Abril ya había llegado, y como suele ser siempre en ese mes, el ambiente era una mezcla extraña de temperaturas, el transcurso del día era cálido, pero en la noche el clima se tornaba frío, llegando algunas veces a llover.
Y hoy no era la excepción.
—¿Puedo pasar? —era la voz de Megumi.
—Claro, pasa.
Megumi entro a mi oficina, su cabello estaba pegado a su frente, pequeñas gotas caían de sus mechones, en sus manos tenía una toalla.
—¿Qué te pasó?
—Está lloviendo afuera.
—¿En serio? No me di cuenta.
—Hace como una hora comenzó a llover, lo peor es que probablemente toda la noche lloverá —él suspiro mientras se sentaba en la silla delante de mi escritorio.
—Demonios, odio la lluvia.
—¿Por qué? Es genial —me respondió con burla.
—Bueno, mi cabello suele esponjarse con las lluvias y es desesperante.
—Eso explica tu cabello —colocó una de sus manos en su boca, tratando de contener su risa.
Fruncí mi ceño llevando mis manos a mi cabeza y sentí lo esponjoso que se encontraba mi cabello, sintiéndome irritada tomé una liga para sujetar mi cabello en una trenza, aunque era bastante pequeña debido a que mi cabello muy apenas sobrepasaba mis hombros.
—¿Ves? La humedad es horrible.
—Para ti si —se encogió de hombros con aquella burlona sonrisa en sus labios.
Entreabrí mis labios dispuesta a seguir aquella riña amistosa como siempre solíamos hacer, pero mi estómago hizo ruidos haciéndole saber a Megumi que estaba hambrienta.
—¿No has comido?
—No —sujete mi barriga entre mis brazos, como si así pudiera callar los ruidos—. Hoy fue un día muy ocupado, sólo desayune.
—Entonces iré por comida, ya vuelvo.
Megumi se dirigió hacia la puerta con la toalla reposando sobre sus hombros, no me pregunto qué quería, sólo salió.
Me removí en mi asiento sintiéndome incómoda. El silencio en mi oficina me molestaba y no hablar de aquella sensación odiosa de la combinación de la humedad con el calor, simplemente parecía ser un día horrible, lo único bueno es que sólo me quedaba una hora para poder salir del trabajo.
Habían transcurrido algunos minutos cuando Megumi volvió a entrar por mi puerta con su cabello ahora totalmente seco e igual de desproporcionado y un tanto esponjoso como siempre solía traerlo, sus ojos verdes me observaban mientras en sus manos había dos platos con lasaña.
—Traje lasaña, te gusta ¿no? Sueles comerla mucho.
—Sí me gusta, gracias.
Colocó los platos en el escritorio mientras yo quitaba y acomodaba algunas cosas para que no nos molestara.
Desde que era pequeña siempre me sentía marginada de los demás, mi madre no me prestaba atención y cuando lo hacía era sólo para hacerme menos. Durante mi relación con Ryuu a este solo le importaba él mismo, nunca quiso escucharme, le parecía patética, cada palabra que salía de mí, cada sueño y sentimiento no eran importantes, yo lo escuchaba atentamente, siempre, sin importar la hora, sin importar que me acabará de insultar o incluso me interrumpiera de hablar, aun así lo escuchaba. Ren solía escucharme, aunque algunas veces solía sentir que realmente no lo hacía, y siempre parecía distante a mí, pero sabía que estaría ahí.
Las amistades que estaba forjando me hicieron ver otro mundo, otro lugar, otros colores y sabores, me estaban demostrando que mis sueños, aunque se escucharan imposibles por mi edad y porque mi etapa de decisiones para un futuro había pasado aún podían retomar aquello, pero Megumi… Megumi estaba conectando más conmigo, sentía que un lazo nos estaba envolviendo a ambos, algo que siempre quise.
—Eiji me dijo que tenías botellas de agua aquí.
—¿Hay botellas de agua aquí?
Megumi me observó un poco incrédulo por lo que dije, a paso lento se acercó a un pequeño refrigerador en una esquina, refrigerador que no había notado todo el tiempo que llevaba trabajando.
—No sabía que había eso —me reí de mi misma.
—Lo hay, Eiji dijo que siempre viene a rellenarlo los domingos.
—Y yo que siempre me estoy muriendo de sed.
Colocó frente a mí una botella de agua que parecía estar casi congelada, inmediatamente la tomé, mi lengua se sentía seca.
Como solíamos hacer siempre comimos en total silencio prestándole totalmente nuestra atención a la comida y deleitando nuestros paladares con la mezcla de pasta y carne, especias y demás ingredientes utilizados para hacerla, amaba demasiado la comida de la cafetería.
Al terminar de comer Megumi y yo recogimos todo para dejar la oficina totalmente limpia, mi turno del trabajo ya había terminado, la cafetería estaba a nada de cerrar. Recogí mis cosas dispuesta a pararme para decirle a Megumi que nos veríamos otro día, pero habló.
—¿No te gustaría ir a caminar por ahí?
—Está lloviendo.
—¿Y?
—Nos podemos mojar.
—Eiji tiene algunos paraguas escondidos aquí, nos los llevamos.
—¿Eso no sería robar? —reí.
—No sí lo regresamos después.