Todo parecía ir mejor.
El inicio de la primavera había llegado. Comenzó golpeando la puerta con sus flores nacidas de las pocas ramas de los árboles y sus colores vibrantes estancados en cada esquina a la que viera, y yo sólo observaba, con los ojos bien abiertos y pestañeos lentos, porque no quería perderme ni un sólo segundo de nada. Ni los colores, sensaciones ni olores. Y aunque mis noches habían dejado de ser tan frías gracias al viento cálido de la primavera, en algunas de ellas aún me tenía que sostener a mi misma, ahogar mis lágrimas y esconder al día siguiente mi corazón que seguía roto.
Seguía sin entender porque mi cabeza recordaba cosas que ya habían pasado, cosas que había sepultado en lo más profundo de mi ser. Aunque suponía que así es cuando tratas de sanarte a ti mismo en silencio.
Solo me quedaba repetirme las palabras que siempre me decía a mi misma, cada que mi cabeza chocaba con la almohada.
Todo estará bien, Dai. Tarde o temprano. Estarás bien.
Pero había ocasiones en las que no necesitaba estar en mi cama para recordarme ese pequeño juramento. Era siempre que las ganas de llorar me embriagaban y mi cabeza me suplicaba que el tiempo se detuviera para recuperarme y seguir corriendo.
Justo como en este momento.
Era martes. Un día catalogado como tranquilo, donde el habitual ruido que se lograba escuchar los fines de semana era apagado por los murmullos aburridos de un día pesado para la ciudad, era como un zumbido mezclado de canciones en tono bajo y conversaciones a oreja.
Todo aquello no dejaba más que una puerta abierta para sumergirme en el pasado y el recordatorio de que no estaba bien. Que no me sentía como quería sentirme. Mis sentimientos eran acompañados con música, que solo buscaba mitigar mis sensaciones.
La canción del momento se reproducía en tono bajo, pero lo suficiente para elevarse dentro de las cuatro paredes que me rodeaban. La tonada llegaba hasta mí, intensa y satisfactoria, que me llenaba de felicidad y lograba que golpeara con las yemas de mis dedos mis muslos, en un intento absurdo —y nada parecido— de seguir el ritmo de la canción.
Entre mis golpeteos y la sensación de quebrarme en cualquier momento, las palabras que había utilizado Megumi para completar mi teoría llegaron de nuevo a mi cabeza, como lo habían estado haciendo en las últimas semanas.
Conexiones rotas.
Un momento en el futuro, un enlace que aún no estaba fabricado por las decisiones que faltaban por tomar.
Y eso solo desataba un pensamiento en mí.
¿Cuántas conexiones más tendría en la vida?
Estaba segura de algo. Conocería más personas, más lugares, más colores y olores. Y así como conocería a nuevas personas, también rompería otras relaciones.
Pero, ¿cuándo rompería relaciones? ¿Y con qué personas rompería mis conexiones? Ahora me había generado un nuevo temor.
—¿Estás bien?
El sonido de su voz me tomo por imprevisto. Su cabeza se asomaba de manera insegura por la puerta. A la espera de quizá darle permiso a que entrara completamente.
—¿Qué?
—¿Puedo pasar?
Solo necesitó que le dijera un pequeño sí para pararse rápidamente frente a mi. Sin importarle mi mirada llena de preguntas.
—¿Estás bien?
Volvió a preguntar, pero esta vez, en lugar de decirlo alarmado, pareció más relajado, casi con una voz aterciopelada.
—Sí. Lo estoy.
—¿Estás segura?
Asentí, poco convencida, a lo que él solo pudo resoplar y sentarse en el sillón que ya había reclamado como suyo en estas semanas que habían pasado.
—Sí no te sientes bien, deberías decirlo.
—¿No te aburrirás por siempre escuchar mis quejidos?
—¿Debería? —Extendió en su rostro una sonrisa socarrona que desapareció a los segundos— No tengo ni una razón para pedirte que dejes de hablarme, así que…
Asentí lentamente ante su intensa mirada. Solo pensaba como podía digerir mis ideas y el cómo formular mis oraciones para ser entendida de manera correcta. Porque no importaba lo mucho que Megumi se esforzará, o por lo bien que congeniamos, al final, él era un hombre.
—Bueno, a veces tengo estos pensamientos.
—¿Cuáles?
—De arrepentimiento, es decir, no como tal, pero, cuando menos lo quiero pienso en posibilidades.
—¿Posibilidades?
—De cuando terminas una relación. Tuve una relación muy difícil, así que no es raro tener momentos melancólicos, ¿no? A veces pienso que las cosas no hubieran sido de tal manera o que todo es mi culpa.
—¿Culpa?
—Sí —susurré—. Tal vez sí, no sé, no me hubiera cegado de amor, no me habría hecho tanto daño, o si hubiera prestado más atención hubiéramos podido resolver todo más fácil y quién sabe, ahora nosotros, él y yo… sólo soy una imbécil.
—No. Dai, detente.
No puedo evitar este tipo de pensamientos. Por más que quiera. Solo somos la culpa, el arrepentimiento y yo en una sola habitación.