Despertar en un lugar en el que no había estado antes había sido estrambótico.
Había observado por un largo tiempo el techo, estirando mi brazo y tratando de tocarlo con las yemas de mis dedos, aunque era imposible.
Estaba muy lejos de mí.
Repasé mentalmente cada fisura de las paredes, tratando de pensar si alguna vez las había visto antes, y quise convencerme de que así era, de que las había visto toda mi vida y era normal que existieran.
Nunca las había visto, en realidad.
Tras esos largos minutos, miré a mi alrededor, y entonces caí en cuenta de mi realidad.
Había huido.
Escape, más de mi misma que de lo que me rodeaba en el pueblo.
El problema era que no importaba cuanto corriera, mi peor enemigo siempre estaría conmigo, susurrándome y recordando lo peor.
Por mucho que muevas tus piernas, no puedes huir de ti mismo.
Pero ahora, no era momento para recordar la manera tan melancólica en la que había despertado, era momento de fijar mi atención en Naoko que iba de un lado a otro.
En sus manos llevaba un termo metálico que manejaba con equilibrio, aunque cada cierto tiempo podía ver como se inclinaba hacia la izquierda. En cada lugar en el que se detenía tomaba algo y lo colocaba dentro de su bolso.
Su mañana era enérgica, mientras tanto Ren estaba a mi lado, tallándose los ojos con cada minuto que pasaba, comencé a bajar sus manos para que dejara de torturarse los párpados..
—Sé que es muy temprano para hablarles de estas cosas —Naoko se detuvo, nos observó maniobrando entre sus pertenencias y ponerse un zapato— y más siendo sábado, pero debo darles las direcciones para que vayan a la cafetería de mi novio.
—Claro, no hay ningún problema —asentí—. Es mejor saberlo para no perdernos.
Ren recostó su cabeza sobre mi hombro, dio pequeños ronquidos falsos.
Tras unos segundos, donde mi vista estaba en Ren, la voz de Naoko salió como un susurro suave, pero al mismo tiempo con demanda de atención.
Quizá no sabía que Ren solo estaba jugando a parecer dormida.
—Debes saber algo importante.
—¿Qué cosa?
—Él vive aquí.
Levanté mi cabeza hacia ella, Ren hizo lo mismo.
—¿Quién? —indagué, dando una mirada de reojo a Ren, quien de manera inmediata se puso al filo del sofá.
—¿Con nosotras?
Tras las palabras de mi mejor amiga, por unos momentos, el silencio dentro del departamento se extendió, tanto que a pesar de estar en el cuarto piso pude escuchar el claxon matutino que pronosticaba un terrible tráfico y un montón de personas molestas.
—No, Nata. Él vive en el mismo edificio que nosotras. Vive aquí.
Elevé mi ceja hacia Naoko, por haber roto el silencio con un apodo que jamás la había escuchado decir y por la expresión de Ren, sabía que estaba acostumbrada a él. O quizá estaba tan molesta que no le importaba como la llamasen.
¿Pero por qué estaría molesta?
—¿Y se supone que eso lo hace menos peor? —bufó Ren.
—Sí, se supone.
El silencio volvió, aunque ahora estaba envuelto en una estancia tensa. Ambas tenían los ojos puestos sobre la otra.
Y yo no dejaba de ver todo desde una perspectiva ignorante. Dónde piezas faltaban. Un montón de ellas.
—¿Alguna de ustedes puede decirme de quién hablan?
Ren giró a verme, llena de su rencor matutino.
—De su novio, obviamente.
—¿De Naoko?
Asintió y tras un suspiro por parte de Naoko, tomó sus cosas y dirigió su vista en conjunto con sus palabras a mí.
—Te mandaré la dirección por mensaje, Dai. Yo ya debo irme.
—Está bien.
Aunque hablé lo más rápido que pude, ella ya se había dado vuelta.
La puerta se escuchó cerrarse. Nuestra roomie se había ido sin despedirse.
Ren soltó sus típicos insultos, pateó el aire y se encogió en su propio lugar, con las piernas envueltas en sus brazos, tocando su pecho.
Observé el departamento, los rayos del sol se asomaron por los ventanales, aunque eran débiles porque las nubes se debatían si debían estar o no.
El día amenazaba con ser más frío de lo que lo había sido ayer por la tarde, cuando llegamos.
No sabía si había sido el silencio que provocaba un sonido blanco en mis oídos o la molestia de no entender lo que había pasado, pero un arrebato surgió y mi boca se abrió, llena de preguntas que no sabía si sacar.
—¿Puedes explicarme qué ha pasado?
—Por el momento no quiero hablar de eso.
Y de manera rápida, me había hecho sumergirme de nuevo en el sonido de la nada. La observé. Su cabeza estaba enterrada entre sus antebrazos, su voz se había escuchado amortiguada, pero, aun así, sería tonto no identificar que estaba molesta.
—Bien, entonces sólo me quedaré aquí. Para hacerte compañía.
Me deslicé por el sofá hasta llegar al piso, sabía perfectamente que sí Ren estaba en ese estado, lo mejor que podía hacer era esperar hasta que ella comenzara hablar, de otra manera podría molestarse. Más.
—No iré.
Habló antes de lo esperado.
—¿No irás?
—Eso acabo de decir —su voz ya no se escuchaba lejana como antes.
—Sí, pero ¿de qué lugar hablas? ¿A dónde no irás?
—A buscar trabajo en esa cafetería.
Gire mi cabeza de inmediato para verla, aunque ella ya lo estaba haciendo.
—¿Por qué?
—No quiero estar en contacto con ese tipo. El novio de Naoko.
—¿Y qué se supone que harás, Renata?
Agitó su cabello con ambas manos, evitó mi mirada, y jugó con sus dedos.
—Buscaré en otro lugar —se encogió de hombros—, es una ciudad grande, debe de haber más trabajos.
—¿Estás segura? ¿Qué harás sí...?
—Yo lo resolveré —se levantó de su lugar, me observó desde arriba, con sus cejas pobladas a punto de tocarse entre ellas—. Todo. Así que no te preocupes.
Asentí, aunque ella no logró apreciar ese gesto porque apenas había terminado de hablar había dado media vuelta, con pasos marcados, se había ido probablemente hacia su habitación.