El invierno estaba en una etapa extraña.
Una etapa donde se encontraba indeciso. En el que en un momento del día podía estar con una temperatura cálida para después caer rápidamente a un frío intenso. Un momento del día que yo experimentaba más de lo que me agradaba. Así que pasaba mis dedos entre mis cabellos, tratando de hacer que la punta de estos adquirieran movimiento y dejarán de estar rígidos. Fue ahí cuando unos golpecitos llamaron mi atención y mi voz dejó entrar a quien tocaba la puerta.
—Supongo que ya estás libre.
Megumi entró con una postura tímida, encogiéndose en sí mismo y dejando que la puerta se cerrará con lentitud, aunque su cuerpo hacía esos movimientos, su cara rebosaba de su sonrisa arrogante.
—Quiero pensar que no has olvidado lo de hoy.
—¿Cómo se supone que lo olvidaría? —eleve mi celular, agitándolo un poco en el proceso— No has dejado de recordarmelo en toda la semana.
—Lo siento —se encogió de hombros—, me pone nervioso salir con alguien nuevo. Siempre pienso que olvidaran los planes.
Sonreí sin realmente saber cómo reaccionar o qué decir. Durante toda mi vida mis planes se reducían ir con Ren al parque y a lo mucho salir con mi ex novio, quien vivía a unas cuantas casas de la mía.
Jamás había sentido ese nerviosismo.
—No debes preocuparte, a mi nunca se me olvidaría un plan así.
—Trataré de recordarlo
Tras sonreírnos mutuamente, señaló la puerta.
—¿Quieres ir caminando o en mi auto?
—Caminando. La galería no queda lejos.
Con un ligero asentimiento de cabeza, ambos nos dirigimos hacia la salida de la cafetería, despidiéndonos de todos solo con un leve movimiento de mano. Estaban ocupados.
Caminábamos en silencio. Megumi no hacía más que observar hacia el frente y yo no pude más que ver a la ciudad, porque con cada nueva mirada que daba siempre descubría detalles que se me habían pasado por alto.
Y eso me fascinaba.
Los edificios, relucientes, que de haber estado soleado los reflejos del sol me hubieran obligado a cerrar los ojos. El cielo, que al amanecer había estado en un tono azulado, haciéndome creer que el clima sería mejor ese día, se encontraba entre tonalidades grises, dejando ver que la noche sería peor. Los anuncios, que a pesar de ser de día, gracias al clima, se veían más intensos. Los peatones y su furgor del sábado, cada día era distinto y cada que salía jamás me topaba con una persona de días anteriores, siempre eran nuevas caras.
Todo aquello, aunque ya visto por mí en estos días, me seguían pareciendo interesantes, pero, sin lugar a dudas, ninguno de ellos gozaban de una gran presencia de haberse tratado de una comparación de ellos contra los intentos de Megumi para evitar la incomodidad inexistente entre nosotros.
—¿Qué tal tu primera semana en esta ciudad?
—Ha sido genial —respondí mientras trataba de esquivar a las personas que pasaban a un lado de mi—. Aunque aún no me acostumbro al ritmo que tienen todos aquí.
—No tienes mucho tiempo en la ciudad. Así que supongo que en unos meses más serás toda una citadina y podrás moverte con total libertad.
Lo observé, en su rostro estaba su sonrisa altanera. Un gesto que había comenzado a comprender que era de burla.
—Y quizá tú dejes de ser un libertino.
Ambos paramos en el cruce, esperando al cambio de luz para cruzar la calle. Su mirada era intensa y su silencio prolongado.
—Auch, ¿aún crees eso de mí? Creo que las cosas no se dieron como deberían ser.
—Es solo que tienes la pinta.
Cruzamos la calle y en el camino no dejo de observarme de reojo hasta que, con algo parecido a molestia en su tono, hizo una pregunta.
—¿Qué es lo que hace un libertino?
—Pedir números cuando no conoces a la otra persona es una de ellas.
—Bien —asintió—, ¿qué más?
—Hablarle con confianza a una chica que solo has visto contadas veces.
A pesar del ruido, se mantuvo atento a mi, escuchando mi crítica hacia él.
—Pensé que ya éramos amigos —se encogió de hombros—, pero dime, ¿qué más?
—Tienes ese aire raro.
—¿Aire raro?
—Ajá, vistes de negro, tienes el cabello negro y tienes un auto clásico negro, ¿debo darte más características? Desde lejos te ves como el típico bad boy de las películas.
—Solo eres prejuiciosa —río de manera baja.
No sabía si su risa era ironía, molestia o si realmente le daba gracia.
—¿Y tú no lo eres? ¿No juzgas a alguien al verlo?
Habíamos llegado a las escaleras de la galería, Megumi se subió al primer escalón para girar hacia mí, viéndome atentamente.
—Supongo que lo soy, pero no tanto.
—¿Qué pensaste de mí cuando me viste? La primera vez.
—No hay tiempo para hablar de eso.