San Juan de Lurigancho
16 de octubre, del 2071,
Alrededor de las 8 de la noche
Las noches en Lima jamás eran silenciosas.
El ruido, en sí, era una forma de compañía.
Laura lo sabía desde niña, aunque nunca lo hubiera dicho de ese modo. En San Juan de Lurigancho, la noche no caía sobre las calles como una tela oscura, sino como una segunda jornada, más áspera, más desordenada y, en ciertos sectores, más sincera. A las ocho de la noche, cuando otros distritos fingían retirarse hacia una calma doméstica, Canto Grande, Bayóvar, Las Flores, Zárate y las avenidas largas que articulaban aquel cuerpo enorme de viviendas, talleres, mercados y cerros seguían produciendo sonidos con una constancia casi física. Había música que se escapaba de las tiendas sin pedir permiso. Huaynos antiguos deformados por parlantes nuevos. Salsa de aniversario en un local con cortina metálica a medio subir. Reguetón desde un mototaxi que pasaba con luces azules bajo el chasis. Voces que negociaban precios, ruidos que insultaban, sonidos que llamaban a un niño desde una ventana alta, personas que reían con una fuerza que no siempre nacía de la alegría. También estaban los autos, los buses eléctricos, las motos pequeñas y los viejos motores adaptados que aún sobrevivían en manos de gente que prefería reparar antes que comprar. Todo avanzaba con una prisa desigual, como si cada persona de aquel distrito cargara un motivo distinto para no quedarse quieta.
Y, de vez en cuando, entre ese tejido de sonidos, aparecía un lamento.
No era necesariamente un grito de tragedia. A veces bastaba la queja de una mujer al descubrir que el agua no había llegado a su tanque, o el silbido irritado de un vendedor al que le habían pagado con una moneda falsa, o la voz de un hombre borracho que discutía con una pared porque ya no tenía a quién reclamarle nada. Si.... En Lima los lamentos no necesitaban escenario. Se mezclaban con el claxon, con la fritura, con las ofertas gritadas desde una esquina, y seguían su curso sin que nadie detuviera la ciudad para preguntar qué había pasado.
Laura caminaba en medio de todo aquello con el bolso de herramientas pegado al pecho.
No era un bolso grande, pero sí pesado. Dentro llevaba pinceles envueltos en tela, carboncillos, espátulas finas, pequeños tubos de pigmento, un frasco de aceite de linaza, guantes, un lápiz de punta metálica, dos paños doblados y una caja plana donde guardaba hojas de prueba. Había aprendido a llevarlo de ese modo, contra el torso, no por afecto a sus materiales, sino por una norma simple de la calle. Lo que se lleva suelto, alguien puede quitártelo. Lo que se protege con el cuerpo, primero tiene que ganárselo.
Tenía veinte años, pero esa edad decía poco de ella. En algunos momentos parecía menor, sobre todo cuando se concentraba en algo con la seriedad rígida de quien teme equivocarse delante de otros. En otros, cuando apretaba la mandíbula y observaba una esquina antes de cruzar, parecía una mujer de más años, no porque hubiese vivido tanto, sino porque había tenido que aprender rápido. Había nacido en Lima, había crecido entre trayectos largos, combis viejas en su infancia, buses articulados en su adolescencia y rutas que cambiaban cada cierto tiempo según obras municipales, promesas incumplidas o cierres repentinos. San Juan de Lurigancho no era para ella una zona ajena ni una palabra de noticiero. Era suelo conocido. Era, en sí, una geografía de infancia, su cansancio acumulado, su memoria de mercados, cerros, colegios, veredas partidas y escaleras largas. Daban pie de que era parte de aquel distrito.
Por eso mismo la inquietaba la carta.
Laura la sacó de nuevo, no por necesidad, sino por desconfianza. La había revisado tantas veces que el gesto ya parecía una manía. El papel era extraño, más grueso que una hoja común, con una textura leve, como si hubiese sido prensado con fibras vegetales antiguas. No era una suerte de cartulina, tampoco papel artesanal de feria. Tenía una rigidez elegante y, al mismo tiempo, una suavidad que los dedos percibían mejor que los ojos. Sobre la superficie, la tinta no se había hundido ni corrido. Cada letra permanecía limpia, trazada con una caligrafía que no parecía hecha para ahorrar tiempo.
Aquello, en primer lugar, ya resultaba sospechoso. En segundo lugar, no era una invitación común. No decía solo que debía presentarse a una casa para recibir un encargo pictórico. Indicaba la hora, el acceso, el punto inicial de la ruta que debía tomar y un pequeño croquis, para guiarla. Laura había usado croquis muchas veces en mercados, talleres o casas de clientes que no querían explicar direcciones. Pero aquel era distinto. No simplificaba la ruta. La volvía más precisa. Le exigía seguir ciertas calles y evitar otras, girar bajo un arco, cruzar una plaza circular que no recordaba haber visto nunca, con el único fin de llegar al Jirón Arabaya.
Ese nombre era el tercer motivo de inquietud.
Laura bajó la vista hacia el trazo negro que marcaba el último tramo. La palabra Jirón estaba escrita con una firmeza antigua. En Lima, un jirón era una calle, muchas veces asociada a zonas viejas de la ciudad, a cuadrículas antiguas, a nombres que habían sobrevivido más por costumbre que por planificación. Había jirones en el Centro Histórico, en Barrios Altos, en La Victoria, en zonas donde la ciudad todavía conservaba nomenclaturas heredadas de otros siglos. Pero no tenía sentido que en ese sector de San Juan de Lurigancho apareciera un jirón con esa composición, menos aún uno que ella no podía ubicar
----Arabaya.----Repitió el nombre en silencio y no consiguió asociarlo a nada concreto.
Sonaba extraño, quizá deformado por alguna escritura antigua, quizá inventado por alguien con gusto por lo exótico. También podía ser un nombre municipal olvidado, de esos que los vecinos no usan porque prefieren referencias más útiles, como la tienda de la esquina, el colegio demolido, la cancha techada, la antena caída, la panadería que ya no existe pero que sigue sirviendo de punto de orientación.