Super Perico y Un amo digno de su sirviente

Duodécimo movimiento: No tentarás al Señor tu Dios (12/32)

¿Le harán daño las balas a Super Perico? El héroe no lo sabía. Contra sus oponentes en el reino animal, nunca se había sentido en verdadero peligro. Todo lo contrario, estaba acostumbrado a actuar como si fuera invulnerable. No tenía temor a sufrir daño ni mucho menos a una derrota aplastante.

Pero los rumores entre los pajaritos afirmaban la existencia de armas terribles entre la raza humana, probablemente invencibles para el reino natural. Las advertencias al respecto eran casi unánimes: un enfrentamiento directo contra el hombre sería su perdición.

—No sé si las balas me hacen daño —confesó el perico con ingenuidad infantil a los sirvientes del Amigo.

—Te invitamos a nuestro laboratorio para unos experimentos completamente inofensivos. —El empleado continuó con su extraño interrogatorio. Mientras los demás aguardaban indecisos, esperando alguna señal—. Por supuesto, gratis… Garantizamos un mejor servicio que el gobierno; sino es así, les devolvemos su dinero —repitió la última frase, como si recitara algún panfleto publicitario.

Dejó escapar una mueca por despecho, al percibir cierta contradicción. Tanteaba a la supermascota intentando conseguir algún progreso para sus fines. Pero el ave se opuso rotundamente:

—No creo que el ángel protector de mi bandada apruebe estos ensayos. Sé que no le agradaría que pusiera mi vida en peligro inútilmente.

—Te garantizamos tu completa seguridad.

—¡Qué no!

La discusión estaba pronta a estallar en forma abierta e irreversible. Finalmente, a una seña del Amigo, saltó la chispa. El auxiliar cambió de tono:

—Me ofrezco de voluntario para hacer el experimento. Lo haré yo mismo. Comencemos con el tratamiento alternativo de una vez.

El hombre terminó la frase empuñando su pistola. Sin más dilación disparó varios proyectiles desde su arma de fuego.

—¿¡Y qué!? ¿Le afectan las balas o no? No puedo ver si le has acertado —preguntó uno de los guardias que custodiaban la reunión.

—No le he acertado nada. Es demasiado rápido —explicó el tirador.

Así era, el periquito volaba y esquivaba las balas a tal velocidad, que ninguna le había acertado.

Super Perico, con todo y acrobacias, razonaba sobre la situación: si el ángel de la bandada le diera oportunidad, pensaba interrogarlo con muchas dudas acerca de sus superpoderes.

Su madre le había sugerido que esa ignorancia bien podría estarle salvando de toda clase de males. Quizá, Dios en su providencia, le habría ocultado intencionalmente algunos detalles por su propio bien.

Ignorar si las balaceras te hacen daño o no; ¿podría ser la mejor alternativa? No tenía mucho sentido, pero su corazón le susurraba que su madre perico tenía razón. Llamémosle una corazonada. Presentía que no saberlo era pedagogía divina.

¿Qué ocurriría si una bala impactara en Super Perico y no le hiciera daño?

«Si no me hace daño, pierdo la oportunidad de ser un ave más valiente y mejor entrenada».

Pero al no saberlo:

«Podría condenarme a muerte por no tomar las suficientes precauciones, por una duda mal calculada. O a comportarme con mayor cobardía de lo necesario».

La ignorancia en general es mala: no debía pues tener miedo a la verdad, ya fuera la vida o la destrucción.

Pero… tenía la oportunidad de encontrar en su corazón un tesoro, que podría ser mucho mayor si confiaba en el ángel de las bandadas.

«Que sea el ángel quien me diga si las balas me hacen daño o no. Puede que planee educarme como un héroe honorable, y ese honor será mi tesoro».

Fue la decisión definitiva a sus razonamientos sobre experimentar con balas:

«No dejaré que ningún otro haga experimentos, quiero que sea el ángel quién despeje mis dudas cuando así lo decida. A menos, que estos brutos me acierten antes con sus disparos».

Bien resuelto gritó a los presentes:

—¡He tomado la decisión de que no me acertarán con sus balas! No me ofrescáis más experimentos.

La decisión podrá parecer absurda a los lectores. Pero implicaba que renunciaba intencionalmente a conocer los límites de su verdadero poder, en nombre de su confianza en Dios y en los ángeles.

¿Una buena idea? No estaba seguro. Los humanos acostumbran decir que confiando en Dios no hay imposibles. Si el origen de su poder estaba relacionado con la confianza: ¿no provocaría el experimento un círculo vicioso? Como el experimento de volar sin plumas al borde de un abismo y esperar que Dios lo rescate…

Los delincuentes por su parte, también aprovechaban para sacar sus propias conclusiones:

—Si las esquivas es que si te hacen daño—afirmó el subalterno que inició el tiroteo. —Es absurdo tanto esfuerzo inútil.

—Si es verdad que le hacen daño las balas. En cuanto alguna acierte, será nuestro.

Pero el ave respondió:

—No sé si las balas puedan herirme. Pero no soy tan idiota para hacer un experimento tan inútil y peligroso. No creo que los ángeles lo aprueben.

Tres de los malhechores, los que presumían de mejor puntería, disparaban tranquila y abiertamente a nuestro periquito. Pero sin ningún éxito, no hubo manera que pudieran acertarle.

—Te opones al progreso de la ciencia de los super animales —se burló uno de los pistoleros.

El ave ya había perdido la paciencia. Decidió no malgastar más tiempo en parloteos temerarios y se arrojó a golpear decididamente a los hombres del Amigo.

Con gran habilidad evitó todas las balas. Comprendió que su zumbido era mortal y le asustaba. No le interesaba resolver las dudas de los demás. Sus enemigos no fueron capaces de igualar ni su velocidad ni sus fuertes golpes.

En pocos momentos, había tumbado a varios. Dominó fácilmente al primero que alcanzó. Lo arrojó al piso con gran fuerza, dejando al hombre adolorido y casi inútil para seguir peleando. Los otros dos que seguían con sus descargas, desesperaban de no atinar absolutamente nada. Era demasiado rápido y existía más probabilidad de acertar a alguno de sus aliados que a nuestro pajarito. Tal era su agilidad para esquivar los ataques.



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En el texto hay: superpoderes, catolico, humor comedia

Editado: 13.09.2026

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