Miraflores,
Academia privada de artes Eifell (estudio compartido del segundo piso).
16 de octubre del 2071,
3 de la Tarde,
Cinco horas antes de que Laura entrara al Jirón Arabaya, todavía estaba en Miraflores, con las manos manchadas de grafito y una molestia leve en la nuca por haber pasado mucho tiempo inclinada sobre una mesa de trabajo.
El estudio compartido ocupaba el segundo piso de una casona remodelada cerca de una avenida arbolada. Desde la calle parecía un lugar más limpio de lo que realmente era. Tenía una fachada pintada de blanco, ventanas altas y un letrero discreto con el nombre de "Academia de Artes Eifell", nombre que sonaba más antiguo y prestigioso de lo que el local podía sostener... Y ahora, aquel lugar parecía acogerla. Dentro, sin embargo, el espacio pertenecía a otra clase de verdad. Había caballetes con manchas acumuladas, bancos de madera cojos, bandejas con agua turbia, trapos endurecidos por capas de acrílico seco, yesos de estudio con narices rotas, moldes de manos, bustos clásicos, bocetos pegados con cinta, frascos sin tapa y un olor constante a trementina, papel húmedo y café recalentado. Aquella tarde, el sol entraba por los ventanales con una limpieza engañosa. Sobre las mesas, la luz hacía brillar cuchillas, lápices metálicos, reglas flexibles y pequeños recipientes de pigmento. Miraflores, visto desde allí, parecía una ciudad hecha para que las cosas salieran siempre bien. Veredas cuidadas, árboles podados, cafeterías con nombres en otros idiomas, departamentos caros y gente que podía perder una tarde discutiendo sobre estilos de trazo sin preguntarse si tendría para regresar a casa.
Laura siempre notaba esa diferencia.
No la resentía de manera simple. Sería cómodo decir que odiaba Miraflores por el contraste con San Juan de Lurigancho, pero no era cierto. Le gustaba el estudio, le gustaban las mesas largas, le gustaba tener acceso a materiales que en otros lugares costaban más de lo que una familia podía gastar sin pensarlo dos veces. También le gustaba observar a sus compañeros, no porque fueran mejores que ella en todo, sino porque cada uno revelaba una manera distinta de mirar el mundo.
Zarela, por ejemplo, pintaba como si el color tuviera una armonia propia.
Marco dibujaba con una paciencia casi enfermiza.
Rodrigo corregía perspectivas con una precisión que irritaba incluso cuando tenía razón.
Y Alejandro, su profesor, hablaba poco, pero cuando lo hacía dejaba la impresión de que había visto a muchos jóvenes prometer genialidad y convertirse, después, en personas que solo pintaban para no aceptar que ya habían dejado de hacerlo.
Laura, en cambio, aún no sabía cómo definirse. En ciertos momentos le parecía que no tenía la fuerza cromática de Zarela, ni el detalle de Marco, ni la arquitectura visual de Rodrigo. Pero cuando trabajaba un rostro, cuando una mirada le importaba de verdad, algo cambiaba en su mano. No pintaba solo lo que veía. Pintaba lo que la persona intentaba ocultar. Eso la había llevado a recibir pequeños encargos familiares, retratos de abuelos muertos, madres jóvenes, niños con ropa de primera comunión, parejas que querían verse más solemnes de lo que eran. No era fama. No era triunfo. Pero era una puerta.
Aquella tarde, a la puerta llegó un individuo de pelo greñudo, quien tocóde forma medida. El muchacho, en sí, llevaba una carta.
Fue en ese instante, cuando Marco levantó la cabeza desde su mesa y dijo, con el lápiz aún entre los dedos.
—Oe Laura, esto tiene tu nombre.
Ella pensó que se trataba de alguna broma. Marco era capaz de anunciar una tragedia con la misma voz con que anunciaba que alguien había dejado galletas en la sala. Pero al verlo sostener el sobre con dos dedos, como si el papel tuviera autoridad propia, Laura dejó el pincel en el vaso y se acercó.
El sobre era crema, grueso y sellado con cera oscura.
No llevaba la estampilla común y corriente. Tampoco una etiqueta impresa. Su nombre aparecía escrito a mano, con letras firmes y alargadas.
---Laura Alvarado Quispe.
Ver sus dos apellidos completos en una carta entregada en la academia le produjo una incomodidad inmediata. La gente que quería contratarla solía escribirle por mensaje, con faltas ortográficas, audios apurados o fotografías borrosas de retratos antiguos, que deseaban . Nadie enviaba una carta cerrada con cera a un estudio de Miraflores, salvo que quisiera ser recordado antes de ser conocido.
Zarela apareció detrás de Marco con las manos manchadas de azul.
—A la, locaso... Ábrela, aver que es...
—No me mires así —dijo Laura—. Puede ser de la administración, a esos locos les gusta agarrarte de modo bien jodido.
Pero su amiga puso cara de no darle mucha importancia.
—Bueno.... La administración no usa cera, de viejo loco —respondió Zarela—. Y mucho menos una cera de ese tipo.
Marco inclinó la cabeza para observar el sello.
—Ah.... Mira locaso, no me había dado cuenta... tiene un simbolo.
El símbolo, tenia la forma de un círculo atravesado por una especie de daga extraña.
—Vaya, que melodramatico —dijo Zarela, medio sonriendo, medio burlándose.
Laura, por su parte, pasó el dedo sobre la cera. Estaba fría, pero no quebradiza. El sello no tenía restos de descuido. Había una inicial marcada, limpia, dentro de un círculo imperfecto. No conocía ningún cliente con semejante gusto por la presentación.
Fue entonces cuando Rodrigo, desde el otro extremo del estudio, habló sin levantar la vista de su lámina, estaba dibujando una ruta extraña con piedras que, según él, había visto en sueños.
—Aver quiero ver esa cosa..... —Y se próximo para ver la carta, frunció el ceño y acto seguido, puso cara de estar no tan convencido — Asu mi loca, si alguien manda una carta así, o es por qué, es un viejo con plata, o es un estafador bien chorodongo.... De esos que tú ya sabes pe....