El golpeteo de la lluvia contra los ventanales era un murmullo distante, casi imperceptible para mi, que mis pensamientos estaban más concentrados en lo que pasaba entre las paredes que me rodeaban y el impertinente sentimiento de lo que habría querido experimentar esa tarde, pero que no había ocurrido.
—Al final, no sirvió de nada salir temprano del trabajo —murmuré, estrujando mi cabello contra la toalla casi empapada—, terminamos encerrados de igual forma.
—Debimos suponerlo —la voz de Ava sonaba amortiguada, como si su toalla estuviera encima de su cara—. Estamos en temporada de lluvias.
—Sí, además —Yumma elevó su voz. Quizá seguía cerca de la puerta, por lo lejano que se escuchaba su voz—, desde hace una semana se había anunciado que llovería.
Por unos segundos nos quedamos todos en silencio, quizá habían pensado lo mismo que yo: «¿por qué no nos dijo nada?»
—¿Y pensaste que era buena idea no mencionarlo a pesar de haber escuchado el plan? —A pesar de lo fuerte que aporreaba la lluvia afuera, la voz de Megumi se seguía escuchando. Fuerte. Estable.— Pudimos ahorrarnos el mojarnos.
—¿Cuántas veces has escuchado que los noticieros digan la verdad? Porque yo ninguna, así que no iba a creerles ni en esta.
La poca visibilidad que había en el ambiente no me había dejado apreciar el gesto que había hecho Megumi, pero aún así, podía adivinar que estaba dándole una mirada llena de exasperación hacia donde sea que se encontrara Yuuma. Tras el silencio, Megumi se desplazó de un lado a otro.
—Sacrifique mucho para esta salida —Megumi complementó sus quejas anteriores mientras se detenía de manera súbita y se dejaba caer contra la parte lateral del sillón—, ¿sabes que favor tendré que hacerle a Eiji a cambio por haber cerrado temprano?
—Ni idea —le respondió Yumma.
Megumi suspiro, agotado, agitó su mano al aire, terminando la conversación. Tomé esa oportunidad de distracción de su parte para sentarme a su lado. Coloque mi mano sobre su hombro para llamar su atención, aunque me arrepentí al sentir su ropa mojada.
—¿Qué favor le harás? —pregunté pronunciando las palabras de manera floja, sin querer mostrarme preocupada.
—Voy a ayudarle a Eiji a planear un campamento.
—¿Campamento?
—Sí. Por el aniversario de la cafetería —deslizó por su cabello la toalla que colgaba sobre sus hombros—. Eiji siempre hace una fiesta en cada aniversario. Siempre suele hacerlas a lo grande, pero le da mucho trabajo.
—Entonces, a cambio de salir temprano hoy, organizaras el campamento.
Asintió un poco antes de elevar su tono de voz sobre los truenos.
—En realidad había dicho que me haría cargo de organizar la fiesta, pero como no soy de fiestas, le propuse un campamento, solo con las personas más cercanas a la cafetería.
—Claro, no de fiestas.
Ironice rodando los ojos aunque sabía que él no me veía.
—Lo de esa vez es un secreto entre tu y yo, ¿no?
—Lo es. Y si ignoramos ese secreto. Tiene sentido, un campamento es un lugar donde no habrá tanto ruido.
—O donde pueda esconderme si se ponen de insoportables.
Recosté más mi espalda contra el sillón y traté de imaginarme una escena agradable en una cabaña lejana a la ciudad. En soledad.
¿Así no comenzaban las películas famosas de terror?
—Un campamento —repetí en un susurro, en un absurdo intento de disolver mis escenarios ficticios—, será interesante.
—Te gustará —colocó su pierna sobre la mía, obligándome a estirarme más—, será tu mejor fin de semana.
—¿Sólo porque lo organizas tú? —enfunde mis palabras en sarcasmo— Eres demasiado confiado.
Soltó un soplido que interprete como gracia. Prefería pensar que mis palabras le causaban risa en lugar de desagrado.
—No soy confiado. Te estoy haciendo una promesa.
Tomo mi mano y la posiciono sobre su pecho, donde los latidos de su corazón podían sentirse, a pesar de la toalla que lo envolvía y la ropa empapada que se ajustaba más a él. Fruncí el ceño con extrañeza, pues no entendía cómo había sabido dónde estaba mi mano con aquella exactitud. La sala estaba prácticamente a oscuras, el tintineo de las velas que estaban dispersas por la sala de estar era lo más cercano que teníamos como luz, y aunque en ocasiones los relámpagos obsequiaban una mejor vista de lo que tenía enfrente, no terminaba de creer en ellas como una buena fuente. Así que no pude evitar pensar en una razón por la cual había ubicado mi mano y al mismo tiempo quería dar una carcajada en compañía de un «¿No se suponía que no eras un libertino?».
—¿Una promesa, para qué? —pronuncie con dificultad— No seas extremista.
—Porque siento que será algo importante.
Inclinó su cabeza un poco más hacia mí, quizá con la intención de que lo escuchará mejor, aunque era imposible no poner toda mi atención en él.
Sus respiraciones contra mi mejilla, los escalofríos que me envolvían de pies a cabeza y las pequeñas gotas cayendo de su cabello directo en mis piernas. Sin importar el sonido de las carcajadas, los truenos que se escuchaban cada tanto y las peleas fortuitas que nos rodeaban.