Supay: El Arte es Vida.

Parte II

Miraflores,
Academia privada de artes Eifell (estudio compartido, segundo piso).
16 de octubre del 2050
15:12 de la Tarde,
Varias horas antes,

Miraflores tenía un orden visible que, a esas alturas, ya no era una virtud: era un presupuesto de años de trabajo. Las calles podían estar sucias igual que en cualquier distrito, pero la suciedad era una excepción y por eso llamaba la atención. Aquel 16 de Octubre del 2070, además, se sumaba un protocolo extraño: mascarillas, botellas de alcohol en gel al pie de cada puerta, carteles impresos con el “AFORO” como si el papel tuviera poder sobre la vida. No era una ciudad distinta. Era la misma ciudad de siempre. La academia dónde estudiaba Laura, la Eifell, funcionaba en una casa adaptada. Una de esas viviendas de dos niveles que, con cambios mínimos, se convierten en escuela privada: un salón grande convertido en aula, un pasillo con cuadros de alumnos colgados como prueba de método, un patio pequeño que servía de descanso y, en el segundo piso, un estudio compartido donde los más constantes se quedaban después de clases. No era gratuito, claro que no, se pagaba por horas, por talleres, por acceso a modelos y por materiales que la academia vendía con margen.

Aquel estudio olía a trementina, a papel grueso y a humedad controlada. Había un lavadero con manchas viejas de acrílico, un estante con yesos de nariz romana y mano renacentista, y una mesa larga donde se acumulaban herramientas que nadie prestaba sin mirar dos veces. En la pared, una hoja plastificada advertía, con tono de reglamento militar, que “las brochas deben limpiarse el mismo día”.

Alejandro, el profesor, había puesto esa hoja y la defendía como si fuera un texto sagrado.

Laura estaba ahí desde el mediodía, corrigiendo un boceto sobre una tabla fina. Trabajaba con una concentración que sus compañeros confundían con “talento”. En realidad era otra cosa: hábito.

Y esque cuando uno viene de un lugar donde nadie te regala tiempo, aprende a exprimir el tiempo propio. Más allá, a unos metros de distancia, otro de sus compañeros, Marco, estaba sentado al borde de una mesa, con un cuaderno abierto que no estaba usando. Zarela, otra de las alumnas, se miraba las uñas como si las uñas también fueran parte de su trabajo; luego tomaba el lápiz y anotaba algo con letra redonda, pero se distraía con facilidad. Rodrigo, en cambio, se movía de un lado a otro sin sentarse: caminaba, miraba el trabajo ajeno, comentaba con sarcasmo cuando nadie lo pedía y regresaba a su caballete como si la inquietud fuera una prueba de superioridad.

Fue entonces cuando comenzó aquella extraña y rara historia, a eso de las 3 de la Tarde, tocaron la puerta del estudio.

No era un golpe de puño. Era un toque medido, casi administrativo. Tres golpes, pausa, y dos golpes seguidos por otra pausa extraña. Como si el que tocara hubiera aprendido a no parecer apurado.

Zarela fue la primera en reaccionar.

—¿Hay... Quién toca así? —dijo, y no esperó respuesta. Fue directo a abrir.

En el umbral había un hombre joven, con mascarilla negra, ropa sobria, manos limpias. No vestía como repartidor de delivery ni como alumno; no cargaba mochila. Llevaba un sobre de papel crema, grueso y sin logotipo. El individuo rapido en lo que hacía, lo extendió sin ceremonia.

—Para Laura Huamán —dijo.

Pronunció el apellido con una precisión que no era común en Lima, donde los apellidos suelen deformarse por prisa.

Laura levantó la cabeza, entre extrañada y sorprendida. No se levantó de inmediato. Hizo lo que hacen quienes han aprendido a sospechar: primero verificó el contexto. No vio a nadie más en el pasillo. No oyó risas. No percibio bromas. Y eso que ella era muy buena detectandolas.

—Si... Si... Soy yo —respondió.

El mensajero no entró. Dejó el sobre en el borde de la mesa, como si evitara cruzar una línea. Luego retrocedió un paso.

—Se le solicita confirmación por escrito —añadió—. En el sobre está el medio.

Marco alzó las cejas.

—¿Confirmación por escrito? En pleno siglo 21, ya pues no me estés loqueando --- dijo, lo bastante alto para que se oyera.

El mensajero ni se inmutó. Esperó dos segundos, como quien cumple un protocolo mínimo.

—Bueno, ya hize lo que tenía que hacer, me retiro. Con su permiso, buenas tardes.

Y se fue.

Zarela cerró la puerta despacio, con esa teatralidad que le salía natural cuando olía historias extrañas. Se apoyó en la madera y miró el sobre como si fuera un animal recién encontrado.

—Vaya ¿Esto no es normal?—Inquirio.

Rodrigo, otro de sus compañeros, sonrió con cierta socarroneria.

—Nada de lo que rodea a Laura es normal, hasta su flaco es raro. Pero... ahora que lo dices y me doy cuenta, creo que en Chollywood, les encanta actuar como si vivieran en una película melodramatica. Por su mare, que me deja impresionado.

Laura tomó el sobre, sin hacer caso de lo que decía su amigo, era jodido, Pero no era mal tipo. Nada más tomarlo, notó el peso, no era solo una hoja. El papel tenía cierta textura, y el cierre era con una pequeña tira de cera o una simulación de cera, oscura, sin escudo. Lo rompió por un lado, sin dañar el contenido. Lo hizo con cuidado, no por respeto, sino por instinto de artesana, sobre todo, por qué, el material para ella, importaba.

En el interior habían dos cosas. Una carta doblada en tres, y un croquis en papel aparte, más pequeño, un croquis. El croquis llamó la atención de inmediato por una razón simple: estaba hecho a mano, con regla y tinta. No era un mapa impreso. Era un trazado deliberado. Tenía flechas, marcas y notas en letra firme. Marcaba una ruta desde “El 10 de Canto Grande” hasta un “Jirón Arabaya”, y de ahí hacia una casa extraña.

Marco se inclinó como si lo arrastrara una cuerda.



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En el texto hay: fantasia, misterio, relato

Editado: 22.04.2026

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