Supay: El Arte es Vida.

Parte I.

San Juan de Lurigancho, Lima.
10 de Canto Grande. Jirón Arabaya,
16 de octubre de 2070.
20:07 de la Noche

Las noches en Lima eran un mecanismo que varias personas tendian a tocar y muchos a Ignorar. Aquello funcionaba por acumulación de mil conversaciones a media voz en una misma manzana, radios con parlantes cansados repitiendo el mismo coro, mototaxis que aceleraban para no quedarse expuestas, vendedores que elegían la oscuridad como horario porque la oscuridad era el horario de todos. Y esque en aquel distrito de Lima ese mecanismo se volvía denso. No por un tema Folclórico, sino por número de viandantes que caminaba de aquí para allá. A esa hora, el 10 de Canto Grande no tenía un “sonido” propio sino capas del mismo: el hilo agudo de una cumbia saliendo de una bodega, el zumbido grave de los carros en la vía cercana, un grito suelto que nadie contestaba, el arrastre metálico de una reja, el golpe de una pelota contra una pared. A eso, se sumaba un ruido mucho más disonante, el de los gritos de ciertas personas, el de las discusiones en ciertas tiendas, el murmullo de familias que se acuestan sabiendo que al día siguiente el trabajo seguirá igual, y promesas repetidas sin testigos, el de un vendedor en una esquina vendiendo María, es decir, Marihuana en cierto callejón poco concurrido.

En toda aquella marisma, caminaba una mujer, ajan a ese mundo distinto, alguien de Zona más acomodada, y como los achorados dirían: Una Pituca en toda la Regla... Su nombre era Laura.

Laura caminaba dentro de esa suma con un bolso apretado contra el pecho, como si el mismo fuera un chaleco y no una carga. Tenía veinte años, Pero aquella edad no le daba protección; sino que le daba la constancia de querer acelerar. A esa edad uno aprende lo básico con una precisión que no parece aprendizaje sino instinto; caminar sin quedarse quieta, no mirar demasiado, no contestar a preguntas que nadie pidió, no mostrar en la cara el sesgo de la duda. El bolso pesaba por dentro lo necesario para que su oficio no dependiera de nadie: pinceles en un estuche rígido, pequeños frascos de pintura, carboncillos, una libreta de papel grueso y una caja con trapos. Aquel conjunto, en su chamba, era una herramienta y también una firma. Lo que la comprometía esa noche no era el bolso: era el papel.

Lo llevaba doblado en el bolsillo interior de la casaca, protegiendolo del sudor y de la costumbre de manosear el celular. No era una tarjeta común ni una hoja arrancada de cuaderno. El tacto del papel no se parecía al papel bond barato; era más firme, más liso, y sin embargo no resbalaba. Tenía ese punto de rigidez que uno asocia a documentos viejos o a papeles que han sido guardados durante años sin absorber la humedad. Cuando lo rozaba con la yema del dedo, la sensación no era a un “nuevo” candente, tampoco “antiguo”: sino que se sentía a un “ajeno”.

A ratos, sin detenerse, Laura lo sacaba apenas lo suficiente para ver la esquina del croquis.

Había estado hace muchos años en San Juan de Lurigancho. No en el mismo sector, pero lo suficiente como para reconocer las lógicas de cada zona: dónde la calle se estrecha por invasión, dónde la iluminación falla por cableado viejo, dónde se juntan las combis, dónde no conviene cortar el camino. Tenía, además, el apoyo moderno de lo que casi todos ya usaban sin llamarlo apoyo: Google Maps, aplicaciones de transporte, capturas de pantalla guardadas para no depender de la señal.

Y aun así, el croquis la mandaba a un sector que no le cuadraba.

No era que el croquis fuese confuso. Al contrario. Era casi excesivo en detalle: “doblar en tal esquina”, “contar tal número de postes”, “evitar el pasaje estrecho”, “seguir recto hasta ver adoquines”. Las indicaciones se sentían escritas por alguien que conocía el lugar con la paciencia de quien lo camina de noche. Esas instrucciones no eran una cortesía. Eran un orden.

Laura podía aceptar que un cliente poderoso quisiera discreción. También podía aceptar que la citara de noche. Lo que le costaba aceptar era esa parte: que, dentro de aquel distrito, existiera una ruta que para ella se comportara como territorio nuevo.

Siguió caminando y, poco a poco, el barrio hizo un cambio que no era una transición; sino de corte.

Primero aparecieron las casas con proporciones extrañas: fachadas más simétricas, ventanas con marcos trabajados, rejas que no parecían improvisadas sino diseñadas. Luego el pavimento cambió bajo sus zapatillas: no era como el asfalto parcheado ni el cemento con grietas; se sentía otra textura, más dura y desigual, como piezas colocadas una a una. ¿Adoquines? No, no eran“adoquines” de decoración turística, sino que era adoquines de verdad: irregulares, con juntas marcadas, con la huella de arreglos viejos.

Laura levantó la vista y se quedó mirando, no por curiosidad artística sino por desorientación práctica. Las líneas de las fachadas sugerían un aire de arquitectura antigua. No era una réplica exacta de nada, pero tenía gestos reconocibles: pilastras que pretendían orden, molduras sobrias, balconcillos que recordaban, de lejos, un neoclásico limeño que ella solo había visto en fotos y en paseos guiados de colegio por el Centro. El neoclásico, en resumen, era eso: una voluntad de simetría, una promesa de que el edificio había sido pensado por alguien con tiempo y dinero. Ver aquello en el 10 de Canto Grande era, como mínimo, improbable.

"¿Pero que...? ¿Qué jirón es este?", se preguntó mentalmente en silencio, y se odió por la pregunta.

Porque la pregunta era peligrosa. Significaba que estaba fuera del mapa. Sacudió la cabeza.

Revisó el papel con más cuidado al caminar. El nombre estaba ahí: Jirón Arabaya. Aquello, sin embargo, no le decía nada. Pues no pudo lo asociarlo a un mercado, a una ruta de combis, o ha un punto de referencia. No era un nombre que uno repitiera en una conversación cotidiana. Y sin embargo estaba escrito con una caligrafía que no parecía apurada: letras parejas, tinta oscura que no se corría, como si el trazo hubiese sido hecho sobre una mesa estable, con la luz adecuada. Eso también era raro: pues el tipo de gente que manda cartas en San Juan de Lurigancho no mandaba cartas así. Enviaba audios, mandaba mensajes o lanzaba recados por terceros. Pero a ella le habían enviado una carta. Una carta escrita con ese cuidado era la señal de otro mundo, aunque el destinatario siguiera siendo el mismo.



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En el texto hay: fantasia, misterio, relato

Editado: 22.04.2026

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