Sunshine

Capítulo 4. Parte I.

El destino es una consecuencia, no un camino predilecto.
Eso es algo que aprendí poco a poco.
El destino estaba construido por pequeñas consecuencias dadas por las decisiones que se tomaban. Nada más. Nada místico detrás de eso.

Solo consecuencias.

Así que, comprendiendo eso, llegué a una conclusión: tomaba malas decisiones. Pésimas, en realidad.
Y una de ellas había sido aceptar el ser administradora de una cafetería que casi no había sido administrada, porque ahora, estaba con una tonelada de hojas sobre el escritorio y dos tazas que antes habían contenido café.

Lo único bueno, era la hora.

Eran las siete de la noche y con ello mi turno había finalizado, mi primer día.
Y con ese primer turno había tenido suficiente para una bienvenida; mis ojos ardían porque casi no parpadee, mi cuello dolía cada que lo giraba y mis muñecas cada que las movía. Nunca había tenido tanto dolor físico en mi vida.

Los golpes en la puerta hicieron que dejara de enumerar mentalmente mis malestares.

—¿Sí? ¿Qué sucede?

La puerta fue abierta por Yuuma. Tenía una sonrisa tensa sobre los labios y me sentí avergonzada por recordar nuestro primer encuentro.

—Perdón por interrumpir. Es solo que ya estamos por cerrar...

Dejó las palabras descansando en el aire. movía los labios, como si estuviera procesando que palabras debían seguir de la otra.
Eleve mis cejas a la espera de que siguiera hablando, cuando asintió y parecía satisfecho, fue empujado, terminando en el piso y dando un grito fuerte. Arrastré mi silla soltando un chillido por la impresión.

—Yuuma, ¿estas...?

—¡Te haremos una fiesta de bienvenida! —mis palabras fueron interrumpidas por una castaña que no había visto antes— ¡Vayamos a la terraza!

Antes de poder darle una respuesta, pasó por encima de Yuuma, corriendo, hasta llegar a mí y tomarme de la mano.

— ¡Vamos, Vamos! —tiro de mi y con su pie dio un pequeño golpe al costado de Yuuma— ¡Apúrate a limpiar esas mesas!

—¿Qué? ¡Espera, se supone que esta vez me ayudarías!

La castaña avanzó con rapidez mientras reía a carcajadas, y aún con sus risas estridentes rebotando por el aire, me cuestioné el hecho de que quien no me había ido a buscar había sido Ren. Con una firmeza que no sabía de dónde había sacado, la detuve.

—Espera, ¿dónde está Ren? Dime que no se ha ido, por favor.

—¿Ren? —preguntó— ¿La chica antipática?

—Sí, esa.

—Esa chica estaba más entusiasmada por la fiesta que nosotros mismos. No se fue. Está arriba.

Fruncí el ceño ante su respuesta.
¿Ren emocionada por una fiesta? ¿La misma persona que la última fiesta a la que había ido fue a los diez años?
Quizá no habláramos de la misma Ren.

—¿Estamos hablando de la misma mujer de cabello negro, delineado creativo y maquillaje cargado en tonos oscuros? ¿La misma?

—Segura —asintió repetidas veces—, se llama igual que Panda, pero jamás podría confundirlos. Panda no maldice cada cinco minutos.

—Entonces si hablamos de la misma persona.

—Que sí, venga, ya vámonos.

La seguí por la escalera en forma de caracol, esta vez sin detenerme, o más bien un intento de eso, porque fueron más las veces que había resbalado por los angostos escalones que de lo que avanzábamos, pero al final ambas logramos llegar a la azotea. Ilesas.

El sol ya no estaba, en su lugar estaba el cielo despejado de la noche; las estrellas esparcidas y el viento frío que soplaba con suavidad. Las luces de la ciudad que estaban encendidas por todas partes y el diferente tipo de música que se mezclaba, todo eso admirado desde la terraza.
La terraza no era un espacio enorme ni muy pequeño, y observando todo con lentitud, me percaté de que era aún menos el espacio por culpa de las macetas repartidas por todo el lugar, aunque muchas de las plantas ya estaban secas.

—¡Ava, Dai! —Panda gritó, la chica que me llevaba del antebrazo elevo su mano libre— ¡Por fin llegan!

—¡Ni que hubiera tardado mucho! —la energética castaña giró hacia mí con una sonrisa enorme, soltándome—. Me llamo Ava, se me olvido presentarme.

—Dai —sonreí.

Tras escucharme, volvió a tomarme con firmeza del brazo, y de nueva cuenta me llevó por donde ella quería, esta vez, hacia una esquina de la terraza, donde por fin pude observar a Ren, hablando con Montse.

—¡Chicas!

Ambas nos observaron durante unos segundos, examinándonos y tras darse una mirada entre ellas, se dirigieron hacia nosotras con paso tranquilo. La mirada de Montse estaba puesta en Ava.

—Quería tener un momento de paz ¿Sabías?

—¡Montse, no seas aguafiestas! —Ava dio un pisotón, que por unos milímetros mi pie se salvó— Hay que comer.

Ava ahora había tomado el brazo de Montse y la llevaba de la misma manera que me había estado llevando a mí. Ambas se alejaron a la única mesa del lugar.

—¿Por qué no fuiste a buscarme? —le cuestioné a Ren.

—Estaba cansada.

—En ese caso te hubieras ido al departamento, pero estás aquí —gire a verla, pero ella no me veía—, ¿este es el cambio que querías, Ren?

—Quizá —ladeó su cara para poder verme con la ceja elevada—, ¿te molesta o por qué tanto énfasis?

—Es solo curiosidad —agité mi mano al aire—, me da curiosidad saber qué es lo que harás con esta nueva oportunidad.

—Hablaremos de eso después —suspiro para después ver hacia el frente—, ambas tenemos muchos temas de qué hablar.

Ren no espero mi respuesta, en su lugar, entrelazo su brazo con el mío, mientras su cara se mantenía de esa manera en la que te hace pensar que nada le afectaría.

Me preguntaba si realmente nada le afectaba.

La mesa donde Ava tenía una conversación unilateral con Montse tenía pequeños pasteles adornados con mango y otros con fresas. El solo verlos hacía que sintiera mí lengua desesperarse por probarlos. Eran los que más se vendían en la cafetería.

—Ya llegaron —Ava mencionó , colocando sus ojos en nosotras—, ¿cómo se sintieron en su primer día?



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En el texto hay: comedia romantica, romance

Editado: 09.03.2026

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