—Debes confiar más en los nuevos comienzos, Dai.
Ajustó su chaqueta mientras observaba con su típica mueca de molestia el letrero de la cafetería. Como si el gato cíclope le hubiera escupido en la cara.
—Lo dice quien no ha dejado de maldecir desde que se despertó, ¿acaso no estás preocupada? ¿Nerviosa?
—Nah —se encogió de hombros—, preferiría actuar de mala manera para que ese imbécil no me contrate.
—¿Cómo sabes que es un imbécil?
—Lo acabas de confirmar.
La observé, y entre sus labios estaba forjado un «Yo siempre tengo la razón». Quise reír por su actitud, pero el sonido de pies siendo arrastrados me lo impidió.
—Esto pondrá de mal humor a Montse.
—Mal humor es poco, Ren.
Ren y yo giramos a ver a los hombres que hablaban en susurro —aunque realmente estaban gritando simulando susurrar—. Podría apostar todo mi dinero con altas ganas de ganar que Ren ya estaba echando una mirada cargada con su odio mañanero.
—Oigan, estúpidos —los dos hombres observaban a Ren totalmente estupefactos—, no los conozco de nada, así que eviten sus comentarios combinados con mi apodo.
Los dos se observaron entre ellos, lo cual, era gracioso si lo observamos desde un panorama grande.
Uno era más alto que el otro y hacían el esfuerzo por mantener su contacto visual mientras balbuceaban palabras que yo no era capaz de comprender, pero que quizá y ellos sí entendían.
—¡Buenos días! —el ambiente fue roto por el saludo de Eiji.
—El día irá para la mierda —susurro en mi nuca Ren.
—¡Buenos días, Eiji! —dije, tratando de ocultar a Ren detrás de mí.
Los hombres de antes no dejaban de pasar su mirada de mi malhumorada (como siempre) mejor amiga, de mí y Eiji.
—Veo que ahora viene también tu amiga.
Eiji sonrió, a lo que Ren expresó su asco con sonidos simulando el vómito.
—Sí, Ren ya se siente mejor, así que puede presentarse a la entrevista.
—Entonces apenas abramos será la entrevista.
Eiji, al dar media vuelta para abrir las cortinas metálicas, se percató de que ya había dos hombres ahí, abrigados hasta el tope y sosteniendo mochilas. A los segundos de verlos, giro hacia mi, y me señaló.
—Ayer no te pude presentar, así que ellos serán los primeros —sus manos se movieron entre el espacio que había entre ellos y yo—. Son Santiago y Ren, pero a Ren le decimos Panda
El hombre más alto levanto su mano, y pareció sonreír tras su bufanda en color negro.
Así que por eso había dicho Ren. Eiji volvió a hablar.
—Ellos son quienes me ayudan en la cocina, chicos, ella es Dai y nos ayudará en todo lo que tenga que ver con todo en lo que yo soy malo.
—¡Qué alivio! —El chico regordete llamado Ren se acercó a mí. La poca piel que quedaba expuesta por su bufanda tenía manchas rosadas. Tenía vitíligo, quizá por eso le decían «Panda»— ¡Mucho gusto señorita! Es un alivio de que por fin alguien haya aceptado trabajar con Eiji.
—¡Sí! —el chico un poco más pequeño asintió frenéticamente. Santiago—. Nadie quiere trabajar con él.
—¡Paren, paren! —Eiji frunció su ceño, pero a pesar de eso no se veía molesto— ¡Harán que renuncie y ni siquiera ha comenzado a trabajar!
—Ella es Ren —introduje a mi mejor amiga que no hacía más que golpear el piso con su pie mientras tenía los brazos cruzados—. Disculpen por haberles dicho estúpidos, es solo que...
—Lo entiendo —dijo Panda—, es una coincidencia que nos llamemos igual.
—No nos llamamos igual, ¿o acaso te llamas Renata? —apreté el hombro de Ren en una clara advertencia de que dejara de estar tan antipática desde temprano.
Lo peor es que no entendía porqué estaba tan molesta.
¿Habría sido por qué la desperté demasiado temprano?
—No, mi nombre es Ren, pero prefiero que me digan Panda, es mejor —señaló su cara y sus mejillas se elevaron en señal de que sonreía. Me relaje, al menos era una persona que no se tomaba tan en serio las actitudes de los otros.
—A mi me pueden decir Santi—levantó la mano para que le prestáramos atención. Ren estuvo a la nada de decir algo, pero le tape la boca—, o si quieres tu puedes decirme Santiago, estúpido o incluso imbécil.
Sonreí ante los dos. Era un problema menos el tener que cuidar a Ren y sus palabras hirientes.
—Cambiando de tema —le presté atención a Eiji, quien observaba a Santi y Panda— ¿Dónde está Montse? —se agacho para quitar el candado de la cortina metálica del lugar.
—¡Aquí estoy! —una chica con anteojos se acercó a nosotros, trotando—. El tráfico se puso horrible.
Su expresión alegre se fue y en lugar de saludarnos, nos observó a Ren y a mí, de pies a cabeza para después levantar una ceja.
—Aún no abrimos ¿Se les ofrece algo?
Ren y Santi se acercaron rápidamente a ella.
—¡La castaña es la que nos ayudará en lo que Eiji no sabe hacer! —Panda hizo un intento de susurro que terminó siendo casi un grito.
—¡Sí! —Santi volvió a asentir—. Apenas la contrató Eiji ayer que faltaste a trabajar.
—¿Y la otra? —elevó sus cejas en dirección a Ren.
De inmediato, gire a verla, esperando que tuviera la misma expresión que solía tener en secundaría cuando alguien creía tener mayor autoridad, pero en su lugar, estaba tranquila. Incluso, con una sonrisa en su cara.
—Viene por el puesto de mesera —Eiji se metió en la conversación desde el piso. Tratando de abrir el candado.
—¡¿Y por qué no me dijeron?! —Montse gritó hacia los chicos mientras su mirada estaba en nosotras—. Pensé que era una de esas clientas intensas que llegan mucho antes de abrir.
—No preguntaste —dijo en un susurro Santi a lo que Montse casi se tiraba encima para golpearlo. Ahogue mí risa y escuché el resoplido lleno de diversión de Ren.
—¡Bien, bien! —Eiji se levantó del piso—. Va de nuevo —se aproximó a mí, me tomó por los hombros, colocándome frente a todos—. Ella es Dai Okumura y nos ayudará en todo lo que tenga que ver con la administración de la cafetería. Dai, ellos son los chicos que me ayudan en la cocina, Santiago y Panda, y ella es Montserrat —señaló con su mano a la chica—. Es una de las meseras.