras.
—No puedo hacerlo —negó con la cabeza—, las bromas y yo nacimos el mismo día.