El día que más esperaba en la semana era mi día de descanso. Momento donde podía pasar el mayor tiempo posible sola, sin hacer gran cosa.
Aunque esto se había visto interrumpido por la aparición de Megumi.
Eran las diez de la mañana y él estaba en mi puerta, vestido como siempre solía estar; con unos jeans deslavados y una camiseta negra.
—Hola —dijo mientras una sonrisa estaba en sus labios.
—Hola. Fuiste muy puntual.
—No es como si viviera demasiado lejos de ti, ¿lo sabías?
—Lo sé, pero pudiste no verte tan desesperado por salir, ¿es tan malo estar en tu casa?
—Aburrido, en realidad.
—Bueno, tienes suerte de tenerme como amiga —Cerré la puerta de manera lenta, evitando hacer ruido—. Soy divertida.
—Claro que lo eres —sus ojos rodaron mientras mostraba una sonrisa— ¿Ya estás lista?
—Sí. Estoy lista.
Megumi me señaló hacía las escaleras, con una ceja en alto solo pude abrir los labios para sacar de ellos una pregunta.
—¿Escaleras?
—Le tienes miedo a los ascensores ¿No?
—Sí. Así es
Nos observamos por unos segundos, pero ni él ni yo dijo nada. Así que solo caminamos escaleras abajo.
Paso tras paso solo pude observar los escalones y una idea absurda pasó por mi mente, que deseché lo más rápido posible.
Él no podía tener esos sentimientos hacia mi.
Y yo jamás me permitiría tenerlos.
Por unos momentos me pareció que Megumi aceleraba sus pasos, y fue así, pues de un segundo a otro, yo me encontraba dos escalones detrás de él. Fue ahí cuando decidí hablar.
—¿Te molesta?
—¿Qué cosa?
—El tener que usar las escaleras, sólo por mi comodidad.
—Claramente no lo hago por tu comodidad.
—¿No?
—Claro que no, necesito hacer ejercicio.
—Ah, ya.
Mi cerebro se tranquilizó, la ridícula idea de sus posibles sentimientos románticos hacia mi fueron triturados por sus palabras.
—He estado pensando.
—¿En qué cosa?
—En lo de anoche, lo que Yumma te dijo. Nunca lo había escuchado llamarte por ese apodo.
Megumi detuvo sus pasos, estuve a nada de golpearme contra él. Tomó unos segundos en que su voz con la respuesta llegará.
—Es porque les pedí que no me dijeran más por ese apodo, pero al parecer ya se le olvido.
—¿Por qué ya no pueden llamarte por ese apodo? ¿Ni siquiera yo?
Tomé aire de manera profunda, solo anhelaba que termináramos de bajar las escaleras de una vez por todas, porque mis pulmones ardían y mis piernas comenzaban a doler.
—No. Nadie debería llamarme por ese apodo, ni siquiera tú.
—¿Por?
Giro a verme, parecía irritado por la manera en la que me observaba y la forma en la que sus labios se presionaban entre sí.
—Dai, haces demasiadas preguntas.
—¿Pero si vas a decirme o no? —Su mirada se volvió más obvia en su irritabilidad— Lo siento.
—Es porque lo odio —Dijo suspirando— Mi ex novia me puso ese apodo, y desde que todos la escucharon decirme de esa manera no han parado.
—Entiendo.
—Quiero dejar esa etapa atrás, ya no tengo motivos para seguir ahí.
De nueva cuenta dio media vuelta y siguió su camino descendiendo.
Tras unos segundos donde medité, solté mi idea, aunque al inicio la había soltado en un susurro, la segunda vez, cuando sus pasos se detuvieron por un milisegundo, volvía a decirla, pero ahora en mayor voz.
—¿Y si te pongo otro?
—¿Otro apodo?
—Sí, soy tu amiga, es más fácil digerirlo ¿no?
—Podría ser, ¿cuál es tu idea?
Por fin habíamos llegado al primer piso, donde ambos recuperamos el aliento.
—¿Qué te parece Gumi?
Aquel apodo salió de mis labios de manera suave para terminar en una sonrisa llena de diversión al notar que su cara se había llenado de sorpresa.
—¿Gumi? —volvió a hablar después de mucho tiempo.
—Sí, es lo mejor que se me ocurrió, pero si me das algo de tiempo.
—No —me interrumpió—, es perfecto.
—¿Seguro?
Mi voz se había inundado de duda, pues había sido una mera broma y no un pensamiento con veracidad.
—Pero me parece un poco injusto, ¿no crees?
Con cada paso que daba para acercarse hacia mi, yo daba otros hacia atrás, tratando de evitarlo, pero no pude hacerlo más cuando mi cuerpo fue golpeado contra lo que parecía ser la pared.